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6 de marzo de 2015

Lienzos del pasado



       — Sí que nació nuestra Esperanza en la calle nominada entonces del Abad de Arana y hoy de Cuchilleros, la que corre paralela a la vereda a la que se asomaba y se asoma la fachada principal del convento, cuatro metros más abajo, camino ya de la planicie - proclama el abogado. 
       — Lo hizo en un día de Navidad templado, como de primavera, sin viento ni nublados.
       Su madre recordó siempre que aquella fecha y aquellas circunstancias fueron como una señal de predestinación celeste. Adela sintió en la vejez que se le trastornaba el seso por la pérdida de memoria y el crecimiento desmesurado de una fantasía trocada en paranoia por el tiempo. La longevidad infinita que Dios quiso darle la utilizó para reiterar hasta la locura que su hija iba a ser monja; una y otra vez, incesantemente, que no en vano su alumbramiento había sido simultáneo con el comienzo de los salmos de alabanza y peticiones al Dios de todos los cielos por parte de las religiosas. Repetía a las esquinas de las edificaciones que la alborada se presentó cálida como una caricia con guante de terciopelo blanco, y que algo raro flotaba en la atmósfera.
       — Un algo así como un ahogo o un aliento contenido - dijo más de una vez.
      Le hablaba también a los agujeros de las paredes de las casas y a las lagartijas que en ellos habitaban. Las puertas y las ventanas destartaladas de las viviendas, que se caían de puro viejas, escucharon impertérritas sus confidencias. Todo lo que su muy enferma imaginación señalaba como con oídos tuvo que soportar sus peroratas.
       — Lo que acaeció con la arribada de Esperanza al mundo, lo sentí yo como referencia inequívoca del destino de desarraigo que habría de llevar la criatura. El disgusto de su padre Marcelino al saber que era niña, primero: «Una boca más que alimentar y un brazo menos para el campo», dijo; la hinchazón desmedida con que germinó la desventurada, segundo, que hizo que mi "Jose" exclamara que aquello no era una hermana sino un sapo, y que le llevó a salir corriendo en busca de un escondite donde ocultar sus lágrimas. El derrumbe de la torre de la iglesia, como remate; que se cayó de puro avejentada y que le costó la vida a "El Buscaliebres", el pobre arriero del pueblo. Noches de quebranto para la mujer, dos hijos, viuda y huérfanos, que dejó a la intemperie y al lado de la laguna- explicaba a Don Macario, el cura.




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