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1 de enero de 2015

La propina



El hombre de abajo a la izquierda de la foto lo ve y lo oye todo desde 
su puesto de tirador selecto. Dispara esta historia de aquí abajo sobre vuestras conciencias en el preciso momento en que yo tomo esta foto.
       

       La sombra del Jeneralife cae sobre la ciudad como un suspiro incompleto.
       Hay dos personas de edad crepuscular sentadas a una mesa, junto a la ventana, jugando cada cual con su tenedor. Miran ambas el envés del brazo izquierdo de la camarera que les atiende. La trabajadora lleva un tatuaje que son cuatro números, a modo de reloj digital:

13:30

       Cuando terminan la fiesta gustativa, el hombre deja los veintiún euros con diez céntimos en la bandeja, junto al tique de consumición, y una moneda de cincuenta céntimos aparte, sobre la blancura del mantel. Llama a la muchacha y le dice:
       - Esos son los dineros que me pides en la cuenta. Y esos cincuenta céntimos son para que te compres un reló, que el que llevas en el brazo atrasa; son ya las dos y media.
       La joven juega unos segundos al desconcierto, luego interpreta una carcajada de timbre cálido.
      - No, es que me gustan los números. Esos son la hora en que nació mi niña. Me los hice grabar. Tiene algo de magia que no sé explicar.





          Esto, sin embargo, no es magia; es estar allí, cámara en riste.
          Sólo eso.

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