...

...
Pincha en la imagen para acceder a la revista.

25 de febrero de 2015

Cuando el hambre nos acalla


Extraída de Google
       La señora Grimmbauer rebusca por entre los escombros de la destrozada Berlín algo que echarse a la boca. A unas decenas de metros a su derecha, Marta Ernst, lo intenta bajo el montículo de ladrillos de la última casa demolida por los bombardeos aliados la noche anterior, mientras porta su pequeño recién nacido, Pierre, en su espalda sujeto por una raída colcha: joya, artesanalmente elaborada, del ajuar de su abuela materna.

       La señora Grimmbauer cree reconocer a quien pertenecen los muros derruidos donde Marta insiste, piedra a piedra. La hermosa y coqueta residencia de los Baumann tenía el porche más envidiado de la manzana: las bellas hortensias, de azules, rosas y malvas pálidos, crecían dentro de sus exquisitos maceteros de mármol, añadiendo fulgor y alegría a la madera pintada de un blanco impoluto, rematada por una señorial escalinata de acceso. ¿Qué habrá sido de ellos, tras ser enviados al gueto?, se pregunta, dedicándole apenas un segundo. El mismo que empleaba en cruzar la calle cuando se los encontraba al comienzo del nuevo Estado Ario.
       El rostro de la señora Grimmbauer, recobra la fea mueca de asco, firma de su despótica y remilgada familia, cuando el pequeño Pierre comienza a berrear al ser inclinado vertiginosamente, mientras su madre intenta levantar una enorme baldosa de la antaña escalinata de los Baumman. Y en su mirada nace una interrogante sobre la paternidad del atemorizado crío, no habiendo ni un solo hombre en toda Alemania desde hace tres años. ¡Bastardo! le apunta su mente. Recuerda que su madre trabajaba en el campo de prisioneros que acondicionaron para retener a los franceses rendidos en los primeros combates en el libertino país bolchevique. 
       Ahora, la señora Grimmbauer, se aprieta la barriga, cruzando con sus frías manos las puntas de la rebeca, regalo de aniversario del suboficial de submarinos del escuadrón “manada de lobos”, señor Grimmbauer. Del que no sabe nada desde hace casi un año… casi medio ya, que no se relaciona con nadie, evitando acercarse a ningún alma de las que salen a diario, tras los eficientes bombardeos aliados, y con las que tiene que luchar por su subsistencia: le avergüenza que puedan oír los indomables rugidos de su estómago: ahora, vacío desde hace cuatro días. 
       La señora Grimmbauer, mira a su izquierda, comprobando que, a unos cien metros, la figura del señor Boerman sigue erguida frente a la parada del tranvía que lo llevaba a las 07:30h, cada día, a la casa de su viuda hermana. El orgulloso y estricto oficial prusiano, tan germano como la enfermedad que empieza a corroer su mente. 
       Minutos después de abstraerse en sus más bellos recuerdos de otrora y mejor época, la señora Grimmbauer y el señor Boerman, girán sus cabezas hacia Marta y Pierre Ernst, cuando desaparecen al agacharse tras el montículo, pero vuelven a perder interés cuando se incorporan de nuevo y las manos de Marta siguen vacías.
       Mientras el radiante sol no consigue descomprimir el depresivo día, el señor Boerman se lleva la mano al pecho antes de caer fulminado. El infarto le ha sobrevenido sin que nadie le preste la más mínima atención. Ni la señora Grimmbauer, ni Marta Ernst se han percatado de la nube de polvo levantado tras golpear el amarillento suelo de la parada del tranvía que no llega nunca.
       La señora Grimmbauer, distraída en calmar los implacables lamentos de su estómago, no ha reparado en que Marta y Pierre Ernst se acercan por su espalda, y cuando están apenas a un metro de ella, la horrenda mueca de su boca quiere iniciar lo que para ella es ya su saludo más sincero. Pero al ver aparecer, por entre las raídas ropas de Marta Ernst, medio famélico gato aplastado bajo los restos de la escalinata de los Baumann, el clamor de su vientre acalla el huraño gesto de su rostro. No así el de Marta, que arquea las cejas del suyo, dibujando un insipiente mohín de una ínfima alegría olvidada hace mucho tiempo.
       Marta Ernst, disfruta, notando como baja por su garganta el orgullo de la señora Grimmbauer… y como se lo traga irremediablemente.
       La señora Grimmbauer, gira un segundo la cabeza para encontrarse con el espacio vacío que ha dejado el señor Boerman, antes de seguir tras los sollozos del pequeño Pierre y los pasos de su satisfecha y henchida madre…
       Ninguna de ellas sabe que el ejército rojo está a unas horas de entrar en Berlín… ni que el señor Boerman ya ha cogido su último tranvía. 

...