25 de noviembre de 2015

Isabel

Extraída de Google

       Isabel Felgueroso, la hija menor de Alfonso Felgueroso, el millonario que nació y murió pobre, tenía una librería a la entrada de la Calle de Tiraña. Pasaban los años sesenta sobre aquel local alquilado, sobre aquellos cuarenta metros cuadrados divididos en dos por una cortina de terciopelo azul marino.
       Recuerdo su sonrisa franca detrás del mostrador, el blanco cegadorde su cutis sobre el chaleco negro, la levedad rosada de sus pómulos; y aquellas manos de dedos largos y huesudos.
       En la librería entraban las madres: papel cebolla, de calco, un cuaderno de caligrafía, un lápiz, una goma de borrar. Y por la tarde, en tropel, como un huracán, los hijos: caramelos, pipas, regaliz rojo y negro. De vez en cuando, el hombre del traje claro y el sombrero de felpa, todo nariz: el vendedor.
       Recuerdo la redondez de las teclas negras y el amarillear de las letras blancas de la máquina de escribir. Y cuando me explicaba la posición de las manos sobre el teclado, su pecho maduro tras el recatado escote.
       Isabel Felgueroso ha muerto ya, sola, en medio de la limpieza fría de una residencia de ancianos. Dicen los que presenciaron su partida que estaba como dormida, que no hubo rigidez ni pérdida de color, bella en su belleza, y que de su cuerpo se levantaba el olor de las manzanas verdes.
       Recuerdo que la amé como sólo se ama a los doce años, con un miedo inocente y una pasión desbordada... y que la odié también. Pobre corazón de niño roto de celos, aquella tarde gris de besos y caricias.
       Desde entonces aborrezco el misterio del otro lado de las cortinas de terciopelo; de terciopelo azul marino, claro.
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