...

...
Pincha en la imagen para acceder a la revista.

2 de junio de 2015

Amely

    
Extraída de Google

       “El jardín que rodea la casa tiene alopecia, dermatitis y tantas pulgas, que llenarían cientos de Circos. Hay trozos vivos, trozos muertos y buena parte de él partió hace tiempo bajo las suelas de los clientes del Doctor Carlos Daniel Varela.
       La valla que rodea ese triste jardín me produce una intermitente desazón. Las partes que aún se mantiene en pie: mordidas por las que cayeron y que ahora se pudren sobre el césped que queda vivo, aún parecen implorar la custodia de la propiedad a pesar de su evidente ineficacia. Recuerdo la impoluta blancura de la madera cuando la esperaba tras el cedro, ese mismo que ahora intenta engullir las habitaciones superiores.
       La puerta de entrada: más ancha y alta que la mayoría, me recuerda el prestigio que su padre se había forjado, siendo el único médico pediatra en cientos de kilómetros a la redonda. Ahora, su robusta apariencia, parece querer deshacerse entre mis dedos al intentar abrirla. Y aunque lo logro sin mayores esfuerzos, presiento que será la última vez que alguien atraviese el enorme hueco que defendió su arrogante amplitud. El hinchado suelo de roble, no deja a mis noventa kilos más espacio que el que pueda abarcar metiendo mi barriga. Recuerdo cuando salíamos corriendo ambos cogidos de la mano: cuando la frondosidad del jardín nos permitía saltar y rodar sin más impedimento que el de tropezarnos con el divertido columpio de color rosa.
       Aún parece que se escuchen el tic tac de los diecisiete relojes de pared que musicalizaban tu llegada. Su armonía acompañaba el recorrido por todas y cada una de las estancias. El tiempo, tan implícito e importante en aquella casa: aquel que al final le faltó al Doctor para salvarla, ahora se siente marchito. Muerto, en todos los sentidos, como si la falta de su impertérrito y constante sonido, mordieran el corazón de quien lo escuchó día tras día, suministrando vida a la casa.
       El papel raído de las paredes surge como las arrugas de la más anciana de las tortugas terrestres, surcando cuarto por cuarto. Sucio y apagado. Recuerdo el de su habitación: ratoncitos, de fantásticos e impropios colores, jugando a saltar ríos, cañones, azoteas, perseguidos por Peter Pan, Alicia y las sonrientes hadas de la Bella Durmiente. 
       Ya no hay escalera que acceda al piso superior, y lo agradezco. No quiero sentir la decadencia de esos roedores tan esquivos, ni ver el desgastado dorado sol que emitía el hermoso cabello de Alicia. No he recorrido setecientos kilómetros para eso.
       Ahora cierro mis ojos e intento retroceder los treinta y cinco años que nos separan; el espacio tiempo que me alejó de ti. Aún recuerdo tu olor, tu hermosa voz, tu irradiante alegría. Y te llamo a pleno pulmón… Amely… Amely… 
       Y tan solo vuelvo escuchar el llanto desesperado de su abatido padre”
       

...