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5 de enero de 2015

La piel dormida


       El cuerpo inmóvil, lacio, expuesto a la mirada del amante, debiera ser mi objeto de deseo. La piel desnuda y dormida, a merced de los dedos, tendría que ser motivo de lujuria. Tumbada sobre las sábanas debiera parecerme bella. Si fuera así viviríamos un momento sublime. Desdoblaría cada uno de sus pliegues, me detendría en el olor de sus axilas, de su pubis, exploraría con ansia el interior de su boca.
       Pero la muy puta mantiene un gesto extraño en el rostro. 
       No debí matarla. No lentamente.

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