...

...
Pincha en la imagen para acceder a la revista.

6 de septiembre de 2015

José Tomás de Mantis

Extraída de Google
       El toro bravo me mira con fijación, bajo la encina, en la dehesa. Veo en sus ojos el orgullo y la seguridad de quien está en sus dominios. Y aquí en el corazón, quemándome, como una llama de vanidad, el aviso de su ascendencia: “no pases, o te las verás conmigo”. Sí, me gusta el toro bravo libre, majestuoso, rey; desde siempre, desde que era un niño y mi padre me subía en su caballo y me iba mostrando las cosas que merecen la pena del mundo.
       ― Mira, aquel es el “estucao”, el de las manchas blancas. Es muy bravo. Dará mucho juego en la plaza - decía mi padre. 
       Me conmueve el toro bravo cuando cae la tarde y hunde el hocico en el agua de las pilas de piedra que hay en la cresta de la finca, bajo ese cielo azul marino moteado de estrellas, cuando es sólo una silueta negra sobre un horizonte de luz lechosa, cuando la chicharra y el grillo toman sus instrumentos y tocan la eterna canción del campo. A veces uno de ellos brama, y todo se queda en silencio, como esperando que recomience el latido del universo.
       Yo me hice torero por amor a los toros, porque desde chico me he criado con ellos. Me llamo José Tomás, pero todos me llaman “El Mantis”. Incluso mi nombre artístico es ese: José Tomás de Mantis. Me llaman así porque yo siempre he dicho que una faena es una escena de amor entre dos mantis: ya saben, esos animalitos que tras el acto reproductor, uno devora al otro. Porque eso es precisamente una faena. 
       El toro bravo entra en la plaza pidiendo pareja, entra a bailar. Cuando extiendo mi capa ante su fiereza y consigo que gire en torno a mí, no estoy haciendo otra cosa que ejercitar una danza ancestral. Es eso. Le estoy cogiendo de los cuernos, me estoy ciñendo a él, dando los primeros pasos de un acto único de belleza que se llama toreo. Y él lo sabe, ha nacido para eso, lo hemos cuidado, lo hemos mimado; para eso, exclusivamente para eso. Por eso, él fija su mirada en mi capote, lo sigue, se deja llevar. 
       Los dos conocemos el riesgo que nos espera. Los dos nos dejamos arrastrar por esta especie de locura de amor que nos posee. El toro bravo ama la embestida, y yo le amo a él, a su fuerza, a su tenacidad, a su obstinación. Él y yo, unidos, sobre la arena. Extiendo la mano con la muleta. Le digo, mira, ven, giremos a la derecha. Y él viene, y giramos. Le digo ven, giremos a la izquierda. Y él viene, y giramos. La música suena, sobre la grada; y hacemos un redondo, una vuelta completa, incluso una vuelta y media. Es la locura, el éxtasis, el cielo prometido vislumbrado unos segundos desde aquí abajo, desde este mundo de carne y sangre, y dolor. Él seguro que piensa que alguna vez volteará la sombra que hay al otro lado de mi mano. 
       Y, luego el final, cuando el sudor empapa nuestros cuerpos, consumada la suerte. Ese final, ese último esfuerzo, ese tú o yo. Esa nada que espera, que abre su puerta de silencio para siempre.
       No escucho los aplausos jamás. Los odio, los odio tanto como el tiento que le hago al vino peleón de la bota que arrojan desde la grada. Cuando todo termina, yo ya estoy pensando en el toro bravo perfecto. Sueño, siempre sueño con él. Con ese momento de perdón que tan pocos toreros han probado.


EnR-TV

Pincha en "Lista de reproducción" para elegir tu vídeo preferido. Tienes 52 vídeos a tu disposición. De momento.

...