13 de agosto de 2015

Dos palabras antiguas

Croquis de los elementos defensivos
Círculo exterior = La esfera de plasma
Círculo negro interior = los 4 fosos
El octoedro =  Muros de contención/Puertas/Torres hexagonales.


       — Pues yo no lo veo — replica Teknos.
       — No tienes por qué ver más allá de lo que necesitas ver. Tú céntrate en la defensa de La Casa. Si es lo que pienso, pronto tendremos un problema relacionado con el abastecimiento de energía solar. Con eso tienes bastante para tus cometidos. Recarga todos los recipientes que sean posibles, de superficie y de profundidad, detén la distribución de esa fuente de energía más allá de los niveles aconsejables, digamos que del nivel cuatro, y abre el suministro de los grandes gaseosos al máximo, que los zepelines hagan turnos dobles hasta nueva orden — contesta Elías Quimey.
       — Entendido, Señor. Sí, Señor. — contesta Teknos. Sus ojos se han vuelto ciegos, todo su ser está ahora bajo la mampara de una inteligencia que él sabe ciertamente superior. Nada más necesita. La certeza de que ninguna información más pude adquirir de su dueño le basta.
       — Muéstrame una panorámica de los estanques, de las pasarelas, de todas las puertas, de todas y cada uno de los Muros de Contención, de todos los elementos defensivos.
       Todas las pantallas se centran en el informe que solicita Elías Quimey. Las imágenes, para un observador humano, están más allá del límite de velocidad que el ojo orgánico es capaz de asimilar. Para las dos Inteligencias Artificiales es únicamente un detenido paseo por el escenario. 
       Ven efectivamente que los estanques — cuatro fosos ahora al descubierto de veinte metros de profundidad y cuarenta metros de ancho cada uno, separados entre sí por muros de carbino de un espesor de diez metros, enterrados en la tierra, que sellan todo el perímetro bajo la esfera de plasma desde su mismo arranque — están llenos de bombas termobáricas. Las ocho pasarelas — esos doscientos metros de carretera pavimentada con grafeno que en situaciones normales llevan a los campos de cultivo — se han plegado diez veces sobre sí mismas y se han fundido literalmente con las puertas del pueblo de las que salen en un abrazo a lo fibra de carbono que a Elías Quimey le parece infranqueable. Los Muros de Contención — todos ellos facturados con materiales de reputada resistencia y que unen los ocho accesos a la fortaleza — se alargan hasta los cuatrocientos metros cada uno, suben hasta los sesenta, y alcanzan en anchura la misma distancia que las pasarelas extendidas. Cada cien metros hay una almena con un cañón sónico que atienden humanos nano tecnológicamente potenciados. Vehículos de transporte, de personal, y de material bélico circulan por doquier, cada cual en su afán, en su cometido. Las torres, ocho en total, una sobre cada puerta, hexaedros regulares de doscientos metros de lado, apuntalan el techo de la cúpula — poco más arriba — con una almohada de gravedad electromagnética cuatro veces superior a la de Júpiter. De torre a torre, desde los sesenta metros de los Muros de Contención hasta los doscientos de las torres, hay forjada una red de nano cables de alta tensión trenzados a dos milímetros de separación entre sí que son invisible al ojo humano. 
       Y dentro de toda esta majestuosa fortaleza, el pueblo, La Casa, que dicen algunos, el viejo Burujón, que recuerdan otros: lo que hay que defender a toda costa. La plaza del ayuntamiento, que antaño fuera el centro urbanístico de la villa, se ve ahora muy disminuida, casi borrada del mapa ante la tan vasta extensión de estos elementos arquitectónicos de defensa. La misma Casa de Cultura desde la que se dirigen todas las operaciones militares parece un punto insignificante en la totalidad. Y en aquella diminuta torre de tejados rojos que da a la calle Nohalos, Lilu, el yo orgánico de Elías Quimey, él mismo, su frágil cuerpo de carne y hueso nano tecnológicamente protegido, quien dicta las órdenes, quien sabe más allá de los cálculos.
       Elías Quimey se siente tranquilo cuando verifica todo el potencial armamentístico que atesora y que pone en práctica Teknos, su mejor general. Usar toda esta tropa de choque capaz de detener cualquier cosa sólo para la defensa de un punto insignificante, aunque de notable relevancia en el planeta, parece un derroche. Pero no es tal. Elías Quimey sabe que no. Él sabe que Lilu está unido a este rincón del mundo por algo más que sustancia cuantificable, hay algo en su yo biológico que va más allá de todo conocimiento y que le ata al lugar. Son dos palabras antiguas que él, como ente tecnológico, no llega a entender del todo: empatía y nostalgia.
       — ¿Y qué hay fuera, al otro lado de la cúpula? 
       — Allí sigue el bombardeo, la lucha — contesta Teknos.
       — ¿Y nada más?
       — Nada más, Señor.
       — Muéstrame una panorámica de lo que ocurre en veinte kilómetros a la redonda.
       — Entendido, Señor. Sí, Señor. – contesta el general.





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