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21 de enero de 2015

Iniciación.



       Lo miraba con impotencia. No sabía qué hacer, no valía para educar un adolescente. Ni en sus sueños más extraños podría haber imaginado la situación que estaba viviendo.
       Decidió hace muchos años que no tendría hijos, que no traería a este mundo tan inacabado e imperfecto a nadie. Y así había transcurrido su vida hasta hace seis meses en que llegó a ella Edu.
       Edu era el hijo de su mejor amiga, Amaya.
       Hace catorce años, entre bromas y risas, Amaya le propuso que fuera la “madrina civil” del hijo que iba a tener. Dijo que sí y planearon una celebración por todo lo alto con amigos y conocidos. A partir de ese momento se convirtió en la tía Ana, en la madrina de Edu.
       Amaya y Luis murieron en un accidente. No tenían familia y Ana intervino para hacerse cargo de su hijo.
       Fue a buscarlo al aeropuerto y le llevó un libro de regalo: “El sabueso de los Baskerville” de A. Connan Doyle.
       — ¿Qué es esto? — dijo Edu.
       — Una historia de misterio, de aventuras. Es de Sherlock Holmes un detective que…
       — Ah, vale, un libro — dijo — y lo metió de cualquier manera en la mochila.
       — No me gusta leer, prefiero la Play. A mi madre sí que le gustaba pero a mí no, nada. 
      Y se dio media vuelta.
       Ya en casa los días transcurrían lentos. Ana se dedicó a buscar instituto, a ir al ambulatorio y asignarle médico de cabecera, a preparar una habitación adecuada para él…En definitiva a organizar su vida a partir de que Edu entró en ella
       En el salón se escuchaba el sonido repetitivo y monótono de la Play y el eco de la música que se escapaba de los auriculares del iPod. Edu no hacía otra cosa durante el día, se levantaba del sofá para comer o ir al baño.
       Lo miró desde la puerta durante un rato, suspiró y meneó la cabeza de un lado a otro mientras se iba sin saber muy bien qué hacer.
       Cogió el libro que compró para él: “El sabueso de los Baskerville”, se sentó en la butaca de su despacho, encendió la lámpara de pie y comenzó a leer.
       Pasó el tiempo.
       “Habían recorrido alrededor de media legua cuando se cruzaron con uno de los pastores que guardaban durante la noche el ganado del páramo, y lo interrogaron a grandes voces, pidiéndole noticias de la partida de caza. Y aquel hombre, según cuenta la historia, aunque se hallaba tan dominado por el miedo que apenas podía hablar, contó por fin que había visto a la desgraciada doncella y a los sabuesos que seguían su pista”.
       — Ana…
       "Pero he visto más que eso -añadió-, porque también me he cruzado con Hugo Baskerville a lomos de su yegua negra, y tras él corría en silencio un sabueso infernal que nunca quiera Dios que llegue a seguirme los pasos”.
       — ¡Tía Ana…Son las diez y media! Tengo hambre, ¿cenamos?
       — ¿Ya son las diez y media?—contestó Ana mirando su reloj.
       — Se me ha pasado el tiempo volando. Sí, ahora cenamos.
       Y se levantó llevando el libro con ella.
       Mientras se freían las patatas siguió leyendo. Edu la miraba con extrañeza.
       — ¿Es el libro que me regalaste?
       — Sí. Lo leí hace muchos años. Y ahora lo estoy releyendo. Me encanta.
       Después de cenar Edu volvió con su Play y Ana con su libro.
      — Me voy a la cama, Ana.
       “De algún sitio en el corazón de aquella masa blanca que seguía deslizándose llegó hasta nosotros un tamborileo ligero y continuo. La niebla se hallaba a cincuenta metros de nuestro escondite y los tres la contemplábamos sin saber qué horror estaba a punto de brotar de sus entrañas. Yo me encontraba junto a Holmes y me volví un instante hacia él. Lo vi pálido y exultante, brillándole los ojos a la luz de la luna. De repente, sin embargo, su mirada adquirió una extraña fijeza y el asombro le hizo abrir la boca”.
       Silencio.
       — ¡Tía! ¡Que me acuesto! — dijo Edu elevando la voz.
       — Ah, perdona, no te había oído. Hasta mañana — contestó Ana casi sin levantar la vista del libro.
       “Era un sabueso, un enorme sabueso, negro como un tizón, pero distinto a cualquiera que hayan visto nunca ojos humanos. De la boca abierta le brotaban llamas, los ojos parecían carbones encendidos y un resplandor intermitente le iluminaba el hocico, el pelaje del lomo y el cuello. Ni en la pesadilla más delirante de un cerebro enloquecido podría haber tomado forma algo más feroz, más horroroso, más infernal que la oscura forma y la cara cruel que se precipitó sobre nosotros desde el muro de niebla”.
       Edu se quedó un rato en la puerta del despacho de su tía mirándola con curiosidad antes de ir a su cuarto.
       Ana se quedó hasta terminar el libro.
       A la mañana siguiente, cuando se levantó, Ana vio a Edu sentado en la terraza leyendo el libro.
       El iPod y la Play descansaban abandonados en el sofá.





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