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10 de marzo de 2015

Lienzos del pasado


6

       Esperanza no entendió nada hasta mucho tiempo después. 
        — Ya que lo preguntas te lo diré. Tu padre, despechado por el infortunio de su existencia, una vida que él estimaba insoportable, en un día que había de ser de regocijos y se mudó en de disgustos, el día mismo en que nació "Pule", se fue con unos amigos a beber y a jugar a ser infelices satisfechos, y finalmente a un lugar llamado muerte, a un lugar del que no se vuelve jamás - le relató su madre Adela.
       Esperanza no comprendió pues lo que pasaba el día en que trajeron a su padre acuchillado. Aquella mugrienta litera de campaña no hablaba. La sangre que empapaba todas sus ropas tampoco le declararon la tragedia. Ella se limitó a sentarse en la sillita de madera pintada de azul que situaron a la entrada de la gruta y que el abuelo Marcelo le había regalado algunos meses atrás. Puso cara de enfado, eso sí. Tomó la misma actitud que creyó ver en el rostro de su madre. Estuvo jugueteando con los encajes del vestido blanco, se quitó la goma demasiado apretada que diseñaba la cola de caballo de su cabellera; e hizo rabietas a una hormiga no dejándola ir a donde su instinto la guiaba. Pero no lloró, ni gritó, ni se mesó los cabellos como hizo Adela, ni gimoteó; sólo acentuó más su faz de enojo y no comió nada en todo el día. Pero sí se sintió un poco abandonada entre el ir y venir de tanta gente. 
       — Una especie de tristeza opresiva le chamuscó el alma. 
       Siempre se sintió así en los momentos de dificultad, cual una amapola huérfana y abandonada en medio de un trigal, o un remanso de paz en medio de una guerra. Y nunca hizo otra cosa que meterse muy dentro de sí misma, nunca nada distinto a trocar su cuerpo en un habitáculo oscuro y cálido. 
       — Una sensación de apacible sosiego impermeable - canta la sangre que se derrama. 
       Todo el bullicio que ocurriera al otro lado de los orificios de luz que eran sus ojos no la alcanzaba. El mundo podía seguir su curso; permanecería tranquila fuera cual fuera el cariz de los acontecimientos. El exterior podía desintegrarse; ella continuaría apartada e indemne en aquel furtivo escondite de aparente indiferencia.


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