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13 de febrero de 2016

Tuve que perder el pudor


       De repente, me volví un niño indefenso que, apenas, podía valerse por sí mismo, la enfermedad, el maldito cáncer, me limito considerablemente y apenas podías moverme. La habitación era la cárcel desde la que veía como se me escapaban unos días otoñales llenos de proyectos en los que no podía colaborar, poemas prometedores se quedaban ausentes, vacíos, mis eternas compañeras las palabras, afligidas, lloraban en las esquinas de un tiempo irreal.
       Me resistía, pero era inútil, no podía levantarme sólo y tenía que llamar a mis amigos, los guardianes de los sueños, para hacer las cosas más esenciales. Ese niño indefenso, perdido entre sombras y temores, lloraba en la oscuridad, día a día, esperaba salir de allí, recuperar el ritmo habitual y, en la madrugada jugar, como siempre, con los versos en busca del poema soñado. Las emociones diarias lucharían con las traviesas palabras hasta conseguir alcanzar la dicha deseada, entonces la noche, la avanzada noche de los sueños cautivos, rubricaría el poema con un beso de despedida. Y partiría feliz al encuentro de Morfeo.
       Por unos días estuve prisionero de la enfermedad, postrado en la cama y aguardaba con ansiedad ver aparecer a Ana o a María Asunción, o a otros ángeles que me animaban a seguir y me devolvían la dignidad pedida.
       Poco a poco perdí el pudor, aquellos ángeles me hicieron comprender que era su trabajo, que estuviera tranquilo y que, por favor, dejase de llorar.

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