16 de noviembre de 2015

Gran Hermano (EnR)

Rabat, 13 de octubre de 2009

Extraída de Google

Para Emilio Porta, por creer que esto era posible:
¡tan lejos y tan cerca, a la vez!


       Ayer doce, de nuevo, el miedo a volar. El avión era un autobús con alas; no el que mi imaginación se inventa para describir el mundo que me habita, precisamente. Íbamos justo ahí, en el ala. Ella, a la ventanilla, disfrutando de todo. Y éste, aterrado, sudando en frío. Cada vez que el aparato enderezaba el rumbo, un vuelco en el corazón. Cada vez que descendía, lo mismo. El despegue es como una noria, se pierde la horizontalidad. Sé que esto es lo normal; pero yo tengo miedo, no puedo evitarlo.
       Aterrizamos, finalmente, en el aeropuerto de Casa Blanca, ayer. Y no estaba él, Bogart; como había prometido. Es un tipo duro, como en la película; a lo mejor estaba haciendo de las suyas. Había, eso sí, una larguita cola de media hora para los trámites aduaneros. El policía que controlaba si el funcionario nos había atendido como corresponde me preguntó si era español. Le dije que sí. Y, a renglón seguido, si era del Real Madrid. Le sonreí, claro, y le dije que sí, que no podía ser de otra manera. El gritó “Viva El Real Madrid”. Yo también grité, que para algo uno es español, aunque a uno no le guste el fútbol precisamente.
       Cogimos el tren hasta Casa Blanca, para después, desde allí, hacer trasbordo hasta Rabat. El tren me recordó otro tren que nosotros, mi padre, mi madre, mi hermano y yo, cogíamos en las vacaciones para ir desde Asturias a Extremadura, cuando yo era un niño, hace ya de eso casi medio siglo. Los asientos de cuero negro, el calor del aire sin acondicionar, las ventanas con esos cristales que más que cristales parece plástico endurecido, esa visión sucia y distorsionada de la realidad. Y esa sensación de viejo, de algo que uno ha dejado atrás para siempre.
       La tierra, al principio, era llana y negra, con un pasto gris, un cielo azul, y un sol en lo alto soltándonos una palmadita de ánimo en la espalda. Algunos asnos y algunas vacas, diseminadas, afuera, en un escenario que a mí me parecía, me sigue pareciendo del ayer. Muchas chavolas con antenas parabólicas, hoja de lata en el tejado, piedras sobre el tejado. Sí, muchas antenas parabólicas, como para ver el mundo de otra manera, tiene que ser. Y las torres de las iglesias, todas recién pintadas. Luego, el tren que nos trajo a Rabat; otra cosa: un tren de dos pisos, como los de cercanías de RENFE en Madrid, con aire acondicionado y una buena velocidad.
       La estación del tren de Rabat está en obras. Así que tuvimos que subir por las escaleras andamiadas. Luego, la gente, en la calle. Esa mezcla de la tez blanca con pantalón tejano y camisa, por un lado, y el faldón árabe, el gorrito circular, la barba larga, el pelado al rape, y la tez más oscura, por otro, camino del hotel. En las mujeres, todo esto es más claro: con pañuelo, o sin pañuelo. Y el peso de la religión, como un yugo sobre la pobreza de la gente, presente, ante nuestras mismas narices, asfixiándonos. Poco más de doscientos metros, oliendo el aire, el aire infectado: obras, polvo de cemento, humo de los coches, fritos en la calle, al lado de un kiosco con agua envasada y zumo natural; y coca cola, cómo no. Y, la sorpresa: el hotel que no habíamos reservado estaba en obras, cerrado.
       Así que nos sentamos a tomar una cervecita, frente al congreso, mientras nuestro guía privado buscaba alojamiento. No fue nada. Una media hora de espera. Luego, eso, arrastrar la maleta. El hotel la paz. El segundo piso. El ascensor que apaga la luz para subir, que te deja a oscuras, frente al chillido del esfuerzo de la ascensión. Abrir la habitación y el tufo de las aguas residuales de golpe, en la nariz, sobre las mantas, el armario, el espejo. Ese olor a mili que vuelve del pasado y que te deja paralizado de terror. La ducha me recordaba los mataderos en España, en los años sesenta: todo azulejo blanco lleno de mugre. La mampara eran unas cortinas sujetas de un cable eléctrico tensado sobre dos escarpias. Un teléfono de impulsos. Sólo funcionaba la lámpara del techo. Los apliques, sobre el cabecero de la cama, nada, torcidos, sin luz.
      Allí estaba Bogart, riéndose de nosotros, fumando, mirándonos a los ojos, y acaso susurrando: ¡Vaya aventureros, estos! Soñé con Sol Serrano. Tenía un programa informático que convertía el texto, los textos literarios, en música clásica. Ella lo utilizaba con naturalidad. Pero yo insistía que eso era imposible, que cero nunca puede ser distinto de cero, que había montones de ecuaciones sin resolver en ese programa, que todo ese planteamiento, sencillamente, era imposible. Y le pedí el programa, para estudiármelo. Luego soñé con el actor, con que nos había esperado en el aeropuerto de Casa Blanca, con un grupo de matones. Soñé con la huida, con los tiros, con la película. Finalmente me desperté, muy temprano, con la llamada a la oración cayendo sobre las calles de Rabat como una lluvia espesa.



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COMENTARIOS



Manuel
14 de octubre de 2009, 2:11
Santiago: simplemente, gracias.

Alicia
14 de octubre de 2009, 6:26
Te deseo que puedas seguir soñando dormido y despierto y que no te olvides de pasarnos informes de todos tus sueños. Muy buena crónica. Lo de Extremadura espero que nos lo cuentes con más detalle a la vuelta. Mis hijos llevan llevan sangre de esa tierra de conquistadores por sus venas. Un abrazo.

Antonio Castillo
14 de octubre de 2009, 10:31
De película Santiago. ¿Has visto el Cielo protector? Tened cuidado con las comidas y volved sanos y con las maletas llenas de historias. Besos.

Mari Carmen
14 de octubre de 2009, 10:35
Ya te advertí Santiago que Humprey se mostraría esquivo, a mi me ocurrió lo mismo. Reconozco lo que cuentas en tu crónica, está en mis recuerdos, aunque yo tuve más suerte que tú en la elección del hotel. Las parabólicas...qué paradoja, a mí también me llamó la atención, tanta miseria bajo un enorme bosque de antenas parabólicas. Te falta un detalle que añadir a tus “maravillosos” apuntes, visita el mercado...y como el fantástico cronista que eres, luego nos lo cuentas. A pesar de todo...disfruta de tu estancia, hay rincones que merece la pena conocer, y piensa como yo cuando viajo... cada vez que salgo por la puerta del hotel, me espera una aventura. Un abrazo.

Rosa
14 de octubre de 2009, 13:57
Es un placer vivir Casablanca de tu mano Santiago. Una siente el humo del cigarrillo de Humphrey en la cara, escondiendo esa mirada que solo él supo usar para ver la belleza en la distancia. Gracias por compartirlo querido Santiago. Disfrutad.

Emilio
14 de octubre de 2009, 18:22
Gracias, Santiago, por la dedicatoria. Entiendo que es un subrayado especial por lo del viaje como sinónimo de vida que siempre tengo en mente...Mira que te gusta pasarlo mal en los viajes reales, por cierto...con lo fácil que es viajar con la mente y olvidarse de polvos y calores...O bien cambiar de itinerario...Pero tienes una inclinación extraña a viajar a donde no te gusta, je, je...Porque, claro, sólo a un escritor se le ocurre que Casablanca sigue estando como en los tiempos de Bogart...Lo cierto es que lo que mejor conozco del Norte de África es Túnez y la verdad es que mis dos viajes allí contienen recuerdos inolvidables...En cualquier caso hay gente que prefiere vivir en Marruecos - Juan Goytisolo - a vivir aquí...Todo viaje es una aventura...pero lo tuyo con el Norte de África parece una relación de amor-odio. Supongo que, si llegas a Marrakech te cambiará un poco el tono. Un abrazo para ti y un beso para Elena.

Anonymous
16 de octubre de 2009, 9:11
Estimado Manuel: simplemente, de nada. Las fotos que esperas, puede que el domingo. 
Estimada Alicia: simplemente, gracias por estar, que no es poco; más bien todo. Extremadura es mi patria, si es verdad lo que dijo el poeta: mi patria es mi infancia. Allí nací, bueno, me nacieron, como escribió otro que también le gustaba manchar la madera. 
Estimado Antonio. Volvemos, pero de otra manera. Lo que ves y lo que sientes en cada viaje, te cambia. No lo dudes. O te afirma en tus convicciones. El viaje, como dice Emilio, es la vida misma. Pero sólo por un instante. Luego la rutina ya te pone de nuevo en tu sitio. Esto es descanso, un descanso ajetreado en todos los sentidos. 
Estimada Mari Carmen. Es verdad que lo que uno trae a estos viajes es sólo ese pequeño espacio de ilusión que se disuelve rápidamente en cada segundo del viaje. Luego el viaje es lo que es. Y sientes lo que sientes por choque, por enfrentamiento del yo con lo otro, lo de afuera, con el escenario que pisas. 
Gracias Rosa, por seguir estas notas. Me gusta el viaje, y me gusta esto, que vosotros vengáis conmigo, así no estamos tan solos. 
Estimado Emilio. ¡Ah!, Emilio, estimado amigo. No entiendo a Juan Goytisolo. Lo mismo que no entiendo a esta gente. La verdad es que hay pocas cosas que yo entienda. En mi cabeza hay sólo corazón, por eso soy como soy. Por eso esta historia de amor/odio con este norte de África, este estar y no estar… No sé, a lo mejor, más abajo, se entiende mejor. ¡Qué se yo! Si es que hay algo que entender. A lo mejor es que lo que es, es, y no puede ser de otra manera. Vuestro cronista espacial de ESCRITORES EN RED en Rabat, Santiago Solano

 Alicia
16 de octubre de 2009, 9:52
Quizás no sea el lugar ni el momento. Pero antes de que se me olvide, decirte que mi compañero de muchos viajes nació en Extremadura. Mis suegros emigraron de esas tierras, como muchos otros, en busca de un futuro mas acomodado para sus hijos y acabaron en el País Vasco, hace ya casi cincuenta años. Ellos hubieran vuelto pero sus hijos echaron raíces muy profundas aquí. Su último y definitivo viaje fue para pasar a formar parte de la tierra que los vio nacer y que siempre estuvo en sus corazones. Perdona el inciso, pero creía que te debía esta explicación. Un abrazo.


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