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7 de febrero de 2015

Un día cualquiera


Suceden unos cuantos momentos cada día
que soy beneficiaria de ciertos privilegios:
cuando despierto y pienso “aún es temprano,
qué bien estoy aquí, tan calentita”
y me doy media vuelta entre edredones
abrazada a la almohada y vuelvo a entredormirme.

Podría ser mejor si tú vinieras
a despertarme a besos
pero no es conveniente pedir más de la cuenta.

La cocina se inunda con aromas
de café recién hecho y de tostadas,
hay una sola taza para desayunar;
miro por la ventana
escuchando la radio, si pudiera
decirte lo que pienso de las cosas que pasan
y que tú me callaras con un dedo en mis labios
esto sería el cielo,
pero sé que no debo exigir demasiado.

Recojo los cacharros y me ducho
mientras oigo esa música que tanto te gustaba;
es un placer sentir el agua ardiente
corriendo por mi cuerpo;
creo que la prefieres medio tibia
pero no estás, y dejo que me abrase
hasta que se enrojezca la huella de tus manos,
yo sé que no es posible tener todo.

En la calle me lleva un viento gélido
con ráfagas de lluvia desabrida;
de pie, junto a la puerta del mercado
está ese chico negro
que siempre me desea buenos días;
creo que no ha dormido
en una cama cálida
ni ha tomado café ni ha disfrutado
una ducha caliente.

Y me da por pensar que, al fin y al cabo,
echarte a ti de menos
quizá no es para tanto.

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