Programa Ediitorial EnR

26 de abril de 2016

Evocando por asociación freudiana



       Recuerdo que de jovencito, siendo aún adolescente, cuando estudiaba los últimos cursos del bachillerato, escribí algún que otro poema a alguna de las chicas que me gustaban. Las veía pasar cerca de mí y ello hacía hervir mi sensibilidad; se despertaban en mi estómago las pequeñas mariposas del amor y entonces les dedicaba unos versos en secreto, que, por supuesto, nunca me atrevía a leer a mis amigos. Arrastraba por entonces una incurable timidez, que todavía hoy, por causas del todo previsibles, perdura en mi corazón. Seguramente, en cierta medida, soy parte del muchacho que ayer fui. Y viene a cuento porque una vez oí decir que nuestra alma se compone de muchas capas, envoltura tras envoltura, como la piel de una cebolla: al principio parece algo dura y áspera, y luego, poco a poco, conforme se profundiza, cada vez más fina y delicada, se adelgaza en extremo; es de esta manera como la Naturaleza protege su parte más sensible de la abrasión del Mundo.
       ¿Y por qué, se preguntarán ustedes, hago este tipo de confesiones que he callado desde siempre a los demás? Vayamos al asunto: pues existe una explicación para ello.
       Uno de los objetos que más ha llamado mi atención desde que penetré por primera vez en este salón-comedor, en el que aún me hallo, no ha sido otro que una pequeña foto en blanco y negro que muestra el rostro de una bella mujer. Ella aparece sentada en una pose muy artística, con las piernas cruzadas y su brazo derecho apoyado sobre su misma rodilla, sosteniendo con él delicadamente su rostro; un rostro de facciones generosas, de tez morena y ojos que se adivinan negros dando luz a una amplia sonrisa. ¿Quién es? Interesante pregunta que entretiene nuevamente mi pensamiento y me permite, evocando a través de una especie de asociación freudiana, proyectarme temporalmente e imaginar qué habría sucedido si esta hermosa mujer se hubiese cruzado en mi camino. Pienso igualmente en el hombre cadáver y su posible relación con ella. Me acerco hasta la fotografía, y al contemplarla con mayor atención, observo una pequeña frase caligrafiada que por lo poco que sé de idiomas me parece que podría estar escrita en portugués. Una frase que puede entenderse fácilmente: "Com todo o meu amor". No me cabe la menor duda de que se trata de una dedicatoria de amor.
       Sostengo por breves instantes el marco dorado entre mis manos y me dejo arrastrar por unos sentimientos que me transportan a una época en que fui joven y pude amar porque creí haber hallado el amor de una mujer que me correspondía. ¡Cuánto tiempo he guardado dentro de mí estos sentimientos! Hoy, en cambio, debo admitir muy a mi pesar, que todo aquello no fueron sino fuegos de artificio que la caprichosa Vida se permite el lujo de airear de vez en cuando para desgracia de nosotros los mortales.

                                                                                                                                         (Continuará...)


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