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21 de febrero de 2015

Retrato de familia

Dionisio
Extraída de Google
       Hoy, después de tres días de silencio telefónico, me ha llamado mi hijo Dionisio. Desde que toda España revienta de alcohol y goles yo le llamo El Dioni. Lástima que la borrachera sea como es, sin buen vino de por medio. No me aparto yo ni una legua de aquella fiesta antigua, ni un milímetro siquiera. A mí me van las tradiciones, ¿qué quieren que les diga? Si hubiera habido un buen tinto de por medio no estaría yo ahora pintándoles esta triste viñeta de familia.
Estaría tirado bajo las garras de uno de los leones de La Cibeles, mi corona de hierbajos ladeada en esta frente que es más que calva, desnudo de nuevo, la panza hondeando al viento, con una buena bota aragonesa levantada al cielo y un chorro rojo llenándome la boca. Con uno de Rueda sería bastante, un “2v Premium”, por ejemplo. Y claro está, dándole que te pego al pito, entrando y saliendo en y de todo lo que se pusiera por delante, que en estas ocasiones todo lo bueno de la vida ha estar permitido.
       Cuando lo hago – cuando aflauto la voz y le digo, Dioni, cariño, ¿qué tal estás? -, él se enfada mucho conmigo. Eso es justamente lo que pretendo. Me recuerda entonces su redención, su cristianización, y me escupe en la cara la vergüenza de sus inicios dionisíacos. Luego me suelta toda la ponzoña que ha acumulando dentro por haber dejado de ser el que era. Me dice, entre otras lindezas, que qué dolor que la sangre de su sangre, o sea yo, sea justamente todo lo que odia en este mundo. Me dice que soy un putero, y es verdad. Me grita que soy un borracho, y es verdad. Me dice que no creo en nada, que no tengo principio ético alguno, y es verdad... ¡Si él ya lo sabe! Un dios sabe todo de todos. Y él es un dios. Y yo soy el que soy: Sileno El Grande. Estoy en la cama veintitrés de las veinticuatro horas del día, amodorrado, aletargado, alejado de todos, recorriendo mis visiones, cerrándolas, preparándoos la realidad en la que vivís, engendrando mis profecías. Es mi destino. Ésta es la esencia de mi ser. Él, pobre dios redimido, vive en la impostura, como un vulgar humano, atado de ojos y de oídos y de gusto y de tacto y de todo, atado a su dolor, al dolor que yo le procuro. ¿Qué le importa a él, que le importa a nadie que yo pase el resto de la noche, desde las tres de la mañana, en el suelo, inconsciente, sobre la fría baldosa de mármol, en el lado interno de mi ventana, tras beberme un par de botellas del de yema, vomitado y meado sobre mí mismo, aspirando la pulmonía que el suelo arrastra?¿No estoy acaso en mi casa? ¿Quién tiene derecho a decirme qué hacer con lo mío, con esta vida que detesto, con esta vida que aborrezco?
Escritor que se cita.
Extraído de Google
       A él le gustaría que mis últimos días en este cuerpo de carne y huesos - sí en un cuerpo como el tuyo, lector - los pasara como una persona decente, como una persona normal, metido en una residencia de viejos, jugando a las cartas, tomándome las pastillas, yéndome a dormir a las diez, levantándome al amanecer sólo para que el día se haga largo, tan largo como aquel día sin pan de Don Camilo. A él le gustaría verme controlado todo el tiempo. Y no es eso lo que yo quiero. Yo quiero hacer lo que quiero hacer. Y a él, claro está, esto le molesta. Y es porque la redención que le ata no es suficiente para acallar la voz interna de su ser. Lo que ocurre es simplemente que es un cobarde, que no actúa rectamente con su supuesta limpia conciencia. Me pide a mí que deje de ser cuanto soy para convertirme en todo cuanto él quiere que sea. Pero no es capaz de dejar cuanto él es para convertirse en mi hijo, en un hijo que cuida de su padre, que bebe con su padre, que mira el mundo desde la altura que le corresponde. Es un hipócrita, no tengáis duda alguna. Es El Dioni, no el Dionisio que yo engendré, no aquel niño que venía corriendo hacia mí con el fruto de la vid en las manos y los ojos de la infancia preñados de una pícara y sincera felicidad. No aquel dios atiborrado de divinidad. No se ha llevado dinero de banco alguno, es cierto, de eso doy fe. Él no roba más que el corazón de su padre, este divino y eterno corazón mío que gime por todas las galaxias habidas y por haber. Él tiene que vivir, vive, de esa manera, como uno cualquiera, creyendo, o haciendo que cree, a fin de cuentas es lo mismo, que la salvación es posible. Y lleva razón, es posible salvarse. Pero no de esa manera. Sólo siendo uno mismo uno puede salvarse. Lo otro es engaño, engaño de humanos.

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