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9 de febrero de 2015

El Buill


       Una letra omega mayúscula abierta al este. Ésa es la estructura de la plaza. Dentro, el suelo es de arena y está cercado por una barrera de madera pintada de rojo. Detrás están los asientos en forma de escalera, subiendo los dieciocho metros de altura de la pared de hormigón armado que confina el redondel. Fuera, en el presente, una explanada de lustrosa hierba vadeada de aguas cristalinas se extiende hasta el horizonte. El viento se pasea por entre las ramas de los árboles buscando el silencio. Hace ya mucho tiempo que no hay seres de carne y hueso alborotando por estos lares. Y está todo nuevo, como recién construido. Los dioses son así, se nutren del capricho y la excentricidad.
       En el centro mismo de la plaza, antes del advenimiento de estos días de claridad, había clavado un mástil de bruñido acero. Arriba de él, a modo de turbante, una rueda de hierro de la que colgaban doce cadenas. A ellas encadenaban los antepasados de los hombres a nuestros hermanos. Una cadena y un grillete con llave para sujetar cada una de nuestras doce extremidades. Allí moríamos los Buillys tras muchas horas de agonía y escarnio. Allí sucumbió mi padre, tal y como otros muchos de su especie lo habían hecho antes. Pero él tuvo el valor, y la habilidad también, de formular la pregunta. Por eso, consecuencia inequívoca de su arrojo, hoy todo es distinto. Por eso hoy la letra omega abierta al este está como está, desanclada del tiempo, inmóvil, encallada en este lugar eterno.
       La tribulación final de mi padre empezó sobre las ocho de la mañana. Lo trajeron al patíbulo en un vehículo blindado, atiborrado de tranquilizantes, semi inconsciente, muy debilitado por una sesión continua de dos días a base de descargas eléctricas, nada de alimento y una marea infinita de duchas de agua helada y agua hirviendo, a presión, como navaja la una, e hierro candente la otra. “Frío y calor; para compensar”, que decían los salvajes. Lo subieron en la grúa y para cuando quiso darse cuenta ya estaba atado y bien atado. A aquellas hora sólo había algunos muchachos de los suburbios, chiquillos mal nutridos de caras sucias y ojos saltones. Uno de ellos fumaba. Se acercó a él, y sin mediar palabra le apagó el cigarro en una mano. Una agresión así, para un Buill, es nada, físicamente hablando, claro. Pero mi padre no pudo evitarlo, todos sabemos que era un sentimental. Él sólo miró al muchacho, en silencio, y dejó resbalar una lágrima. “Mirad, llora, está llorando, le he hecho daño”, gritaba el malvado. Y se reía a carcajadas, como un poseso.
       Sobre las diez de la mañana la plaza estaba llena. El sol en lo alto empezaba a calentar. El vino corría de garganta en garganta. Sonaron las trompetas y se hizo el silencio. Salió a la tribuna el César. Saludó con esa sonrisa edulcorada de los asesinos. A su lado estaba Cleopatra, la rubia de ojos irresistibles. La multitud gritaba. Desde la arena era un ruido atronador. Luego salieron los gladiadores y empezaron a utilizar contra él las espadas láser, las hachas de neutrinos, los tridentes de plasma coagulada. Mi padre, como buen Buill, no podría dar crédito a tal barbaridad. El dolor fue creciendo hasta límites insospechados. La sangre verde de mi padre pronto rodó por la arena. Él sólo intentó zafarse, nunca intentó responder a la agresión. La violencia por la violencia era cosa de los hombres. La violencia contra la violencia, aunque fuera para defenderse, era también sólo cosa de los hombres.
       A las tres de la tarde mi padre agonizaba. Fue entonces cuando él habló. Nunca nadie antes lo había hecho. Jamás Buill alguno había pronuciado palabra alguna. Mi padre alzó su voz de trueno y gritó por encima del griterío, más allá de toda potencia humana: 

       - ¿Por qué esta violencia sin sentido?

       Pero nadie respondió. Eso sí, hubo un silencio de verdad que envolvió a todos, como si el mundo se estuviera desplomando para siempre. Mi padre entonces entonó el cántico nuevo, levantó la palabra hacedora ante los atónitos ojos de los hombres. Y tal y como deseaba, se transformó en una fuente. Los dioses lo habían escuchado. Luego todo fue fácil. Los hombres bebieron del agua y cambiaron.


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       Aún hoy, en la fuente que hay en el centro de la plaza, uno puede beber y morir de uno mismo.


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