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6 de agosto de 2015

Comprendo

Extraída de Google
El Alcaudón
       Teknos es una Inteligencia Artificial de base orgánica que interactúa con su entorno de forma multiforme. Cuando se le imponen instrucciones tan estrictas como las que acaba de recibir — la defensa de Burujón, el pueblo bajo la esfera de plasma conocido vulgarmente como La Casa —, siempre se muestra con elementos bélicos visibles sobre ella: una pistola de neutrinos en la funda de la pierna derecha, un rifle tormenta con amplificador sónico a la espalda, y una espada láser tipo Wan Kenobi en la cintura. La forma física es la de un humanoide de dos metros y medio de altura embutido en una coraza, metal bruñido, color plata, todo él erizado de largos puñales afilados capaces de cortar, perforar, taladrar, desvencijar todo aquello que caiga en sus fauces. Parece una réplica del Alcaudón de Dan Simmons.
       Se sitúa en el centro exacto del rectángulo que es el Salón de Actos de la Casa de la Cultura, sobre la peana de un par de metros de diámetro y apenas veinte centímetros de altura que le sirve de lugar señalado para el mando. El suelo del centro neurálgico de la defensa de La Casa levanta a su alrededor un frío brillo metálico en el aire. El techo es como un cielo al medio día. Desciende de él una luz blanca que no deja sombras. Las paredes son pantallas de distintos tamaños separadas entre sí por una línea de vacío apenas perceptible, pantallas que emiten en directo los acontecimientos que ocurren bajo la cúpula, sobre la cúpula; pantallas que aportan también informes del amanecer en Marte y del agitado despertar de sus serpientes carnívoras. Pantallas que traducen los pensamientos de los zepelines orgánicos de cien tentáculos, tan grandes como la vieja ciudad de Nueva York, y sin embargo tan pequeños en un mar de gas tal que Saturno, o Urano, o Neptuno, colocados allí por la mano exacta y calculadora de las máquinas sin sentimientos de la Era I-aplesfera-tres, y que ahora dan luz y energía a más de media Tierra. Pantallas conectadas a un mar digital que hierve de actividad.
Extraída de Google
       Al lado mismo de Teknos, vestido con una toga blanca y unas sandalias, muñequeras de cuero negro, y añillo de senador en el anular de la mano derecha, el holograma del yo digital de Lilu: Elías Quimey, flotando a un metro del suelo. Parece un joven patricio que esté pidiendo cuentas, la mano derecha sobre el ceñidor que dibuja hojas de laurel en la cintura, la izquierda cayendo con naturalidad desde el hombro. Va recién afeitado, con el pelo en jóvenes rizos dorados que cubren por entero la cabeza y que se detienen a un palmo de la zona cervical. Los ojos son azules, de un azul intenso y un brillo que muchos calificarían de mortal como poco.
       — ¿Qué novedades hay dentro de la esfera?
       — Las esfera de plasma aguanta bastante bien. Los doce kilómetros de seguridad en torno a La Casa se mantienen.
       — ¿Ninguna intrusión?
       — No, nada aparte de la encontrada por Dogo en forma de una antigua memoria flash.
       — ¿Estás seguro?
       — Los últimos rastreos indican eso. La agresión, la destrucción se ubica fuera, en los campos de cultivo.
       — ¿Y qué hacen en concreto?
       — Arrancan, desmenuzan todo lo que encuentran, dejan sólo la tierra revuelta a sus espaldas.
       — ¿Qué has hecho para detenerlos?
       — He mandado un batallón de infantería, humanos nano tecnológicamente potenciados, con armamento más que suficiente para detener lo que parece un ejército convencional de los tiempos de los Clinton-Bush-Obama.
       — ¿Con qué resultados?
       — Los resultados no son buenos. Las armas que utilizamos contra ellos no sirven. Los tumban, los incendian, los carbonizan. Pero, contra toda lógica, tras ciento un segundos, se levantan como si nada les hubiera pasado, tan frescos como si acabaran de salir de un baño refrescante.
       — ¿Son muchos?
       — Ciento un elementos.
       — ¿Cuántos?
       — Sí, ciento un elementos bélicos, instrumentos bélicos; no creo que sea acertado llamarles soldados. Yo también lo veo. Esos números impares, carente de lógica alguna, parecen ser el elemento esencial constitutivo de quien nos invade.
       — ¿Nada de una plaza de toros?
Extraída de Google
       — ¡Una plaza de toros! ¿ Qué es eso?
       — Busca en tus archivos y no preguntes — dice Elías Quimey con una voz cargada de dureza — ¿Nada de un caballo verde?
       — No, nada.
       — ¿Y cuando estos instrumentos bélicos son alcanzados por nuestras armas, les hierve la sangre?
       — No al principio. Al principio como ya he dicho son perforados, sangran, gritan, se revuelven de dolor. Ya sabe, ese toque de atención a la supervivencia del mundo orgánico tan poco efectivo. Luego se quedan en el suelo, inmóviles, como elementos mecánicos inservibles, como elementos desconectados, la mirada perdida más allá de la frontera de lo visible. Pero, tras ciento un segundo, como ya he dicho, se levantan. Y sí, en el momento mismo en el que se levantan, en el que resucitan, bueno parecen resucitar, la sangre les hierve.
       — Ya... y el eclipse de luna está al caer. Ya comprendo.





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