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1 de enero de 2016

El lago de los nenúfares




       Erase una vez una niña que cuando escribía lloraba. Por cada palabra, una lágrima. Allí, en el reino, la advertían todo el tiempo:
       — De tanto llorar te vas a enfermar.
       Pero a ella no le importaba.
       Si escribía algo alegre, lloraba de alegría; y si escribía algo triste, lloraba de emoción, pues con cada latido, se partían trocitos de su corazón. Y lloraba, y lloraba, lloraba todo el tiempo.
       Un día, de repente, se vio sumergida en un hermoso lago, muy, muy grande. Se había formado de sus propias lágrimas.
       Era un lago de ensueño. Había flores que cantaban, de un aroma indescriptible, y además, tres árboles que siempre estaban llenos de frutos: un manzano, un nogal, y un avellano.
       Al frente de aquel lago inmenso estaba Nicolás, un gracioso sapo, bonachón y de muy buen corazón, eso sí, le gustaba mantener el orden. A duras penas podía sujetar a todos los animalillos del bosque que venían corriendo o saltando para sumergirse en él.
       En el lago, habían nenúfares de colores varios, blancos, de color rosa, de color lila y hasta había uno muy especial: un nenúfar de color azul, como el cielo.
       Allí había siempre alegría, y cuando algún animalillo estaba triste porque no había encontrado comida, iba corriendo al lago de los nenúfares, porque sabía que allí encontraría manzanas, y además estaba el nogal y el avellano. Y si alguno iba deprimido, o estaba triste, Nicolás le decía:
       — Date un chapuzón, y verás que tu pena se aleja de un tirón.
       La locura y la diversión siempre estaban latentes en aquel maravilloso lago. Nadie estaba triste ya que sabían que el lago de los nenúfares les traería paz y felicidad.
       A veces, hacían excursiones. Se subían al nenúfar y remaban hasta llegar a una montaña de donde brotaba un manantial. Allí chapuceaban los pajarillos, los lirios susurraban las melodías que le transmitía la aurora, mientras las mariposas peinaban dulcemente sus cabellos. La ardilla les acompañaba, pero iba dentro del casco de una nuez, de la cual primeramente ya se había comido el fruto: ¡era muy lista ella! Decía que así iba más aprisa, y se deslizaba con mayor facilidad pues le parecía que flotaba.
       Os puedo decir que en más de una ocasión también resultó curativo. Sí, cierto día vi a un conejo deprimido y cabizbajo, con un par de gafas, y lo peor de todo es que decía que nunca más volvería a sonreír, que determinada circunstancia por la que había atravesado en su vida, se había llevado su alegría.Demás está decir que se había descuidado y que tampoco comía los suficientes vegetales y zanahorias, así que estaba casi ciego.
       — ¡Zambúllete! — le ordenó el sapo Nicolás, — Este lago hace milagros.
       Y cuando salió del agua, se vio rodeado de un grupo de amigos que habían hecho igual que él. Y la sorpresa no fue otra que ya todos veían un mundo diferente, un mundo lleno de risas, y de ilusión. Y veían a su vez con mejores ojos, porque sabes… 

       ... Lo hacían desde el corazón.




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