...

...
Pincha en la imagen para acceder a la revista.

23 de agosto de 2015

La calandria y el pincel

Extraído de Google
Era una rubia que llamaba la atención, por su manera de caminar, por la coquetería que derramaba en sus actos, se decía que esparcía sexo por donde transitaba. Disfrutaba de estar en boca de todas las damas decentes de la ciudad, y que todos los hombres sintieran deseos cuando la miraban. Cada mañana salía de casa como quien va al mercado a disfrutar anticipadamente del platillo de cada día, algunas compraban frutas y legumbres, ella, escogía al hombre que ya no podría olvidarla.
Pasaban los meses y parecía que aquella mujer conocería a todos los especímenes masculinos de aquella pequeña ciudad, hasta que llegó un artista, una persona que podría decirse que no se diferenciaba en nada a cualquier habitante de…, la verdad era distinto, ella pensó de inmediato en seducirlo con sus encantos; pero él parecía que veía algo diferente en ella, y ello la provocaba con intensidad, ¿cómo era posible que aquel hombre no cayera de rodillas frente a ella? El forastero era su obsesión, cambió su manera provocativa de vestirse, sus andares y sus gestos, despreciaba al resto de los varones, solo tenía ojos para el nuevo, que con esa palabra era conocido. Se olvidó del sexo y parecía que había encontrado el remedio de todos sus males. El artista veía en ella algo diferente, la observaba como una joya de la creación, en sus movimientos imaginaba una gacela, la elegancia del cisne, el suave vaivén de las palmeras acariciados por el viento, la contemplaba como una nube en un amanecer, con ligeros movimientos, tal como un ballet de la creación. Su ropa no le parecía provocativa, consideraba lo indispensable como apropiado y nada más; no era lícito mantener ocultas, obras como las de Fídias. En las expresiones de su boca, imaginaba los pétalos de las flores provocando a las mariposas, en sus ojos, contemplaba anonadado la mar, en calma o en tormenta, en toda ella, encontraba el lenguaje de la naturaleza, las palabras no eran necesarias. El pueblo habló, como siempre, dijo y opinó lo que las envidias dictaban, los celos reprimían y los deseos trataban de ocultar, eso ocasionó que los acontecimientos se precipitaran, y en la serenata del domingo, la acompañó en su caminar por el parque, se les veía reír, ella discretamente, él, con la soltura que brinda la naturalidad, mientras la gente observaba y en voz baja murmuraban. Al discurrir de los días, siempre uno al lado del otro, él, la pintó en su mejor lienzo: junto a la fuente del jardín del atrio, vestía la ropa del pueblo, plena de flores y pájaros, en sus breves pies, sandalias del campo y en sus trenzas, cordeles multicolores, que contagiaban a sus mejillas y labios. Y un domingo en la misa de doce fueron al altar y recibieron la bendición sagrada. Ella se vistió y calzó como las indias de la sierra, llena de colores, y él, con ropa blanca de manta y un pañuelo rojo anudado al cuello, el pueblo quedó mudo, afuera los esperaba un coche antiguo, no hubo música ni comida para el pueblo como era la costumbre.
EnR-TV

Pincha en "Lista de reproducción" para elegir tu vídeo preferido. Tienes 52 vídeos a tu disposición. De momento.

...