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24 de agosto de 2015

El barco


"El viajero",
pintura de
Maria Goretti Guisande
dedicada a su gran amigo
 el doctor Vernacci
Anoche, un barco atracó en mi cama. Era un barco vacío, sin pilotos, sin oficiales, sin capitán. Llegó con una gran luz y zarpó sin avisar. Pronto, me vi en la cubierta, sobrevolado por extrañas gaviotas y dragones de papel. El color del mar recordaba a los ojos de un pez muerto, y de su superficie emergían grandes lomos pardos cubiertos de orificios que expulsaban humo y fuego. A lo lejos podían verse las montañas de una isla, eran de acero. Desde el cielo, dos astros pálidos alumbraban mis manos en la barandilla. Al poco se cubrieron de nubes y el oleaje saltó con fuerza bajo la quilla. Un aire frío amenazaba con tormenta. Me aferré con fuerza. Quería regresar a tierra firme, quería lo imposible. Entonces, de repente, una voz me habló en un idioma extraño. No puedo explicarlo pero adiviné cuanto me decía: «¡Salta!». Eché una mirada al mar tempestuoso, y a las extrañas formas que lo poblaban. «¡Salta!», repitió. Y salté. Abajo, en las profundidades, entre los leviatanes, hallé de nuevo mi cama.

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