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26 de mayo de 2015

Autómata

Extraída de Google
       Una vez conocí a un Autómata… y debo reconocer que me dio miedo. Descubrir en sus ojos su extraño mundo, paralelo al real, donde parecía vivir totalmente complacido y ermitaño, me produjo una sensación grotesca y fascinante a la par.
       Trabajador eficiente. Nieto, hijo y padre abnegado, le conferían la apariencia de un ser humano normal, aunque no lo era; no podía serlo.
       Las preguntas que surgieron de mi boca, no parecían inmutarlo: ¿qué sientes?, ¿eres feliz así?, y solo obtuvieron una anodina e irónica mueca, adscrita a la mínima expresión del dibujo de una sonrisa, por respuesta. Ahora sé que no es el único. 
       Las normas establecidas eran el bastón donde apoyaba su mecánica vida, sin salirse un ápice de la ruta impuesta. Efectivo y obstinado como el reloj que parece dirigir nuestro universo. Irreal pero partícipe afiliado del ¡tic tac! que gobierna hoy a la raza humana. 
       Los días los pasaba admitiendo solo el calculo matemático primigenio; (1, 2, 3...) y las sensaciones, los sentimientos, la empatía, los atesoraba cual avaro contable dispuesto a recaudarlos como simples tributos bien administrados de un tercero. 
       Nada parecía tener el valor o la necesaria fuente de inspiración para sacar de él más que lo requerido por la obligatoriedad del sistema; y aún así creo haber hecho un amigo. Insultante a veces, pero inquisitivo de la necesaria confirmación de su existencia, hemos suscrito una especie de contrato amistoso: del que se guarda en Diarios, Cajas de Pandora o silenciosas condenas. 
       Siempre tengo frío ante su presencia, sus ojos emiten un magnetismo difícil de eludir, difícil de esconder. E inmediatamente, nuestras profundas conversaciones enervan la temperatura de mi volcán interno, del yo más sincero, cuando no parece acatar más que su equilibrada sinrazón. 
       Agnóstico, ateo, atemporal, se sirve de mis miedos para reafirmarse en su arcaica doctrina. No le conmueven ni mis lágrimas internas: las que provocan la maldad que anida, a diario, en este mundo tan frágil y obstinado. Ni guerras, ni hambres, ni intransigencias doblegan el armado muro que ha construido alrededor de su corazón, y tan sólo la pequeña ventana, dejada para atender a los suyos; cual reja de claustro y en la que yo me asomo a veces para confirmar que sigue ahí, le confunden, como a mi su apariencia humana. 
      Me he prometido insistir, intentar, lograr, que se desconecte de esos imaginarios cables que lo anclan a su rancio futuro. Al que nos llevan con las manos atadas, líderes autómatas como él. 
       Ahora recuerdo la primera vez que nos encontramos… ante el espejo. Y debo reconocer ... que tuve miedo. 


Nota: 
Para cualquiera que se sienta preso 
de esos hilos invisibles, si no se libera, 
el futuro siempre será decidido por otros.

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