15 de febrero de 2016

Cartas desde Malawi

Nuestra Rosa Jimena
Autora del artículo
       Queridos todos, ya desde Malawi, cumplo mi promesa de escribiros para ir contándoos como van las cosas en este lado de un país que ocupa el segundo lugar en el “ranking” de pobreza en África. Siento haberme extendido demasiado, pero el deseo de compartir con nosotros cada momento de esta hermosa experiencia, a veces me puede, si no llegáis hasta el final, no pienso enfadarme.
       Llegamos, hace ya casi tres semanas, tras un viaje largo en horas e ilusiones, en el que nos tocó pasar casi dos noches de semi-vigilia en aeropuertos, pero la alegría del reencuentro con nuestra gente en Malawi bien merecía la pena ese “maldormir”.
       Nos fue a buscar Brivine —nuestro amigo y jefe de enfermería del hospital— al “border”, que es como llaman aquí a la frontera con Tanzania, y aprovechamos ese tiempo de viaje hacia Atupele para contarnos todo lo que era difícil explicar en la distancia y preguntarnos, mutuamente, por los amigos del otro lado. Estaba realmente feliz de vernos de nuevo y nosotros de verle tan contento a él.
       Al llegar a Atupele la alegría se contagia a todos los trabajadores del hospital, que nos agradecen con las palabras que pueden, y si no con gestos, que hayamos vuelto a ayudarles. Y tras unos exquisitos huevos revueltos con arroz, que nos prepara Brivine, tomamos posesión de nuestra casa, que no está en su mejor momento ya que, extrañamente, la encontramos bastante sucia y, lo que es peor, sin la mosquitera que cubría el patio de la casa, en el que se encuentra la cocina y el baño. Lo que quiere decir que no tenemos protección alguna para los mosquitos y otros bichos… habrá que esperar que el de la malaría no decida instalarse con nosotros.


Extraída de Google.
Localización de Malawi

       Tras los primeros auxilios a la casa, para poder dormir “con dignidad” —como las sillas—, cenamos un paquete de galletas que compramos en la pequeña tienda de Atupele, porque no había nada más, y nos vamos a dormir pensando en aquello de “mañana será otro día”. Pero, justo cuando me meto en la cama y miro hacia arriba, instintivamente y por costumbre aquí, veo una cucharacha trepando por el exterior de mi mosquitera (menos mal que no estaba dentro), intentando pasar la noche conmigo pero, ante el grito que se me escapa, mi Indiana Jones particular salta de su cama, zapatilla en mano, y la disuade de su objetivo…
       Da igual, el cansancio es tal, que no me da tiempo siquiera a pensar en ello y nos quedamos dormidos a lo largo de más de diez horas, sin despertar en toda la noche.


-----ooooo-----


       En el primer Morning meeting (la reunión/oración que hacen cada día antes de empezar el trabajo) nos enteramos que ya hay una víctima del cólera en Atupele. Según nos cuentan, se trataba de una familia infectada por la bacteria, a la que se había administrado tratamiento, a todos excepto al padre, que no quiso acudir al hospital y murió. Esto es habitual aquí y por eso la sala de Hombres está casi siempre vacía y cuando vienen, muchos de ellos, desgraciadamente, mueren porque ya nada se puede hacer.
       La Sister me cuenta que han dado tratamiento a 15 personas, hasta el momento. Como siempre sucede en estos casos, los perjudicados son los que menos tienen y tiran de aguas fecales para regar sus pequeños huertos o beber. Por ese instinto de supervivenvia que llevo pegado a mi piel, siento cierta tranquilidad por no estar en el grupo de riesgo, y cuando lo leo en mi cuaderno de crónicas, me avergüenzo de ese sentimiento.
       Al segundo día de estar aquí, por fin, vemos a “nuestros niños”: Mphatso, Prince, Atu y los niños de alrededor que, al vernos llegar, comienzan a salir corriendo de entre los arbustos, riendo sin parar, felices de nuestro regreso, esperanzados… y nos cogen las manos o se abrazan a las piernas de Manuel. Mphatso grita de alegría al vernos y Prince (nuestro bebé, que recordaréis desnudito y dormido en mitad de un camino, en una de las fotos que os enviamos el año pasado) me mira serio, como si comprendiera que, ese “alguien” que le cogía en brazos, era un alguien conocido con el que se sentía bien, pero no reconocía. Aun así no se bajó de mis brazos hasta que nos fuimos, pero no lloró al dejarle; en esta ocasión fue Mphtaso quien lo hizo por no haberle llevado en su “moto” a jugar (así llamaba a su silla de ruedas), porque ya anochecía. Pero quedó nuestra promesa de volver al día siguiente. Sólo por ese momento vivido, ya ha merecido nuestro regreso a este lugar. Sólo ese encuentro con los niños da sentido a nuestro viaje y nos sentimos emocionados.
       Y al día siguiente nos vamos a ver a Mercy, aquella niña, de apenas un año, que tenía un problema similar a Mphatso, a quien Manuel estuvo haciendo rehabilitación durante la etapa anterior. Está preciosa y muy activa, se ve que su madre ha continuado la rehabilitación, tal como le sugirió Manuel. Escucha y ve perfectamente, y reacciona cuando la acariciamos. Me encanta lo bonita que está y me hace tan feliz verla más viva que cuando nos fuimos.
Nuestro Manuel Martínez-Carrasco
El Indiana Jones de Rosa
       Aunque sé que es absurdo, me ilusiono creyendo que va avanzando poco a poco y ¿quién sabe?... Manuel ve mi gesto y me dice que eso no quiere decir nada, que no podrá andar nunca y me repite aquello de “si estuviéramos en otro continente del “primer mundo” tal vez lo lograría y sin duda tendría más movilidad, pero… Y me vuelve a llevar a la realidad más cruda de este país y a la impotencia.
       A los pocos días de nuestra llegada, nos reunimos con un comité que se ha creado y del que formamos parte —sin duda porque sienten que somos, casi, su única esperanza— para llevar a cabo un programa de recogida de alimentos para los niños con graves problemas de desnutrición. Nos cuentan que dos personas del comité —cámara de fotos en mano—recorrieron la semana pasada el área donde nos encontramos, para conseguir una primera estimación de niños necesitados de asistencia y, según parece, esta alcanzó a unos 100 niños. Aunque desgraciadamente, por el momento, no podemos llegar a todos, y se ha hecho una selección de cuarenta, todos ellos en situación de extrema pobreza y además padecimiento de enfermedades crónicas o discapacitantes severas (SIDA, encefalopatías, malnutrición…) y, por tanto, más urgentes de atender.
       Las fotos son realmente estremecedoras, y eso que no se aprecia en su totalidad el estado de cada niño (algunas las puso mi hija en FB en el grupo de MALAWI DIRECTO, por si queréis verlas). Se estima que serán necesarios unos 240 kg de alimentos por semana (6 kgs. por niño), y lo primero que nos viene a la mente —o quizá sea el corazón— es, cómo se hace eso de dar a unos sí y a otros no. Cuando se acerque el niño de al lado, se le dirá que para él no hay…
       Planteamos esta duda al comité y se toma la decisión de que los beneficiados vengan al hospital a recoger la comida; aunque, si os he de ser sincera, me cuesta mucho creer que eso se pueda hacer, sin que a la semana siguiente nos encontremos con un montón de niños, no seleccionados, a la puerta del edificio donde se reparte la comida, confiando en tener la misma suerte que los demás... Ya os iremos contando.
       A algunos de vosotros ya os he escrito informándoos sobre esto, pero tal vez la mayoría no sepáis que hicimos un Recital Solidario de POESÍA EN SIDECAR, antes de venirnos, para recaudar fondos destinados a la compra de alimentos y ayudar así a combatir el alto índice de desnutrición que padece este país. Hasta el momento contamos con más de 2.000 €, de los cuales nos pudimos traer 1.800 en mano, que era lo que había antes de viajar a Malawi, evitando de esta forma el pago tasas por transferencia. El resto, salvo que alguien se anime a traérnoslo personalmente, lo enviará mi hija Natalia cuando consideremos que han finalizado las aportaciones. Por otro lado, los trabajadores de la empresa en la que trabaja Natalia hicieron una campaña de recogida de alimentos y ahora mismo están viajando a Malawi en un container que, si no hay ningún problema, llegará a principios de Marzo. De nuevo queremos daros las gracias a todos por vuestro apoyo a este proyecto necesario… Si alguno está interesado en colaborar y su situación se lo permite, que sabemos no es fácil en el momento actual, al final de esta crónica, os dejo el número de la cuenta que se abrió el año pasado para el proyecto de las sillas y mesillas, que tanto alegría trajo a este hospital y por eso hemos decidido usarla de nuevo para éste.
       También en estos días hemos ido a la escuela infantil, porque queríamos confirmar que la madre de Mphatso cumplía su compromiso de llevar a sus hijos y, efectivamente, allí estaban, pero la tristeza de ver de nuevo la escuela sin sillas con todos los niños en el suelo, sin material alguno, empaña un poco nuestra alegría.
       En cuanto al hospital, parece que todo va marchando y está todos los días casi lleno de pacientes, la mayoría con malaria, porque es la época de lluvias y, por tanto, cuando más mosquitos hay, así que la asistencia es corta, porque en cuando les ponen su tratamiento, en uno o dos días se van de vuelta a casa. Es una pena ver a los pequeñajos enfermos de malaria, porque, entre otros síntomas, produce un dolor muy agudo de cabeza y lloran sin parar, mirando a su madre o padre con un gesto de incomprensión, como si quisieran preguntar por qué les pasa: un gesto que atraviesa cualquier sentimiento.
       Hemos tenido también un parto de gemelos. No sé si recordáis que hubo otro de trillizos el año pasado y nos contaban que era muy raro, no porque no se dieran, sino porque era muy difícil conseguir que salieran adelante. Pues en esta ocasión, desgraciadamente ha sido así y uno de ellos falleció a las pocas horas de nacer. Manuel y yo fuimos a verlos y vimos a la madre con un solo bebé, precioso como todos los de aquí, y cuando salimos de maternidad le preguntamos a una auxiliar que había allí y nos dijo que había fallecido el segundo… Está claro que la falta de quirófano, incubadora, etc. sólo deja lugar al milagro.


-----ooooo-----


       No quiero agobiaros más, pero no me resisto a hablaros del capítulo “bichos” que está tomando un papel importante en este viaje porque, desgraciadamente, se ha caído la estructura del patio de nuestra casa, en la que había una mosquitera que evitaba que nos entraran todas las especies de mosquitos y otros de la zona. Por tanto, a los bichos habituales: ranas, sapos, cucarachas, arañas, culebras y demás familia se han unido a mosquitos, que ya se han apoderado varias veces de mis piernas y brazos. Y los “pequeños bichos”, de los que tanto hablaba Kapuscinsky en “Ébano”, han compartido cama con nosotros, haciéndonos sentir (a mí, al menos) que todo era producto de mi imaginación, pues por más que miraba o tocaba la sabana no veía nada. Pero eso es sólo el principio de lo que ha sucedido estos días: Os cuento algunos de los episodios que he hemos vivido, para que os hagáis una idea.
       El segundo día de nuestra llegada a Atupele, cuando me disponía a aclarar la ropa que teníamos en la pila del patio, de repente, vi muy cerca de mi mano un escorpión, pequeño pero matón, pues tenía bien llena la bolsa del veneno. De nuevo Manuel-Indiana se hizo cargo de él, con mucho cuidado, y solucionó el problema.
Extraída de Google
       Otra noche me tocaba cocinar a mí y como tenía encendida la luz del patio, comenzaron a venir por decenas las termitas aladas (supongo que todas son así, pero mi desconocimiento de ellas, me hace distinguirlas de esa forma). Al verlas me parapeto en la cocina y cierro la puerta que da al patio. Ellas se ponen desesperadas, tras la mosquitera de la puerta, intentando entrar por la red atraídas por la luz. Lo primero que me viene a la memoria es aquella escena de la película LOS PÁJAROS de Hitchkok y me empiezo a agobiar seriamente. Grito llamando a Manuel pero es inútil, nos separan dos puertas cerradas y el ruido del ventilador que tiene puesto. No hay otra opción: debo salir de ahí como sea. Así que abro la puerta de la cocina y salgo corriendo hacia la puerta del salón. Alcanzado el objetivo, y una vez a resguardo, Manuel me ve la cara y dice que no me mueva que él se encarga de todo y yo me quedo en el comedor pensando si realmente nos ha beneficiado tener la vida tan fácil…
       Para rematar nuestra primera semana en Atupele, viene el responsable de mantenimiento del hospital con otro trabajador en un atardercer/noche para quitar las abejas de la chimenea de la cocina, que habían hecho allí su colmena, para poderla tapar después y cegarla, ya que no hay razón para esta chimenea que nadie utiliza. Para ello, prenden fuego en la salida superior y empiezan a salir, pero lo peor es que se escapan por todos los sitios y el patio se hace intransitable. Según parece, las abejas por la noche tienen poca actividad y es por ello que eligen esa hora para prender el fuego pero, a pesar de todo, con tantas como hay, el peligro está servido. Esta vez mi trinchera es el comedor y es Manuel quien va y viene para preparar la cena, insistiendo en que a él no le pican jamás, pero esta vez le falla la estadística y termina con una picadura en el brazo.
       Pero ahí no acaba todo, la noche siguiente nos regala otra plaga, esta vez de cucarachas. Manuel las ve al irse a cocinar y me dice que no salga al patio, sin más. Después de un rato, viene con el recogedor lleno de cucarachas y me dice que ha matado 18!!!. Al final de la noche, el número de muertes asciende a 28 y cuando me levanto por la mañana, sin sentimiento de culpa ni nada, yo me cargo otras más, total 31… ¡Es terrible!, el año pasado tuvimos un poco de todo, pero no tanto ni tan diario….
       Al día siguiente, cuando voy a desayunar, me encuentro la cocina llena de hormigas y la despensa de mosquitos. Comienzo a matar las hormigas, casi con desesperación, como si pagara en ellas toda la tensión de sus congéneres, y echo el insecticida por todos los lados, en la despensa, sin pensar en la comida que hay allí y, en ese momento, empiezo a sentir que no controlo la situación y me preocupa.
       Lo peor y, por el momento, difícil de solucionar, son los golpes que sentimos en el techo, especialmente por la noche: Resulta que, al limpiar la casa el segundo día de nuestra llegada, descubrimos que, en la parte alta del armario de una de las habitaciones, habían abierto una trampilla que hay en el techo, lo que había provocado la caída de pequeñas cosas negras. Manuel ya avanzó que temía se tratara de excrementos de algún bicho tipo ratón o similar y cuando vino nuestro amigo Brivine a vernos, se lo conté asustada. Brivine se subió de un salto al armario y dijo, con toda normalidad como si se tratara de un poco de polvo, que son de murciélago y cerró la trampilla, sin más. Yo le pregunté entonces, si el ruido que oía de vez en cuando en el techo es de los murciélagos y me contestó, con la misma normalidad, que sí, sin más… Desde ese momento, mis noches se llenan de angustia cuando me despierto en algún momento y oigo los golpes porque, aunque Manuel no cree que lo que oímos sean murciélagos — dice que las alas no sonarían tanto— la otra opción serían ratones que, os aseguro, no me hace sentir mejor….
       Pero, en algún momento leo un cariñoso mensaje de Enrique y Sol, que nos cuentan que habían visto una peli que hablaba de voluntarios en África y se pasaron todo el rato recordándonos… Y, no sé si por esa cercanía o por qué, pero al leerles salió parte de la angustia que me estaba oprimiendo y me desahogué con ellos, contándoles lo que sentía y que ahora comparto con vosotros también, porque creo que refleja este periodo de readaptación necesario, del que hablaba.
       “Las cosas no son fáciles en esta extraña mezcla de miseria y belleza y a veces el cansancio y la aceptación de nuestra impotencia te recuerda que no perteneces a este otro mundo, tan ajeno a lo que nos han acostumbrado, y sientes vergüenza por matar hormigas que se comen nuestro pan, porque ellas siempre han estado aquí y tú no, o por no dar respuesta a una mujer que te pide ayuda para traer la luz a su casa, por apenas 50€, porque piensas que por qué a ella y no a la de al lado, o porque hay que seleccionar a 40 niños para repartir alimentos, que les duren unos meses, y piensas en quién les va a decir a los demás que para ellos no hay….”
       Y me viene a la memoria la imagen del colegio, de nuevo, y de los niños sentados en el suelo, sin material alguno. Y mi admiración por esa mujer que hace su trabajo, a pesar de todo, con la misma dedicación, o más, que algunos profesores que viven de ello. O el recibimiento de los trabajadores del hospital, que nos abrazan emocionados y nos dan las gracias mil veces, manifestando una alegría sólo comparable a la que vemos en la tele, el día de la lotería de navidad, cuando a alguien le ha tocado el gordo… Y sólo por eso ya merecen la pena estos pequeños accidentes domésticos (me ha costado poner lo de “pequeños”, ¡jaja!).
       Y así han ido pasando estas primeras semanas de nuestro regreso, y cada día con la visita de algunos de “nuestros niños” preguntando por los sweeties, como si no nos hubiéramos ido nunca, y nosotros diciéndoles de nuevo aquello de “Sweeties Sabata” (caramelos el domingo). Y cuando por fin llega el domingo, la ilusión en sus caritas ocupa todo el espacio de nuestro día. Algunos vienen a casa desde bien temprano a recoger su tesoro y el resto se nos unen en el camino a casa de Mphatso por la tarde. Todo son risas y gestos de emoción cuando Manuel va sacando caramelos y entregándoselos a cada uno (siempre de pequeño a mayor), cuando bromea con ellos, jugando a pillarles con la silla de ruedas, y Mphatso sentado en ella se muere de risa o cuando les asusta corriendo tras ellos con gritos de guerra. ¡Jaja!... Disfrutan y disfrutamos todos como niños; es todo un regalo de la naturaleza, ¿se puede pedir algo más hermoso?... Y de nuevo me viene ese otro pensamiento vano:
       ¡Cuánto han perdido nuestros niños en ese primer mundo tan gastado…!
       Queridos amigos, querida familia, muchas gracias por seguir ahí, ya sabéis lo importante que es para nosotros sentiros cerca y así es como os sentimos. Un abrazo inmenso y todo nuestro cariño. Seguimos en contacto.





CUENTA CORRIENTE PROYECTO COMPRA DE ALIMENTOS
TITULAR: NATALIA CHECA
Entidad: UNO E (Banca Electrónica de BBVA)
IBAN: ES0602270001870206977295



EnR-TV

Pincha en "Lista de reproducción" para elegir tu vídeo preferido. Tienes 52 vídeos a tu disposición. De momento.

...

Muy pronto...

Muy pronto...
Pincha en la imagen para más detalles