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17 de noviembre de 2015

Gran Hermano (EnR1)

Rabat, 15 de octubre de 2009
Extraída de Google
Para Manuel Martínez-Carrasco y su sed de viaje.


       El martes trece, una vez que se levantó la niebla coránica y las calles se llenaron del ruido natural del ir y venir de los seres humanos, nos cambiamos de hotel. Nos vinimos a este Royal Hotel, en la Rue Amman. Es el doble de caro, pero te puedes dar una ducha con agua caliente, el olor de las aguas residuales no existe, y, de paso, y por pura casualidad, te puedes conectar a La Red vía WIFI: casi como en casa. Uno no se da cuenta de lo importante que es algo tan simple como una ducha hasta que uno no puede dársela. Entonces, desconcertado, uno descubre lo bien que se vive en España.
       Bueno. Nos fuimos a desayunar a una cafetería que hay aquí en frente. Un café con leche y una torta de maíz que tenía el aspecto de una tortilla de patatas poco más grande que la mano, pero de dos dedos de grosor; bajo el vuelo atento de las abejas, eso sí, que iban a lo suyo, a libar lo que pudieran. Por dentro era compacta, blandita y salada. El amargo del café, me gusta así, sin azúcar, y salado de la torta, un buen desayuno. Y a eso de las diez empezamos a caminar. Descubrimos que Rabat es blanca, como los pueblos del sur, como tu pueblo Manuel, Ulea, Cieza… pero desconchada, y añeja, con los cubos de basura volcados, o sin recoger. De nuevo el olor a putrefacto sobre unas calles de aceras, cemento y pavimento.
       Nuestro guía privado nos llevó a ver la catedral católica. Por fuera es blanca, como todo aquí. Ya te llama la atención que sólo haya una cruz: nada de representaciones humanas, nada de santos, ni de apóstoles. Un par de torres blancas subiendo hasta el azul del cielo, con adornos florales. Dentro, los bancos, y lo esperado. Un altar, un crucifijo grande, de tres metros mínimo, delante de una vidriera que lo pintarrajeaba de colores. Y otro más pequeño, sobre una peana, bajo la luz directa del sol que entraba desde la altura de una claraboya, junto al atril de lecturas. Pero nada más. Ni una Virgen María, ni un San José, ni un Santiago Apóstol. Estaba él solo, rodeado de este mundo florar y formal islámico, inmerso en esta decoración pagana. La soledad. Era la soledad de hombre dios en este mundo poseído por Alá.
       Lo sentí más claro al salir, no sé por qué. Era como si hubiera un dios dentro de otro, no luchando, sino coexistiendo; pero uno, el católico, dentro, o apresado, o encerrado, en el otro, el islámico. Me fui muy triste calle abajo, hacia el río; no sé por qué, porque a mí los dioses me parecen una vana ilusión de eternidad, nada más. Así que las obras del tranvía, que dan una sensación de provisionalidad exasperante, lo mismo que ahora en Madrid, que está para no ir, me parecieron un alivio, como un intento, pese a todo, del triunfo de la razón frente al impulso ciego de esa fiera que duerme en todos nosotros, es decir, el fanatismo.
       Luego llegamos a la muralla. Vimos los guardias a caballo, vestidos a la usanza antigua de este país. Entramos en la explanada, toda llena de columnas circulares, de poca altura, como si antes hubiera habido un templo, ahora derruido. Y sobre la destrucción, vimos la soledad imponente de la torre de ladrillo rojo, la soledad de su altura, al fondo, sobre el horizonte cargado del humo de los coches, su soledad geométrica. También vimos la tumba del Rey. Cuatro puertas orientadas a los puntos cardinales, con un soldado vestido a la antigua usanza, tal y como manda la tradición. Símbolos, hombres símbolo. Hombres que callan con su inmovilidad para que los muertos hablen de su poder, de lo que tuvieron y todavía tienen. Dentro otros cuatro guardias, uno en cada esquina. Y abajo, separado de la vida y de la realidad, la tumba. Mármol blanco, un rectángulo, sobre el otro mármol de color vinoso y terroso del suelo. Y luz, mucha luz; como para ahuyentar la oscuridad de la muerte. Pero lo peor era la soledad, de nuevo la soledad de lo intangible. ¡Ah, el poder de los dioses y lo hombres! Todo soledad, amigos.
       Bajamos a los jardines del rey, luego más abajo, hasta el río. Vimos las dos orillas, la magnificencia de la fortaleza de los Oudayas, en el horizonte, en la lejanía azul: río, mar, cielo. Luego entramos en La Medina. Ya conocíamos otras. Ya saben, tiendas, muchas tiendas. Cuero, baratijas… Todo muy junto, muy próximo, todo pegado, todo unido. Y los comerciantes sentados en sus bancos, mirándote pasar, con esos ojos del que ve caer la lluvia, ojos ausentes, ojos que miran hacia adentro. Lo más impactante en estas zonas comerciales son las calles transversales, a poco que te adentres en ellas, en lo desconocido, en el corazón de la selva humana, verás otras cosas. Un hombre ciego sentado en el suelo, con un turbante blanco, la cara negra, llena de arrugas, esquelético. Un puesto de fritos: pescado, carne, pimientos, humo, moscas, sobre madera, sobre ruedas de madera. Turbantes, velos que cubren los ojos negros, grandes, impactantes de las mujeres. Y las calles sin asfaltar. Y el agua de lavar las perolas en pequeños charcos fétidos. Ahí no te dejan hacer fotografías. El ayer ha cruzado la frontera, y no se puede fotografiar. Aunque no es cierto del todo. Yo tengo fotos, esas fotos que ahora no puedo mostrar para vosotros. Esto no es una película. Es hoy, y mañana, y pasado mañana. Esto ocurre todos los días, mientras tú sigues allí, en tu primer mundo, solo, un poco como en la tumba de este rey, como en la torre de este rey, alejado del movimiento en círculos incesante de esta gente y esta ciudad. Sí, la sensación está muy a flor de piel: Rabat es una ciudad circular, con un dios dentro de otro dios, con una cantidad ingente de pobreza encerrada tras una cadena de almenas nuevas, toda roja como la tierra, fuerte como el hierro. Sí, una ciudad amurallada que pone su cementerio cara al mar, por si hay una invasión, otra invasión. Es como si dijeran: “perdón, pero yo ya tengo mis muertos, no necesitamos más”.




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COMENTARIOS



Manuel
15 de octubre de 2009, 16:44
Ulea, siempre que la veo desde cierta distancia, me sugiere que, a la vuelta de la esquina aparecerá un Mar Muerto. Tal es su paisaje. Pero no: solo aparece el embalse de Ojós. Abierto, hermoso, lleno de aves y juncos, recordando la muerte del río unos metros más allá, sangrado hacia tres puntos cardinales para bien de no se sabe qué regadíos. Más abajo, el Segura, se vuelve un tímido regato difícilmente reconocible. En ciertos tramos apenas una acequia. En otros, en fin, solo aguas estancadas y mosquitos. Tu tierra mora, Santiago, al menos es similar a ella misma, no engaña en su miseria. Espero con ansia esas fotos prohibidas y un te con piñones y menta.

Alicia

16 de octubre de 2009, 6:10
Sé que según vayan avanzando los días serás todavía aún más consciente de la importancia que tienen a veces unos centímetros. Esos centímetros que nos separan en el mapa del lugar dónde te encuentras ahora. Me gustan tus crónicas con todo lujo de detalles. Adornadas con las opiniones sobre las situaciones de las que están siendo reportero de lujo. Un abrazo

Mari Carmen

16 de octubre de 2009, 10:14
Enhorabuena por el texto Santiago. ¿De verdad encuentras tanta soledad a tu alrededor? Cierto es que la describes magistralmente...pero ¿no estará en tu mirada? ¿No serás tú el que se eleva sobre la torre de marfil, mirando, examinando...ajeno a todo lo que te rodea? Manuel, enhorabuena a ti también, tu descripción del lago es todo un regalo. Un saludo.

Anonymous

16 de octubre de 2009, 13:49
Estimado Manuel. Me reconozco hermano tuyo en ese amor a la tierra, a tu tierra, del que hablas. He citado esos dos pueblos porque en ellos mi sangre ha cambiado de ritmo y ha circulado de otra manera, presa de la belleza que mis ojos le iban proporcionando. No sabría a ciencia cierta, ahora, qué fue, ni acaso darte algún detalle de ellos; pero sus nombres están en la base de datos de mi cerebro, subrayados, con mayúsculas. Me salen para hablar de esto que hablo, belleza y esa sensación de impotencia ante la dejadez de los que podrían realmente cambiar el mundo y lo dejan así, aparcado, esperando no sé qué espíritu santo, o qué milagro, o qué monsergas.
Estimada Alicia. Estas crónicas son eso, crónicas sentimentales. No pretendo nada más que eso. Allí estuve. Allí sentí esto… y creo que fue por esto.
Estimada Mari Carmen. Puede ser. Vamos es así. Es verdad que ante este paisaje, ante este escenario me siento solo, indefenso, lo que soy, apenas un grano de arena bajo la noche estrellada. ¡Qué cursi suena esto, pero que eficaz es también! Me siento así, no lo puedo remediar. Los pueblos que viven en castas, estas situaciones extremas, me llenan de soledad, tanto que o lo escribo o no puedo dormir. Esto ha sido siempre así. Siempre me sentido muy solo, desde niño. Ten en cuenta que mi padre tuvo que emigrar de Extremadura a Asturias, y yo fui hijo de emigrante. En la escuela, era yo solo contra todos los “güajes”, contra todo el lenguaje hostil. En la universidad lo mismo. No es extraño que en este exilio, aunque voluntario, toda aquella tormenta se levante contra mí y no me deje ver otras cosas.
Y ahora ya para todos: Esta tarde hemos tenido una mesa redonda entre todos los que formamos este grupo para que cada cual expusiera su experiencia del viaje. Los otros lo ven todo de otra manera. Uno de ellos tiraba de la historia para contar su viaje, otro argüía que ya les estamos ayudando con nuestra venida, con nuestros gastos; que el turismo ayuda al desarrollo. Nadie más que yo ha hablado del viaje de los sentidos del que yo hablo. De nuevo estoy solo, también en esto. Abrazos, besos, a todos/todas. Vuestro cronista de ESCRITORES EN RED desde Rabat.

Mari Carmen

16 de octubre de 2009, 14:23
Santiago, las murallas, los círculos...la soledad, no son infranqueables, se pueden derribar. No se puede mirar siempre desde el exterior. Un saludo.

 Anonymous

17 de octubre de 2009, 16:41
"......Lo sentí más claro al salir, no sé por qué. Era como si hubiera un dios dentro de otro, no luchando, sino coexistiendo; pero uno, el católico, dentro, o apresado, o encerrado, en el otro, el islámico..." Ya sabes que me gusta volver sobre el tiempo, deshacerlo y volverlo a rehacer, no permitir que destruya lo que su paso, para otros, destruye...Por eso vuelvo aquí, a este libro de miles de páginas - las de la Historia - que escribes y escribes como si fueran crónicas de viaje...y no es así porque son descripciones infinitas que van más allá de una estancia concreta. Yo que escribí un libro, Destinos y Caballeros, donde suprimí las descripciones a propio intento, me extasío ante tu modo de describir, también a propio intento. En la diferencia se encuentra la confluencia, porque ambos conocemos el puente y venimos desde dos extremos capaces de encontrase y asumirse. Y allí, en medio de ese puente, el comentario de Manuel se llama Ulea, como un estandarte, una bandera invisible que ondea al viento de la amistad y el reconocimiento y para el que no hicieran falta palabras, pero si las sensaciones que las palabras producen. Allí, Manuel, en primera fila, orgulloso de ser portador del recordatorio, de ser primer destinatario, como lo fui yo un día, del inmenso caudal de asombrosas observaciones de un corazón viajero deambulante por las intrincadas y remotas calles del pasado perdido en el presente. Ese Rabat donde los círculos se diluyen porque son invisibles aunque existen. Ese Rabat que es herencia perdida y porvenir ignorado. Ese Rabat, destino tras ser visitado, y recuerdo antes de ser abandonado. Sí, sin duda es tal y como lo has contado, no por su existencia, sino por su aprehensión. La tuya, la captación de un viaje que hace mucho que empezaste, fíjate, entre Toledo y Asturias, Asturias y Toledo, símbolo de la reconquista y de la permanencia. Culturas que se funden en ti y a cuya búsqueda vas y las ofreces. Esta crónica, Santiago, esta encerrada en la libertad de pensamiento y en la clausura del conocimiento ancestral. Por eso en ella luchan dos dioses que son uno: el reinante, Alá, y el callado, Dios. Dos formas de mantener atado el espíritu, pese a que las torres de sus fortalezas y minaretes se eleven por encima de su eterno silencio. Emilio Porta.

Anonymous

17 de octubre de 2009, 16:47
"Siempre seremos exiliados, en este tiempo, de una patria que todavía no está hecha: la de los hombres cuya libertad se asiente, no en la soledad, sino en la confluencia" David Nihalat. Quizás este pensamiento de David te acompañe, nos acompañe, en este intento que, querido compañero, rompe todas las anteriores desilusiones. Por fin la palabra se hace amiga de los que, un día, quisimos, al escribirla, que dejara de llorar y sentir frío. Port

Mari Carmen

18 de octubre de 2009, 0:29
Ya veo que poco a poco se van acercando degustar este excelente texto.Santiago, las prisas...¿te acuerdas de lo que te dije sobre blogsferatour? Con esta entrada te ha pasado lo mismo. Me parece magistral y sin embargo ha pasado desapercibida. Al poner la siguiente entrada tan seguidas...has impedido que se pueda saborear ésta. Actúas como si se te acabara el tiempo...y no es así. Un abrazo.

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