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22 de marzo de 2015

El amor

Extraída de Google
       Él, ahora, me acompaña todos los días a la iglesia. Se lo he estado pidiendo a Dios durante muchos años. Y desde que le descubrieron lo del cáncer, cuando ya no puede más y se le suelta la lengua, dice que ha dejado de escribir, que no puede concentrarse. Pero sigue ante la pantalla mucho tiempo… Bueno, menos que antes; aunque es verdad que no le oigo teclear. Ahora viene conmigo de compras; que si un pantaloncito, que si un bolso, por ejemplo.
      Y yo le miro de reojo cuando le oigo rezar, a mi lado, ante el Corazón de Jesús. Antes, si lo hacía, lo hacía por lo bajini. Ahora es en voz alta. Y se le llenan los ojos de lágrimas con aquello de “aquí estoy para hacer tu voluntad”. Las lágrimas no caen de puro milagro. Él dice que esto que siente ahora es terror, que en toda su vida de hombría jamás ha sentido esto; y que por eso no puede escribir.
       Y está muy sensible; enseguida se me pone a llorar. Cuando entro en su cuarto las musas siguen dormidas. Y él me mira con esos ojitos de perro apaleado con los que sabe mirar. Me da mucha pena. No le digo nada, ¡qué le voy a decir! Me acerco a él, le abrazo y lloramos juntos. Nos empapamos de lágrimas; y yo finalmente tengo la sensación de que de alguna manera inexplicable nos hacemos un único dolor, y que nos vamos a curar.




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