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16 de marzo de 2015

¿Cuántas veces...?

Extraída de Google
       No soporto la estupidez humana, menos aún si la estupidez comparte cama conmigo. Mike llegó a sacarme de quicio. En poco tiempo se convirtió en un tipo gordo cuya única afición era beber cervezas frente al televisor. En esa posición de cerdo desparramado su barriga se retorcía, expulsaba vapores etílicos en forma de berridos. Oh, my God! Una tarde tomé la escopeta de mi hermano mientras Mike veía su programa favorito: Mil maneras de morir. ¡Qué asco! Nunca habría imaginado que su cabeza también estuviera llena de sebo.
       Con Steve, sin embargo, fue distinto, el problema es que llegó a hablar demasiado. Se creía un hombre interesante y al principio incluso a mí me lo pareció, pero llegó a un punto en que tanta palabra pedante me descomponía y tuve que callarlo. ¡Para siempre! Un corte en la yugular terminó con sus cuerdas vocales y sus aires de superioridad. Se acabó el hacerme pasar por idiota. Pero el peor de todos fue Pete, con él me estrené en esta tarea de limpiar mi vida de estupidez. Pete fue quien me enseñó a ahogar las emociones a las que esperaba dar rienda suelta al casarme con él siendo aún una cría, y en el que busqué refugio al huir de las violentas y sucias manos de mi padrastro. Pete utilizaba una violencia distinta, ordenaba con la frialdad de su mirada y a través de ella me obligaba a satisfacer sus necesidades sexuales. Fue el más estúpido de todos, porque yo estaba dispuesta a dárselo todo y sin embargo él solo quería de mí aquello. Me molestaba gustarle y despertar en él lo único que era capaz de sentir y a propósito le esperaba fea y desaseada, pero a él nunca le importó. Casarse conmigo fue obtener un derecho sobre mi piel y ese derecho yo lo sufría como si me golpeara con una barra de hierro. Así fue como acabé con él. Le golpeé tan fuerte entre las piernas con aquella pesada barra, que el muy capullo no soportó el dolor y cayó inconsciente sobre la cama. Lo rematé abriéndole la cabeza en dos.
         Después de lo de Pete, el primero, el más difícil, librarme de lo que me enoja se convirtió en algo extremadamente sencillo y en una experiencia, diría, gratificante. Así que los demás fueron muy fáciles: Lee, Mike, Johnny, Steve, Samuel, Cap... Y ahora tú. 
     No me vas a conmover con esa mirada de corderito huérfano. ¿Cuántas veces te he dicho que bajes la tapa del inodoro?

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