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2 de junio de 2015

Terapia


       Cada día mi padre llegaba a casa de mal humor, el alcohol y las drogas no le bastaban. Nosotros éramos su mejor terapia. Yo prefería que me pegara a mí y no a mi madre. Después de martirizarnos se tiraba en su camastro a roncar. Por la mañana despertaba gritándonos. El miedo tardaría en desaparecer. Sin embargo iba apareciendo conforme transcurría el tiempo y, a medida que se aproximaba su regreso, se acrecentaba.

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