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27 de agosto de 2015

Calle Sambara, 5



       Las sirenas alertaron a los vecinos de que algo ocurría en la calle. Algunos curiosos se asomaron a los balcones para confirmar sus sospechas de que, una vez más, se detenían frente al portal número cinco, la casa maldita como ya se conocía en toda la ciudad, por el alto número de desgracias, asesinatos y suicidios acaecidos en el inmueble. Nadie osaba acercarse a la propiedad, y la evitaban caminando por la acera de enfrente, sin siquiera dirigir una mirada hacia la finca y persignándose los más creyentes.
       Nemesia, la anciana portera, salió a recibir a los policías haciendo grandes aspavientos.
       — Se ha escuchado una gran disputa y luego dos disparos, precedido de los gritos de una mujer. Seguro que ha sido en el segundo derecha.
       Los agentes subieron las escaleras con Nemesia tras ellos, que no paraba de hablar.
       — Todo el mundo sabía, excepto el marido como suele ocurrir en estos casos, que Matilde, la vecina del segundo, estaba liada con Javier, el vecino del sexto centro, y que, tarde o temprano, ocurriría una desgracia. El otro día mismo lo estuve comentando con la hija de Doña Juana, que…
       — Señora, por favor, apártese y déjenos trabajar — dijo uno de los agentes, con tono airado.
       — Ya saben dónde buscarme — espetó Nemesia con un arranque de orgullo lastimado, mientras giraba para unirse a varios residentes, que se arremolinaban en el rellano.
       Ante la falta de respuesta a la llamada del timbre, los policías abrieron la puerta de una patada, sacaron sus armas reglamentarias y caminaron despacio por el pasillo hasta llegar al salón. Los signos de lucha eran evidentes: cortinas rasgadas, muebles tirados, cristales rotos… Los objetos susurraban su propio mensaje, en un tiempo que parecía detenido. La luz que penetraba por la cristalera delató la presencia de un hombre que, sentado en el sofá y con un revólver en las manos, miraba absorto los cuerpos ensangrentados de una pareja.
       — Tire el arma, por favor. No queremos hacerle daño — exhortaron al unísono.
       Una lágrima comenzó a rodar por su rostro, mientras dirigía el cañón hacia la sien. Su dedo no tembló al apretar el gatillo.


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       Nemesia comenzó a recoger, planta por planta, las bolsas de basura, que los vecinos dejaban en los rellanos y las amontonó en el patio. Antes de llevarlas al contenedor, rebuscó entre los desperdicios hasta localizar una serie de cartas y documentos, que leyó con una chispa de malicia en la mirada. De regreso a la portería, su vivienda habitual, observó cómo las luces del edificio se fueron apagando, una a una. Nadie como ella conocía todas las miserias y debilidades de sus moradores. Un rumor por aquí, un comentario descuidado por allá, una carta que, curiosamente, reposaba en el fondo de un buzón equivocado… Tras cerrar con llave la puerta, se dirigió hacia el baño, enderezando su cuerpo encorvado. Abrió el grifo de la ducha y, antes de desnudarse, se quitó la peluca con la que cubría una seductora melena cobriza. Dejó que el agua se deslizara por su cuerpo, llevándose los restos de maquillaje que cubría su verdadera naturaleza: Némesis, la diosa de la venganza.



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