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28 de marzo de 2016

A veces un cadáver puede contarnos muchas cosas sobre sí mismo.

Imagen extraída de Google

              No puedo imaginarme a primera vista cómo este sofá de cretona amarilla puede ser tan cómodo; con las marcas de uso del antiguo propietario a ambos lados de su parte central y su deslucido color, prueba inequívoca de la erosión al que ha sido sometido. Realmente confortable, pues no percibo en mi cuerpo la menor señal de la potencial dureza de su armadura de madera. Y por eso me dejo llevar, y aunque no quiero, entro inmediatamente en una especie de turbadora catalepsia. Qué extraños resultan a veces los oscuros mecanismos de nuestro organismo, de los que apenas si llegamos a ser responsables. Me parece casi una temeridad decirlo, pero es lo que pienso en este preciso momento.
             Estoy fundido en una espesa duermevela; pues aunque no deseo extasiarme, me dejo arrastrar hasta los oscuros corredores del sueño, en donde ya soy parte de su madeja. ¿Qué queda de mi consciencia durante ese paso del puente levadizo que conduce de un mundo a otro? Lo curioso de todo es que no dejo de estar en mi, aunque mis estados mentales sean distintos; en el fondo no es más que el paso de un sueño a otro sueño, así podríamos interpretarlo dentro de nuestras limitadas percepciones.
             Pero no he perdido totalmente la consciencia y la imagen del cadáver en su desvencijada mecedora se apresta nuevamente a convocarme. Está de cuerpo presente ahí: y sea sueño o no, nosotros solemos llamar a eso la Realidad. ¿Hasta dónde podemos estar seguro de que tal creencia sea cierta?, me digo a mi mismo, mientras una imagen subliminal anterior secuestra ahora toda mi atención: veo la postura en que ha quedado esa persona muerta y el gesto del que parece acompañarse, como si las palabras que pensaba decir se hubiesen truncado bruscamente antes de ser pronunciadas.
           Me levanto de repente, como movido por un resorte interior, y me dirijo hacia el centro de una amplia estantería en la que aparecen colocados de forma aleatoria numerosos libros; y mientras lo hago, fijo la mirada en un conjunto de folios atados con una llamativa cinta amarilla; los cojo entre mis manos y leo un título manuscrito: "Una historia inconclusa". Es en ese preciso instante cuando siento la necesidad de girarme en un inesperado movimiento y proyecto mis ojos sobre el cadáver, comprobando como una de sus manos, desfasada levemente en su posición con respecto a la otra, señala directamente al sitio donde ahora mismo me hallo. ¿Será pura casualidad o realmente el muerto quiere mostrarme algo importante relacionado con su vida pasada?


                                                                                                                                         (Continuará...)







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