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9 de junio de 2015

Los antiguos dioses miran a Egipto



       Sentado junto al Lago Sagrado de Karnak, el dios Thot observa con tristeza cómo abandona el templo el último visitante del día. Cada vez son menos los que desde que comenzaron las revueltas visitan el recinto sagrado. A su lado una gata ronronea mientras frota su lomo contra las piernas del dios. Pero este está tan abstraído en sus pensamientos que no percibe su presencia. La gata llama su atención con un leve arañazo.
       —¡Déjame en paz, Bastet!
       La diosa adopta su forma humana.
      —Thot, me tienes harta. No puedes continuar así, apartado de todo y de todos, en este lugar que has convertido en tu mausoleo.
       —No es tan fácil…Yo…
       —Durante milenios supimos transformarnos para asegurar nuestra presencia en el mundo. Tú fuiste el primero que cogiste el relevo de Ra cuando, cansado, ascendió a los cielos. Y ahora te niegas a renovarte, anclado en esta absurda inexistencia… Fíjate en mí, un simple cambio de nombre, Artemisa, y conseguí que los griegos me venerasen. Incluso hoy en día cuento con adeptos. ¿Y qué me dices de Isis, infiltrada entre ese extraño panteón de vírgenes que tienen los cristianos? Si ellos supieran que sus vírgenes negras, en el fondo, son reminiscencias del antiguo culto a Isis…Y fíjate como Horus mira hacia el futuro, desde el anverso del escudo de una de las naciones más prósperas de la actualidad.
       —Bastet, yo no cuestiono vuestros deseos y decisiones, solo pido que si no entendéis mi proceder, al menos, lo respetéis.
       —Es cierto que no logro entenderte. Fuiste uno de los dioses más importantes del panteón egipcio. Señor de la sabiduría y del tiempo, visir y escriba de los dioses, inventor de la escritura, de los números, de las matemáticas…Y ahora… Mira, he estado investigando. Hay una corriente de conocimiento nueva, a la que los humanos llaman física cuántica, y que sostiene que el Universo surgió de un pensamiento, que la realidad no existe hasta que se nombra. ¿Te suena?
       Un destello cruza los ojos de Thot que se oscurecen de nuevo al escuchar las risas de unos niños que se acercan por la Avenida de las Esfinges. El mayor, de unos trece años, se adelanta con un candil en la mano, indicando el camino a seguir a una niña pequeña. Cruzan la puerta de entrada, se dirigen hacia el patio de Ramses II y se sientan frente a una de las columnas. El niño saca de una vieja mochila un cuaderno y un lapicero y comienza a dibujar ante la atenta mirada de la niña, que le ilumina con el farol. Thot sonríe al verlos mientras Bastet, ajena a la escena, no cesa de hablar.
       — ¿Dónde queda eso, que tantas veces asegurabas, de que el maestro se revelaría a los alumnos cuando estuvieran preparados? Ellos te esperan.
       —Pero estos otros —dice señalando a los pequeños— nos necesitan. Durante siglos solo nos hemos preocupado de nuestra propia existencia. Puede que ellos hayan dejado de creer en los antiguos dioses, pero nosotros debemos encarnarnos en sus sueños. 
       La diosa baja la cabeza pensativa.
       —Bastet, son tiempos difíciles, de dolor, duelo… de enfrentamientos entre hermanos. Yo les enseñé que la palabra es magia y vida, y todo lo que sea alejarse de ella no es sino muerte y oscuridad. Pero parecen haberlo olvidado.
       — ¿Quiénes son esos niños?
       — Son los hijos del guarda del templo. Él se llama Sinuhé. Es despierto e inteligente y sueña con ir a la Universidad y convertirse en arqueólogo. Ha crecido entre estas piedras y no imaginas los conocimientos que alberga en su interior… Y ella es Annipe. Una chiquilla dulce y alegre que fantasea con ser como las princesas de los cuentos de las «Mil y una noches» que su hermano le cuenta al acostarse.
       — Annipe… hija del Nilo… — Algo en la voz de la diosa se quiebra al mirar el dulce rostro de la niña iluminado por la lámpara, como si, de repente, todo ese amor maternal que alberga en su interior, rompiera esa fachada de autosuficiencia que, hasta ese momento, desprendía. 
        —¿Y qué hacen frente a esa columna?
       — Sinuhé dibuja en su cuaderno jeroglíficos que luego, con la ayuda de su hermana, moldea en arcilla para venderlos a los turistas como souvenirs y ayudar a paliar la pobreza en que viven. Si la situación ya era difícil antes, ahora, por culpa del fanatismo y la intransigencia de unos pocos que quieren sumir al país en el oscurantismo, se está tornando imposible de resolver.
       —No estás hablando solo de Sinuhé y su familia, ¿verdad?
       —Bastet, tú que defendiste a Ra, siendo un niño, de Apofis y su reino de maldad y oscuridad, tienes que ayudarme... Una vez, Egipto fue conocido por la biblioteca de Alejandría y su gran faro. Intentemos que esa llama, que aún se guarda en la memoria y en el corazón de su gente no se apague para siempre. 


       Comienza a amanecer. Sinuhé observa cómo despuntan los primeros rayos del sol, mientras su hermana, con la cabeza apoyada en su hombro, pasa las páginas de su cuaderno.
       —Sinuhé, ¿por qué te gustan tanto estas piedras?
       Sinuhé la mira, sonríe y recuerda las palabras del poeta: «A veces nos hablan en los sueños; a veces, pensando, la mente los escucha. » (1)
       —Porque ellas me hablan. 



(1) Versos extraídos del poema, de Constantino Kavafis, «Voces»

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