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1 de noviembre de 2015

Luna de sangre

Extraída de Google
       Los ojos orgánicos de Elías Quimey miran el dedo índice de su mano derecha. Hay en él un pequeño corte, una herida de apenas un centímetro de largo por tres milímetros de profundidad. Por él, en pequeñas gotas, se le escapa un líquido rojo.
       — ¡Es mi sangre! — dice.
       — Eso es imposible — afirma Dogo.
       Mecánicamente Elías Quimey busca un pañuelo en su bolsillo y lo encuentra. Automáticamente se lo anuda en el dedo y aprieta con fuerza. Hay en todo su cuerpo una conmoción. Las nano células, por primera vez en su historia, no pueden cerrar la herida, tampoco contener los alaridos de las sirenas del sistema nervioso que corren despavoridas por todo su organismo. El pañuelo se empapa poco a poco del líquido. Y él siente calor en la herida, un calor que va más allá del necesario y entra en el cuarto de lo desagradable. Todo su ser está centrado en el pequeño corte. No puede pensar, sólo sentir el latido del horno en que se ha convertido la herida mínima. Su rostro se contrae en una vieja mueca muy de lo carnal, un gesto que en la antigüedad los extintos humanos llamaban dolor.
       — ¿Qué te ocurre? — pregunta Dogo, el soldado boina verde, su guardaespaldas — Te estás poniendo pálido, como si te faltara el aire.
       Elías Quimey se sienta y respira profundamente, una, dos veces. Luego mira por la ventana central, la que da al sur, y ve la luna. Está colorada, como su pañuelo, parece un horno. Dogo mueve inquieto su rabo; y para acompañarlo deja escapar un pequeño aullido lastimero. Su pata derecha roza la bota de su amo a modo de caricia.
       — Esto pasará pronto, no te preocupes — dice Elías Quimey —. En el mismo momento en que la refracción total de la luz solar en la atmósfera deje de producirse terminará este suplicio.
       — Pero no lo entiendo — contesta Dogo.
       — Son las partículas de polvo las que tiñen la luna. Son ellas las que no permiten que mi dedo sane. Hay en ellas una carga mental no cuantificable. La misma carga que parece estar detrás de todo este ataque. Tranquilo. Pronto todo volverá a su ser, en cuanto el máximo del eclipse pase.
       — Pero, ¿para qué sirvo yo si no puedo defenderte? — pregunta Dogo.
       — Para estar aquí, a mi lado, hablando conmigo, ¿te parece poco?
       — Me siento mal. No puedo cumplir mis objetivos.
       — Yo también estoy confuso — dice Elías Quimey —. Mira, vas a dejarte caer en la frontera y le dices a Nésim que venga, que tengo un trabajito para él.


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