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6 de marzo de 2015

No sabe Mariana

Extraída de Google
       Mariana siempre estaba triste. Y ese estado la acompañaba hasta donde alcanzaba su memoria.
       Triste vida, tristes pensamientos. En fin, esa simple certeza a lo incierto.
       Nunca quiso ahondar en el por qué de dicha tristeza, más que nada porque no quería echar más leños a esa triste hoguera. Siempre encerrada en su mundo, a solas toda su vida, esperaba y esperaba, sin saber qué traería el día. Sintiéndose como un pavo sin cabeza, buscando una verdad, teniendo la certeza de que era lo habitual.
       Mariana no tenía voluntad. Se sentía como una veleta al viento, traída y llevada, moviéndose sólo según soplase. Y no porque no tuviera valor, pero valor sin voluntad es como tostada sin pan, ir sin trasladar o acariciar sin rozar. La única cuestión que la sacaba del lagar donde exprimía su tristeza, involuntariamente y sólo a ratos, era la música. Le encantaba bailar y bailar al compás de una alegre canción. Lo cual más la entristecía al no poder hacerlo tanto como a ella le apetecía, y a su voluntad.
       A Mariana le encantaban los niños. Como a ellos su apariencia.
       Su forzada sonrisa, su forma de trasladarse de acá para allá al son de la bella música que a ella tanto le gustaba.
       Y también los envidiaba. Envidiaba sus alas. Unas alas invisibles que creía ver en ellos, impulsándolos a deslizarse por vertiginosas barandillas, subir a árboles imposibles, lanzarse en brazos de un extraño, caminar hacia delante sin pensar en qué dejas atrás.
       Esas imaginarias alas que ella nunca tendría.
       Mariana se sentía vacía. Vacía de emociones, de órganos internos que la incitaran a salir de su lánguida tristeza.
       ¿Para qué sirve un corazón si no estimula tus emociones, si no puedes entregar lo que encierras en él a alguien, si no bombea y bombea? se preguntaba a diario.
       Y mientras se hacía la misma pregunta que nunca obtendría respuesta, soñaba.
       A Mariana le encantaba soñar. Y más abatimiento obtenía al saber de antemano que su único sueño eran aquellas alegres alas.
       Unas alas de libertad, de simpleza y verdad, que cambiaría sin pensar por los hilos con los que su dueño la hacía bailar, saltar y brincar ante los niños, una y otra vez, al ritmo de una canción tantas veces escuchada. 
       No sabe Mariana que su tristeza es vivir como vive una Marioneta.

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