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5 de febrero de 2015

Todo así, lo que salía



Extraída de Google
     Para cuando nos dimos cuenta habíamos dilapidado más de década y media de nuestra vida de escritor que no escribe nada, y que lee cada vez menos; y que con la tele y la cerveza y la comida y la siesta tiene bastante: la palabra había ardido en la llama de los días y era ceniza. Y de pronto, tan de improviso y de golpe y de inimaginable que ni nos dimos cuenta, llega el ordenador a nuestras vidas; y con él, el procesador de textos que era más que la leche: nos corregía la ortografía él solito. ¡Era todo tan fácil!
       Escribimos de nuevo como al principio, desmedidamente, sobre esta pantalla en la que se puede borrar y reescribir y borrar y reescribir, infinitas veces; creyendo que toda palabra que salía de nuestra tecla tenía sentido. Y lo más tonto de todo, convencidos de que a los demás les iba a interesar y mucho cuanto teníamos que decir: todo así, lo que salía. Porque teníamos mucho que decir, mucha sangre gangrenada dentro. Escribimos sin ton ni son, para que no nos doliera la muerte que cada día venía a quitarnos un poco de lo que éramos.
       Nos autopublicamos nuestra primera novela. No fue muy caro, todos los ahorros de entonces. Pero el editor creía en nuestro dinero y nos llevó a los escenarios e incluso hizo que los periódicos, nada menos que dos periódicos de rango nacional, se hicieran eco de nosotros, vamos de mí. Llevamos, digo llevé mis ínfulas y el recorte del diario en mi cartera mucho tiempo, como un tesoro, como la certificación de que yo era un escritor de verdad: como en el instituto, ahora ya me conocían en el mundo.


       Luego comprendí otras cosas de este planeta de la edición. Algo tan sencillo como que el libro no es un bien cultural, no lo ha sido nunca, aunque por pura farsa social nos hayan dicho lo contrario todo el tiempo. El libro es un producto que hay que vender. En Alfaguara, por ejemplo, y porque fui yo a por una respuesta, me dijeron un año después de haberles llevado mi segunda novela que lo que yo escribía no estaba en su línea editorial. Nunca nadie hasta entonces me había dicho una verdad tan evidente. Con cuatro décadas a las espaldas seguía siendo un niño, eso sí con mucha imaginación.
       Y así, desencantado del todo y de todos, llegamos a La Red, a la libertad absoluta, a la anarquía absoluta, a la igualdad absoluta, a esa plaza de pueblo global en la que todo es susceptible de estar. Por fin mis palabras, lo más literario de la historia de la humanidad, podía ser leído, podía ser publico.

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