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7 de enero de 2015

Las herramientas de la ciencia



Extraída de Google
       El día en que cumplimos los quince años, sin previo aviso, el Maestro nos llevó a un extraño lugar más allá de la frontera azul. Nada más cruzar el puente que separa los dos mundos se nos echó una niebla muy espesa encima, la luz del día menguó a un gris blanquecino, y la humedad del aire de afuera del vehículo empezó a colarse nadie sabe por qué rendija inexistente.
       La furgoneta tuvo que encender las luces. Nosotros íbamos ciegos, atados a la seguridad que la ignorancia de nuestra corta edad depositaba en nuestras entendederas. Casi todos hacíamos dibujos en el vaho depositado en los cristales del coche: una cara sonriente, un perro de largas orejas.
       Nadie observaba con atención lo que ocurría afuera, en ese otro lugar anónimo de más allá de la frontera azul. Todos veíamos la niebla, la misma cortina de niebla que nos acompaña siempre en nuestro ir y venir, de casa a la escuela, de la escuela a casa, cada día. Algunos se fijaron en su incesante movimiento, los que creyeron ver jinetes grises sobre caballos blancos cabalgando bajo las ramas sin hojas de un bosque sombrío. La continua mutación de su espesura llamó la atención de otros, los que imaginaron viejos caserones de foscos propósitos al fondo de una llanura de tierra empantanada, más allá incluso del manto henchido de viento que parecía fuera a despejarse en cualquier momento. Los demás, entre los que me encuentro, íbamos al amparo del calor del Maestro, como había sido siempre, en la seguridad de una realidad llamada Valfindelat.
Extraído de Google
       De pronto el coche entró en el área de descanso de lo que parecía ser la autovía por la que habíamos venido, aminoró la marcha, y finalmente se detuvo. Los que dormitaban apenas si se dieron cuenta de lo que pasaba, y los que íbamos despiertos nada temimos. Era todo tan como de todos los días, que nada hacía presagiar que pudiera ocurrir algo fuera del lánguido acontecer de nuestras vidas. El Maestro y el conductor, sin decir palabra bajaron del coche. Nadie se movió. Justo enfrente del parabrisas delantero se veía la oscuridad del tronco de un árbol gigantesco - lo menos cuatro de nosotros en círculo para abarcarlo - : era una negrura sobre la que rodaba un agua silenciosa y pestilente. El tiempo pasó a nuestro lado como algo ajeno a nosotros mismos. Iba deshaciéndose en volutas como de un humo añejo, mezclándose con la niebla de afuera, hundiéndose en ella.
       Fue Elvira la primera que bajó del coche. Puso las manos a modo de megáfono, sobre sus labios , y gritó:
       - Maeeeeeeesssssssstroooooooo.
       Nadie respondió a nuestra llamada.






CO N T I N U A R Á ... 
pero sólo si tú, lector, 
no te atreves a continuarlo.






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