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9 de enero de 2015

¡Gracias, gracias, gracias...!



       El 29 de octubre del pasado año presentamos en la AEAE mi nuevo libro, Diario de una rubia. Como maestros de la ceremonia, me distinguieron Emilio Porta y Santiago Solano. Hoy quiero compartir con todos vosotros un extracto de mi agradecimiento expresado a los circunstantes: un público propio, nutrido por familiares y amigos que llenaron el salón.
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       Lo primero que quiero decir es GRACIAS. GRACIAS a todos por estar, por el calor y el cariño que siempre me regaláis. Sin vosotros, los de aquí, los que venís de fuera y los que no han podido asistir, este acto, sobra decirlo, no tendría sentido. Lo que soy no es sustancia propia, y lo que hago no es labor exclusivamente mía, es el conjunto cualitativo de cuantos me habéis acompañado en cualquier itinerario de la vida (…). 
       GRACIAS a mis maestros, don Ramiro Pato, don Jesús Estévez, don Guillermo Martín…, vivo de los números y me divierto con las letras. Después tuve la fortuna de encontrarme en estas veredas con profesores especialistas en el arte literario: Montserrat Cano, Conchi Rubí, Chema Gómez de Lora y Enrique Gracia Trinidad (…). GRACIAS a ellos, me enfrento cada día, con atrevimiento iluso, a proyectos que acabarán, o no, en historias publicables. En este caminar nunca me falta el apoyo y a su vez la crítica, imprescindible y constructiva, de compañeros de talleres, tertulias y foros virtuales. Nominar a todos es imposible, y no quiero ser descortés con omisiones injustas.
       Hasta aquí esa trayectoria de convivencia y aprendizaje, que por suerte no ha terminado. En ese peregrinar he tenido la dicha de coronar colinas, otear panoramas y disfrutar la mirada de quienes alientan mis pasos. Hace unos años, en uno de esos altos, mostramos la publicación de Leña y papel y otros cuentos. Hoy, con Diario de una rubia, he vuelto a sufrir los esfuerzos de la cuesta, y a gozar la cercanía y el cariño de los amigos mentores, que han madurado conmigo la obra que hoy pregonamos (…). 
       Gracias a la ayuda total y desinteresada de Emilio Porta publiqué mi primer libro. Y desde entonces no ha dejado de espolearme, de arrearme, como diría la Rubia. Así, cuando más tranquilo estaba yo, inmerso en el silencio de escribir, encontró entre mis papeles informáticos muestras de este diario. Hasta que no tuvo en sus manos el volumen completo, no paró. Y aquí estamos. Pero antes he tenido que someterme a los deberes que él dictó desde mi propio texto, ateniéndose a la armonía del sello y características editoriales. ¡Qué verano, qué fatiga! Cuando él me veía agobiado con los arreglos, las revisiones de la maqueta o el diseño de la portada, levantaba la guardia de su exigencia, solo un poco, para decirme «el libro va a quedar hecho un primor, igual que El amuleto, ya lo verás». Lo decía para ahuyentar el desánimo que me rondaba. «Sí, como El amuleto, qué más quisiera yo» El amuleto es su último libro, el mejor clasificado de la colección. Ya habréis intuido que sin los apremios y los estímulos de Emilio, la Rubia tampoco estaría hoy vestida para el baile de esta fiesta.


       No puedo callar la consideración que dispenso a Santiago Solano Grande: primero, amigo también; luego autor de una veintena de títulos, y mientras y después, fundador de Escritores en Red. Dirige sus dominios cibernéticos y es un incansable gestor de actividades a favor de los asociados, para los que persigue el mejor sitio en el cosmos de lo que ahora llamamos nube. Dice que no ha leído el libro. Él sabe de estos inventos tecnológicos más que nadie, y eso le ha servido, como habréis visto, para navegar por el interior de la Rubia y conocer sus dichas y desdichas mejor que ella. He compartido con mi amigo Santiago muchos encuentros culturales. Me acuerdo con placer de uno muy especial, año 2005: tuvo lugar en Burujón, bonito pueblo manchego, donde, según la leyenda, se hospedó Cervantes. No sé, eso de las tradiciones orales invita a desconfiar. Lo cierto es que el grupo sí que pernoctamos allí, invitados por el ayuntamiento, y con nuestras trovas y nuestros cuentos pasamos una velada inolvidable. 
       Santiago y Emilio, Emilio y Santiago, son escritores de prestigio, presentadores de lujo y amigos sin precio. GRACIAS, muchas GRACIAS a los dos.
       Pero sin ninguna duda, la Rubia es la que más me ha incitado en esta travesía que hoy culmina. Es la inspiración y la protagonista de este diario suyo, personal. No cansaré con detalles de su existencia, pues ella misma revela, en las primeras páginas del libro, quién es y qué hace. Solo diré que es admirable. Temiendo la incertidumbre de un final que llegará, va anotando, con verbo llano, lo que ve y oye en la sucursal donde quedó abandonada cuando llegó el euro. Pero ya se sabe, la vida en una oficina bancaria no siempre es atractiva. Todos los días no surgen escenas interesantes y reales (…). Por eso a veces, alumbrada por su memoria, describe experiencias lejanas a la quietud que habita. Relata los avatares que presenció en playas y cruceros o interpreta los olores de los pueblos del interior. Otros días se dedica a tramas ficticias, como las pretensiones de don Liborio Merchán, o los flirteos de Marta y Cristóbal.
       Al margen de sus desvaríos, de sus irreverencias e incluso juicios filosóficos, hace algo infrecuente y plausible. Rinde honores a los empleados de banca, se solidariza con ellos compartiendo los escozores de su trabajo, se alegra si los ve contentos y sufre cuando son tratados como máquinas por los dueños del banco, que cada vez imponen mayores objetivos (…). Confieso que me gusta esta narradora tan particular. Me identifico plenamente con sus glosas sobre la realidad de unos personajes a los que quiero y alimentan mis recuerdos. Cita a algunos con nombres y apellidos: ya sea de pasada o dedicándoles la extensión de una fecha completa. No menciona a todos. Qué vamos a hacer. A mí tampoco me nombra en ninguna de sus páginas. Claro, como tantos mortales, soy insignificante (…). Desde pequeño solo me ha dado por contar mentiras que parecen verdades o verdades que parecen mentiras. Eso no tiene ningún mérito. Además, las palabras que uso no son mías, son prestadas y a veces me olvido de devolverlas. Igual que los albañiles colocan piedras, yo busco voces, las ordeno, y las cambio una y mil veces hasta que juntas expresan lo que quiero decir. Es solo un juego (…). ¡GRACIAS. MUCHAS GRACIAS A TODOS!


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