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9 de marzo de 2015

Lienzos del pasado


5

       Marcelino se lavó las manos y los pies a la vuelta del trabajo. Era ya de noche otra vez; mas no quiso saber nada del suceso extraordinario que en su morada había acaecido. 
       — Aquella ausencia de lágrimas en la niña. 
       No prestó oídos a lo que Adela le contaba, no quiso saber nada; olvidó toda aquella clara premonición que anunciaba que su hija iba a ser santa. Venía con la fatiga metida en el cuerpo y la afrenta en el corazón, con el alma carcomida por la ira que la injusticia social siembra en los corazones.
       — Tanto para tan pocos y apenas nada para casi todos - recuerda el viento que dijo. 
       Aquella vieja herida de impotencia ante la servidumbre ciega se le había abierto de nuevo. Nada le laxaba la tensión emocional. El trato de favor que los otros le dispensaban por ser el hijo del capataz de Don Agapito le alteraba los nervios más todavía; y refería con voz cansina que se habían matado no menos de una docena de corderos. 
       — Como preparación del festejo gastronómico que se va a efectuar por el nacimiento del primer hijo del ilustre patrón, dos terneras lechales y cuatro cabras. Se ha abierto un tonel de vino añejo. "De no se sabe cuantos años", dice El Torcuato. Se han hecho los dulces de las mil y una noches. El aguardiente de Cazalla de la Sierra ha corrido ya cual regato desbordado. Más de uno anda que no se tiene en pie. Han salido mensajeros con misivas a todos los pueblos cercanos. El cura del pueblo ha hecho plegarias y jaculatorias. El maestro ha ofrecido la escuela como salón para el banquete. El alcalde se ha puesto a disposición de El Señor para lo que haga falta; y nosotros, ya ves, en esta pocilga. 
       Adela pasó su mano amable por los hombros del esposo después de llenar el estómago con las sopas de tomate de la cena y tras el acomodo en aquel poyete que ellos llamaban "la burra" y que él mismo colocó a la entrada del domicilio como huella de una paternidad nueva en el pueblo. Le acarició la nuca con ternura, le dio un casto beso en la mejilla; y le repitió que lo amaba con una voz nueva. 
       Él permaneció en silencio. Se le notaban el esfuerzo considerable que hacía por retener las lágrimas de impotencia que le cosechaban las desafinadas melodías de los músicos, la verbena que poblaba la plaza del pueblo, el bullicio y la charanga que se vestían de sordina, allá, en aquel lugar. 
       — La lejanía como una daga más - proclaman las trompetas. 
       Él no dijo nada, mas se le metió en el cuerpo la simiente de la muerte a cuchillo y le creció vertiginosamente por todas y cada una de las células de su cuerpo derrotado. El vampiro invisible que algunos llaman ira lo apuñaló aquella noche y le substrajo la sustancia de la vida. Arrugas prematuras de centenario crecieron en su rostro. En las cristalinas aguas de la pila en la que se lavó se las vio al día siguiente. Una especie de asfixia lo mantuvo en duermevela toda la noche y le hizo levantarse dos veces a orinar. Soñó entre despertar y despertar con revueltas sociales y sangre, con la alegría de la liberación y el desconsuelo de las defunciones de parientes y amigos. Se alternaron en la vigilia y el sueño el caos demoledor y la ilusión contenida.




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