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26 de marzo de 2015

Tan lejos de todo

Extraída de Google

       Estoy sentada a la mesa y mis ojos no ven con nitidez el final de la misma, de tan lejos como está, de tan oscuro como está. Esta luz de fuego y este olor a manteca de cerdo ardiendo bailan en el aire una danza ancestral y me hacen lagrimear. El tenedor pesa lo menos medio kilo y el cuchillo otro tanto, y tienen ese color de la plata desgastada por el uso de los años. El plato tiene un hilo grueso de oro en el borde. Y la copa de vino. Y el capuchón metálico del tapón de cristal de la botella. En su oscuro vientre verde oliva aguarda el resto del vino que forzosamente he de tomar.
       Estoy engalanada para la ocasión y el vestido rojo deja al aire mis hombros.
       A mi izquierda Freddie Kruger, con su cara en carne viva y su deshilachado jersey de lana a franjas horizontales negras y rojas. No se ha quitado el sombrero siquiera, pero sí las afiladas navajas barberas con que se te aparece en los sueños. Las manos desnudas están abandonadas sobre la mesa, ancladas en la inmovilidad. Y me mira tan desesperadamente como a ti. La hondura del invierno que habita en su corazón, que no es poca, se hace presente. Y en sus ojos la lejana soledad de los degollados, ese punto de terror que hará que desees despertar y no puedas.
       Sin saber por qué la carne me arde; y Ella, de pie, toda de negro, como un jinete lobuno lejano y solo, a mi lado,lo sabe.
       A mi derecha Don Manuel Bueno, el sacerdote. Impecable su sotana, impecable su alzacuello blanco, impecable su corte de pelo engominado y su triste mirada de cordero indeciso ante la cruz, impoluta su piel de cera y su palidez de tinte fantasmal. Tiene las manos en actitud orante, sus manos, las manos que bendicen; y los ojos prendidos en el dolor carnal que presupone el rostro de Freddie, sus ojos, los ojos que han escrutado la inmensidad de los cielos en busca de lo eterno y sólo han visto el eterno presente azul de la altura de este mundo. Pese a todo, todo él irradia calidez. Y sus labios se mueven. Y si presto atención puedo oír incluso el bisbiseo de una oración. La oigo tan nítida como siento ahora la ligera brisa que de repente me agita los cabellos.
       Los tres tenemos en el plato tres langostinos rosados que forzosamente hemos de tomarnos.
       Estoy sentada a la mesa y engalanada para la ocasión. Y si sigo mirando hacia el fondo veo que al lado de Freddie se acomoda José Luis, con pajarita. Y cuando usa su sonrisa de Mister Bin, maldita la gracia, que no la veo, la cara se le deforma y se transforma en la del muñeco poseído por Charles Lee Ray, el mismo enigmático juguete que tantas angustias nos hizo pasar hace unos años. Así que lo prefiero serio, aunque en su rostro se superpongan otras caras, una tras otra, sin descanso. La negra boina inconfundible, la estrella roja, el puro y la barba de Ernesto, por ejemplo, o la mano izquierda de Vladímir Ilich Uliánov, levantada sobre la frente y la calvicie, bajo una hoz y un martillo bañados en sangre.
       Por eso los ojos se me van a la derecha. Y allí veo a José María, al lado de la sotana de Don Manuel. Iglesia y Estado es la canción antigua que se oye de fondo. Y es como un gregoriano, sobrio, poderoso, autoritario, casi convincente. Hay un cierto olor a podrido, o a quemado. Y si escucho más allá, si me esmero por aprehender el ruido de fondo, advierto los cantos utópicamente esperanzados de la secta cristiana ante la muerte, bajo la bota del emperador de Roma, o el alarido de los judíos en las cámaras de gas, bajo el yugo hitleriano; e incluso, los clamores de las brujas en la hoguera inquisitorial.
       Y me siento horrorizada. Y me pregunto qué estoy haciendo yo aquí en esta Noche Buena, tan lejos de todo lo que amo. 


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       Pero no hay tiempo para más. 
       Ella toma la palabra y nos obliga a comer. El primer langostino cae en nuestros estómagos y todos los comensales del ala izquierda desaparecen. Ella sigue hablando, levantando la voz sobre el silencio. Y nos comemos el segundo langostino, y todos los comensales del ala derecha desaparecen. Finalmente, Ella, sin previo aviso, se deshace en el silencio.
       Me quedo sola, ante el último langostino. Entonces aparece el niño, desnudo, caminando sobre la mesa, desde el fondo, hacia mí, rubio como un sol, sonriente como una flor. Yo sé quién es. Por eso le pido que me muestre la verdad. Sé que él es el único que puede hacerlo. Y todo cuanto sé de mí se va transmutando en él. Es como entrar en el olvido y saber realmente lo que está pasando.
       Entonces Ella, en el límite mismo de mi existencia, me ofrece la copa del vino que obligatoriamente he de beber. Y bebo. Y vuelvo.  



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