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11 de marzo de 2015

Estrellas de los setenta.

Extraída de Google

       Quedamos para ir juntas a la manifestación; la vida de cada una iba por caminos distintos, nos veíamos de vez en cuando pero el motivo de hoy era tan intenso que todas sentimos una nostalgia extraña.
       En el restaurante, delante de unas ensaladas y pescado a la plancha, pusimos nuestros sentimientos sobre el mantel. Compartíamos una especie de desazón que iba de la rabia al sentido del ridículo, mientras contemplábamos el espejismo de haber atravesado el túnel del tiempo casi sin darnos cuenta.
       Allí estábamos con el pelo teñido, algo de sobrepeso, implantes en las encías, gafas progresivas y un abanico para los sofocos. Por eso, recordamos tal como éramos cada una en la década de los setenta; cuando salíamos a la calle a gritar, cuando era el momento de conquistar el futuro, de cambiar el mundo y además podíamos correr si había que hacerlo…, las imágenes del pasado, de nuestra descarada juventud estaban en nuestros ojos que usábamos como espejo para vernos, para reconocernos. Estrellas de los setenta : la Twiggy de Usera, la líder del movimiento feminista, una poeta desgarrada y la hija rebelde del notario más prestigioso de Madrid.
       Nos sabíamos muy bien la teoría. Todas teníamos en común nuestra militancia en asociaciones o partidos políticos de izquierdas en nuestra juventud y todo aquello por lo que salíamos a la calle con la fuerza que da el convencimiento de que estás cambiando el mundo, de que es tu momento, que estás elaborando un estado de derechos conseguidos y que no quieres ser ni por asomo como los modelos de mujer que has tenido delante.
       Era de nuevo necesario porque contemplábamos, con tristeza, que la vuelta a tiempos indeseables estaba delante de nosotras. Otra vez era imprescindible “significarse”; nos pillaba con casi sesenta años y desentrenadas pero daba igual. Porque el sentido del ridículo, la duda sobre encajar o no era preferible a la indolencia, a no hacer nada por temor a que ya hubiese pasado la época y la edad de reivindicaciones activas.
        Teníamos memoria de tiempos en los que todo eran nubarrones negros, agujeros en los que te metían a cajón entre la Iglesia y la familia. Por eso habíamos quedado y quedaríamos más tardes para renovar nuestros votos, como aquél que dice. 
        Nosotras y muchas más logramos lo que pretendíamos, al menos en el papel, vimos en blanco y negro plasmadas nuestras reivindicaciones. Lo que no podíamos adivinar era la fragilidad de esas conquistas. 
        Porque el progreso no es lineal y la certeza, la incondicional confianza en el porvenir no existe. Porque las imágenes del pasado nunca han tenido más realidad que en este presente.













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