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5 de septiembre de 2015

Viaje a Monteparnaso

Extraída de Google
Apareció una madrugada sin lluvia, 
en lo alto de una loma del camino de Quijingue, 
arrastrando una cruz de madera. 

Mario Vargas Llosa, 
La guerra del fin del mundo


       Mi cabeza se apoya en la pared, a un metro ochenta de altura, junto a la claridad de la ventana; pero mi cuerpo está enteramente en la sombra. Mi pie se hunde un palmo en el serrín que cubre el suelo de cemento del almacén. Se oye la lluvia caer. Se oye también, de pronto, el roce metálico de la llave en la cerradura, luego el chirrido afilado de las ruedas sobre el carril; finalmente el golpe metálico sobre el tope. Entra una luz gris. Veo la silueta inmóvil de una mujer en el hueco de la puerta. Juan resopla. Juan es el carpintero que me ha hecho, un cuarentón barrigudo de mofletes rosados. Ella es una muchacha de poco más de un metro cincuenta, delgada, vestida con un pantalón y una cazadora. Viene al resguardo del viejo paraguas de Juan. El sofoco de la tierra levanta alargadas espirales blancas.
       Juan enciende la luz y todo se ilumina. Estamos todas muy nerviosas. Es hora de salir al mundo, y aunque sabemos que ése es nuestro destino, nos aterra; siempre, cuando alguien viene a comprar, aflora ese leve murmullo de angustias, ese siseo manso que recuerda el gorgojeo de los pájaros. Las pequeñas cruces griegas de olivo de las esquinas tiemblan. Yo sin embargo, estoy tranquila. Soy demasiado alta y demasiado pesada para ella. Ella, ahora puedo verlo, tiene los ojos del color de la miel. El negro pelo liso le cae más allá de los hombros; labios finos, nariz prominente. Juan la mira y le pregunta qué tipo de cruz quiere. Ahora mismo están los dos debajo de la bombilla blanca al final del cable. La luz pinta una sombra gris en sus barbillas. Ella, tras casi un minuto de silencio, dice que necesita una en la pudiera ser crucificada.
       - No es eso precisamente lo que me han sugerido, que para una peregrinación, cuanto más ligero de peso, mejor.
      - Pero lo mío no es una peregrinación - replica ella -, lo mío es una promesa; más que una promesa, es un acto de obediencia al Buen Jesús. Es él quien lo manda.
      Veo la cara de pasmo del carpintero. Yo misma estoy confundida. Las cruces griegas dejan de temblar. El aire se carga con la humedad del otro lado de la puerta. Juan habla y dice lo que yo pienso. 
       - Una cruz de esas dimensiones pesa demasiado para un viaje tan largo.
       - Es fácil amarle en los días de bonanza... - comienza a decir ella.
      - No, no hablo de eso, le corta él, lo que digo es que se necesita la fuerza de un hombre para ese cometido.
      Ella sonríe, echa una ojeada, y se para en mí.
      - Ésa sería la ideal - afirma.
      - ¿Sabes lo que cuesta esa cruz, muchacha? - pregunta Juan.
      - Esa cruz ya no es tuya, es ya la del Buen Jesús en Monteparnaso.
      - Un momento - contesta él entonces.
      Hace una llamada con su teléfono inalámbrico. Se oye claramente una voz que señala que el dinero es lo de menos.
      - Toda tuya... - dice mi Creador.
      Entonces me hecho a temblar. Seguro que me deja caer a la primera de cambio, seguro que me desvencijará un miembro o me hará algún arañazo. Todos mis sueños se van al cubo de la basura de golpe, cuando ella posa sus manos en mí. Siento frío, y miedo. Adiós al sosiego de una iglesia románica en un pueblo perdido, pienso. Me incorpora bruscamente. Por un momento me quedo de pie. Luego mete su hombro bajo mi axila y tira de mí, me arrastra como si fuera un saco. Siento vergüenza ajena y dolor propio.


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