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4 de marzo de 2016

Alicia

Extraída de Google

                                                                           

“Tal vez un día seas capaz de ordenar el tiempo”.
Carmen Fabre.



     A Alicia la recuerdo siempre con una toalla amarilla al hombro y un libro en la mano camino del río o la piscina... Leía novelas y libros de poemas: Madame Bovary, Los cuentos de Oscar Wilde, Rimas y Leyendas de Bécquer…
     En la piscina se tumbaba y leía alejada del grupo de adolescentes ruidosos que hablábamos y nos empujábamos para rozarnos, descuidadamente, en unas primeras y semi-clandestinas caricias descubriendo una sensualidad inquietante. Cualquier excusa era buena y despertaba en todos sensaciones que se revelaban por primera vez como en un estudio fotográfico.
     Pero Alicia quería ser poeta, escritora; soñaba con enlazar pensamientos en palabras y vivir grandes pasiones. A veces, cuando levantaba sus ojos del libro, se quedaba como ausente mirando a ninguna parte. Mostraba una autoridad que contrastaba con la de las demás chicas. Daba la impresión de que deseaba saltar con pértiga sobre su edad y superarla en varios años, los suficientes para escribir un libro.
     Se convirtió ese verano en el mito erótico de la pandilla de amigos entre los que yo me encontraba. La veía inaccesible, lejana, misteriosa. No sabía cómo acercarme a ella. Rehusaba ir a las fiestas que se organizaban en casa de Luis o de Jaime con la música de los Rollings o de los Bee Gees, Adamo, Los Brincos, coca-colas y algo de alcohol. Vivía en su mundo de letras e imaginación.
     Una noche del verano de 1970 al regresar de las fiestas de Bárcenas conseguí quedarme algo rezagado con ella en el camino de vuelta. No sabía muy bien de qué hablar así que le pregunté qué libros había leído durante el verano, qué escritores le gustaban, qué personajes eran sus preferidos…      Alicia se lanzó a hablar de modo apasionado, nunca la había visto así… Un mundo maravilloso brillaba en sus ojos y sus manos gesticulaban contando el argumento de “Nada”, describiendo a “Ena”, recitando: “Asomaba a sus ojos una lágrima…”y evocando un futuro en el que ella escribiría y crearía libros y personajes y poemas. Estaba convencido de que si alguien podía ordenar el tiempo futuro, esa era ella.
     Cuando por un momento calló, el silencio se adueñó del camino, nos miramos y un magnetismo nos envolvió con su fuerza invisible .Un beso intenso brotó de la nada, nuestros labios y cuerpos se entrelazaron torpemente pero con una pasión que no he vuelto a sentir igual. Aquella noche de verano y, en ese instante, se abrió la puerta de nuestro cuerpo de par en par.
     Al año siguiente Alicia no volvió, ni al otro, ni ningún otro. Tal vez un día vuelva a encontrarla pensé, después de varios veranos inútiles en la espera.
Durante algunos años al entrar en las librerías o en la sección de Literatura de los grandes almacenes busqué su nombre entre las novedades. Incluso en ocasiones a través de Internet escribía su nombre y primer apellido esperando encontrarlo entre el mundo de los escritores.
     Nunca apareció y exactamente no sé cuándo dejé de buscarla. Pero siempre recordaré la pasión por la escritura que me transmitió y el beso en aquel camino.
     Hoy la he vuelto a ver en un centro comercial. Nos observamos escrutando con la mirada la imagen que el tiempo nos devolvía del otro. Era Alicia, la reconocí porque a su lado estaba una adolescente exacta a ella salvo en la mirada. A su alrededor tres críos más parloteaban pidiendo una bosa de patatas, un pastel de chocolate y un juego, todo a la vez. Sonreímos de un modo forzado y ella me presentó a su marido, un hombre de apariencia ruda, Manuel.
     Sentí su mirada triste, huidiza como si hubiera sido descubierta haciendo algo indebido, incómoda por la situación. Nos despedimos mientras su hija le pedía dinero para un bikini.
     Ni rastro de aquella niña que besé en un instante mágico, ni del brillo en sus ojos al hablar del futuro. Algo se desprendió de mí y cayó en el vértigo del tiempo.





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