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13 de marzo de 2016

Cartas desde Malawi (1)

Rosa Jimena
Autora de esta crónica
     Queridos amigos y querida familia, aquí estamos de nuevo para informaros de este día a día en Atupele, compartiendo con su gente alegrías y tristezas cuando es necesario. Os escribo en domingo, aunque no sé cuándo me dejará internet enviarlo; un día tranquilo preparando esta crónica y abriendo nuestra puerta a la sonrisa de cada niño que viene con ilusión a por su pequeño caramelo como si fuera el regalo más hermoso de su vida… y echándoos también de menos.
     Las lluvias han sido realmente fuertes a lo largo del mes de febrero, pero ahora parece que se han calmado un poco. Ya no recordaba el impacto que supone una fuerte tormenta eléctrica aquí, en medio del campo y, aunque Manuel me insiste en que no hay pararrayos, yo me quiero creer que alguno habrá y así estoy más contenta. Es verdad que cada trueno o relámpago resuenan en nuestra casa como si fuera una bomba pero, salvado el sentimiento de inseguridad, es una belleza contemplarlo.
     Lo peor de ellas es que crece ostensiblemente el número de personas que contraen malaria: las lluvias atraen a los mosquitos y entre ellos siempre hay uno de los que transmiten la malaria, y los niños no se libran de ella.
     Cuando los veo en el pabellón de Pediatría, me produce una mezcla de ternura y tristeza: algunos lloran desconsolados por el dolor de cabeza y otros están tumbaditos, en silencio, acostumbrados ya al dolor.
     El dichoso mosquito tampoco ha perdonado a nuestro niño MPhatso. Una tarde fuimos a verle, y al poco tiempo de nuestro paseo con él y todos los niños de alrededor, Manuel se extraña de verlo tan poco risueño, le toca la frente y me dice que cree que tiene fiebre. Decidimos llevarle al hospital de inmediato, porque Manuel piensa que puede ser Malaria. Cuando llegamos avisan a Andrew para hacerle el test y, efectivamente, da positivo. Le dan la medicación y paracetamol para la fiebre y de vuelta a casa, como si fuera un enfriamiento, sin más: lo importante es cogerlo a tiempo. MPhatso va todo el tiempo con la cabecita baja, sin fuerzas apenas para sujetarse a la silla y sin decir nada. Qué penita da verle: ¡nuestro niño con malaria!
     La situación de hambre sigue siendo muy grave, sobre todo en el sur, de donde nos comenta nuestra ONG que en Alinafe, otro de los hospitales de África Directo, 400 kms más al sur, hay una emergencia alimentaria que afecta a 28.000 personas y, según parece, sólo un voluntario que está trabajando casi 24 horas para repartir los alimentos que han recibido de una ONG. Tristemente, la semana pasada, cuando fue a llevar comida a una mujer, ya había fallecido.
     Aquí en Atupele, como ya os contamos en la crónica anterior, estamos trabajando en ello, pero dadas las circunstancias, y las informaciones recogidas, como por ejemplo ésta que os paso a continuación, nos hemos planteado hacer un cambio, con vuestro permiso:
     “Según datos de UNICEF, la malnutrición en Malawi es una de las principales causas de muerte en niños. Lamentablemente y desde 1992, no ha habido cambios en el estado nutricional de los niños en Malawi, siendo la tasa de malnutrición inaceptablemente alta. Alrededor del 46% de los niños menores de 5 años están atrofiados y el 21% están por debajo de un peso adecuado, siendo la deficiencia de micronutrientes común en el país…”.
     Inicialmente, como os contamos la última vez, habíamos pensado en seleccionar 40 niños y hacer que vinieran al hospital con sus madres, cada semana, para entregarles 6 kg. de alimentos por niño, durante el tiempo que durara el dinero de las donaciones que nos habéis hecho llegar y que aún estamos recibiendo de vosotros. Pero nos preguntamos qué pasaría, una vez se hubieran acabado los alimentos y la donación: habríamos alimentado a esos niños e incluso habríamos contribuido a mejorar su salud por un tiempo, pero eso no paliaría el hambre de después, la situación volvería a ser la misma, con un agravante: que los niños ya serían conscientes de ese cambio tan cruel y posiblemente se sentirían peor después de haber tenido comida y volver atrás. Tristemente se haría real ese refrán de “pan para hoy…”
     Así que, basándonos en otro programa similar que se puso en marcha en el área de Mtendere, otro de los hospitales de AD al sur de Malawi. El plan sería el siguiente:
     Iniciar el programa con 20 niños, escogidos en razón de padecer desnutrición o enfermedades crónicas asociadas a desnutrición, contemplando la ampliación a corto-medio plazo del número de niños beneficiarios del programa.
     Este programa propone enseñar a las madres/cuidadores de los niños, los alimentos que deben administrarse y como prepararlos, para conseguir una buena nutrición infantil y, por supuesto, para ellas mismas que, en algunos casos, deben cuidar de los niños con problemas crónicos a los que deberán atender el resto de sus vidas.
     Igualmente se les enseñará a sembrar y mantener su propio huerto (terreno hay de sobra) que les permita cultivar los alimentos necesarios. Para todo ello contamos con la colaboración de personal del hospital que se han ofrecido a ejercer de profesores.
     Los niños y cuidadores vendrán al hospital cada dos semanas y se cocinaran los alimentos que, gracias a vuestra colaboración, iremos comprando y, después de haber terminado la sesión, de los comerán (éste es el premio por venir a “clase”). También se les darán algunos alimentos para que puedan comer esas dos semanas hasta la siguiente reunión.
     Si todo sale bien, habremos conseguido no sólo alimentarlos en este tiempo de hambruna, sino formarlos para prepararse para la siguiente. No va a ser fácil desde luego, pero no perdemos nada y podremos decir aquello que decía Jack Nicholson en “Alguién voló sobre el nido del cuco” que tanto me gusta: Al menos lo intentamos…
     Como algunos habréis leído en el grupo de MALAWI DIRECTO en Facebook, estamos trabajando también en el proyecto de “UNA ESCUELA CON DIGNIDAD”. Se trata de la Escuela de Primaria, que aún está mucho peor que la guardería de la que os hablamos en el correo anterior (si podéis, ver las fotos)
     Nos llevó a verla Andrew, el responsable del Laboratorio del hospital y una de las personas más bondadosas y preocupadas por el futuro de la juventud de este país, porque tiene muy claro que si ellos no avanzan, Malawi seguirá parado.
     Llegamos a la escuela campo a través, como era de suponer. El panorama que encontramos es desolador: hay más de 1.000 alumnos en el total de los 8 cursos. Las aulas están repartidas en varios pabellones, a lo largo del terreno, y todas ellas sin nada más que una pizarra desgastada —no es pizarra sino cemento pintado de negro, ahora ya gris— que preside dos de las paredes. Las clases están llenas de alumnos sentados, con total disciplina, en el suelo. Cuando el director les dice que nos den las gracias por estar ahí y nos pregunten como estamos; un “todos a una”, que aún resuena en nuestros oídos, nos regala sus frases en inglés para que podamos ver cómo están avanzando en sus estudios.
     Visitamos cada clase. Únicamente en octavo, como nos decía Andrew, tienen pupitres que, supuestamente, son para dos alumnos cada uno pero se sientan tres y, aun así, algunos tienen que ocupar también el suelo.
     Al entrar en la tercera clase, me vengo abajo, no entiendo tanta injusticia, tanto mirar para atrás, tanto mirar sin ver, y no puedo controlar las lágrimas. Andrew me mira con ternura y tan solo dice una palabra:
     “Pathetic” que define perfectamente el porqué de mis lágrimas.
     Vemos las letrinas y siento que son casi peores que las de los campos de exterminio. Hay apenas cuatro para chicas y cuatro para chicos y son más de 1.000!... Ahora entiendo por qué nos decía el director, dentro de las cosas más urgentes por hacer, que eran necesarios los aseos. Es tan vergonzoso que me siento realmente mal sabiendo que formo parte de este mundo que mira siempre hacia otro lado para no tomar partido.
     Hay un inmenso campo de futbol y vemos botellas de refrescos y algunos paquetes de cosas que, según parece, es bebida y comida para cuando hacen los partidos, porque la venden a los que vienen a verlos para ayudar a mantenerlo pero, aun así, sólo tienen un balón para todos. El director aprovecha para decirnos que sería un gran regalo para los chicos que el atlético de Madrid les regalara uno y se le iluminan los ojos al decírmelo. Yo les digo que incluso podríamos ver si pueden regalarle el equipamiento, aunque sé que es difícil, pero que lo intentaremos: es su equipo.
     Andrew me dice con orgullo que él estudió en ese colegio, y es por eso que le gustaría ayudar a los nuevos estudiantes para que puedan seguir adelante. ¡Me produce una sensación tan dulce escucharle!. Le decimos que queremos ir adelante con este proyecto, intentando dotar un aula al menos de pupitres, pintar paredes, arreglar puertas, etc., para seguir poco a poco con más aulas, si conseguimos más donaciones de nuestra gente. Para ello necesitamos que sea Andrew quien coordine este proyecto, puesto que nosotros solo estaremos aquí tres meses más y, tal vez, no nos dé tiempo a completarlo. Él nos mira con una mezcla de ilusión y orgullo y nos dice que podemos estar tranquilos, porque él se va a encargar de todo, si así fuera. ¡Ojalá pudiéramos llegar a todo…!
     Hoy justamente, hemos empezado a pintar la guardería con colores e incluso hemos pedido que pinten frutas y animales, para que la profe pueda enseñarles en inglés el nombre de cada uno. También queremos comprar en la ciudad algún juego didáctico que contenga las letras y colchonetas, como os comentamos, para que no tengan que sentarse en el suelo, e incluso los más pequeños, puedan quedarse dormidos.
     Manuel ha iniciado una campaña con los niños, que le siguen a todas partes pidiéndole caramelos diciéndoles en inglés “no school, no sweeties”—cada día se entiende mejor—. O sea que como no vayan a la escuela, nada de caramelos y, la verdad es que está dando ya algún resultado.
     Algunos de ellos vienen a casa a veces y nos enseñan un lápiz, de los que les da Manuel para la escuela, sin punta, como para demostrarnos que van al cole como él dijo. Les encanta ver como saca punta al lápiz con su navaja. Me produce tanta ternura su inocencia…
Manuel Martínez-Carrasco
     También hemos vivido otros momentos tristes, como el caso de una niña muy enferma, que no tenía más de un año. Manuel me dijo al verla que estaba muy grave, pero nadie sabía lo que tenía. Sus ojos estaban muy abiertos, pero no los movía, como si estuviera ausente; pero su pechito latía, muy lentamente y con dificultad, pero latía. Manuel pensó que podría ser una infección de orina, pero cuando les pregunta si le han hecho algún análisis de orina, directamente le ponen un tratamiento para la infección, no sé si por si acaso o porque ya tienen experiencia en situaciones por ésta. De nuevo el mismo sentimiento de rabia porque no dispongan de los mismos medios que cualquier hospital y pensar que algo que resultaría tan fácil controlarlo allí, pueda provocar que muera aquí. Para colmo, estando en plena situación de emergencia, al intentar poner en marcha el aparato de oxígeno, se va la luz y Brivine (nuestro enfermero amigo) le muestra a Manuel un cuadro de luz y le explica que, al usar los enchufes, salta el automático. Manuel lo mira y pide que apaguen todos los enchufes (aquí cada enchufe tiene su interruptor) porque es un “corto” y en menos de un minuto consigue solucionar el problema y que el aparato pueda funcionar para administrarle oxígeno a la niña… después ya se buscará el motivo del corto: el caso es que respire.
     Un par de días después vemos a la madre feliz junto al bebé. Le pregunto si está mejor y nos sonríe agradecida: el peligro ha pasado, no sabremos nunca por qué, pero esa niña ha conseguido sobrevivir, que es lo importante.
     No quiero extenderme más para no cansaros. De hecho hoy no voy a hablar de los bichos, porque Manuel me dice que me estoy obsesionando y no quiero que vosotros lo penséis. 
     No pienso deciros que hay noches en las que matamos decenas de cucarachas en la cocina y, aun así, encuentro una en nuestro pan, que guardamos en una bolsa de plástico cerrada y me resisto a comerlo en la cena. Pero al día siguiente procuro no pensarlo y entender que así son aquí las cosas. Termino cediendo al hambre, porque no hay más pan para el desayuno.
     No voy a contaros que alguna vez se cae un murciélago, de los miles que viven bajo el tejado de nuestra casa, en la pila de lavar los platos. Un murciélago horrible, peludo, aunque Manuel se empeñe en hacerme creer en que “es muy mono”; es más, después de tirarlo fuera de nuestra casa se va a buscarlo, cámara en mano, para hacerle fotos, mientras yo no dejo de pensar cómo podríamos deshacernos de ellos.
     Tampoco diré que, como seguimos sin mosquitera en el patio, los mosquitos vuelan por nuestra casa como Pedro por la suya y cada día tengo una o dos picaduras nuevas. Que se apoderan de las pantallas del ordenador y, por más botes de insecticida que gastamos, no se acaban nunca. Ni que al descubrir varias picaduras de color rojo y de forma redonda, decido mirar en internet y llego a la conclusión de que son “pulgas de gato” que, según leo, cuando se han visto desprovistos de su “cama natural”, pueden unirse a las personas. Me cuesta mucho hasta escribirlo ahora, así que podéis imaginar lo que sentí al leerlo. El año pasado fueron chinches las que me atacaron y ahora también las pulgas…
     Ni hablar de esa noche que voy a preparar la cena y, al coger una fuente de la estantería, empiezo a notar nosequecosas (o lo sé y no quiero creerlo) que se suben por mi brazo a toda carrera: ¡¡¡cucharachas!!!. Llamo a gritos a Manuel, mientras empiezo a sacudirme por todas partes y las veo caer desde mi cuerpo al suelo… y siento que no puedo más.
     Es como un castigo, porque según voy aceptando las visitas de los sapos y ranas pegajosas —a los que ya soy capaz de coger con el recogedor y salvarles la vida, echándolos de casa— o la de los lagartos que vienen y van y son horribles, pero no digo nada, aumentan las cucarachas, las picaduras de mosquitos, pulgas o lo que sean y los continuos movimientos de murciélagos que, a veces, llego a pensar que van a terminar rompiendo el techo y cayendo sobre nosotros… Pero no, no pienso contar nada, vaya a ser que vosotros también creáis que estoy obsesionada y eso no me lo perdonaría jamás.
     Gracias por estar y por vuestra ayuda, de verdad. Seguimos recibiendo vuestras donaciones y seguimos sintiéndonos privilegiados por teneros como amigos/familia, por sentiros cerca y por hacernos creer que todo es posible si nos esforzamos. Gracias por veniros con nosotros para hacernos cada día más fácil. Gracias amigos, amigas, familia, todos…
     Un abrazo, con tanto cariño, que no me cabe en el espacio de este ordenador.




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