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22 de abril de 2016

Un mar que ya estaba muerto

Extraído de Google

       Esa tarde acordamos dar un paseo por la ribera del río, cuyas aguas habían crecido después de aquellas primeras lluvias de abril. Y mientras caminábamos juntos, cogidos de la mano, ella no paraba de mirarme y sonreírme como sabía hacer tan bien. El cenador que se encuentra cerca del gran roble, junto a la caseta del guardia forestal, nos esperaba recogido en la soledad que los rayos caídos del sol otorgaban al día; todo un espectáculo de naturaleza perfecta para el solaz de dos amantes, igualmente sumidos en la soledad de su amor. Porque no es el amor algo que podamos elegir porque queramos; bien al contrario, él nos elige en la figura del amado o la amada, que ninguna fuerza tienen para resistirse a su poderosa llamada.
       Yo la vi por vez primera muchos años antes, justo cuando la primavera hizo acto de presencia en forma de brotes en las mil y una flores que adornaban todas las plazas y jardines de nuestra ciudad. Se ensancha la Naturaleza y con ella todo lo que ésta contiene: nosotros también, seres privilegiados, nos volvemos exuberantes: más bellos, más gentiles y amables, más... amorosos. Es el tiempo de la siembra para el amor que habrá de crecer lentamente durante el resto de las estaciones y a lo largo de los años. Y así nuestro amor comenzó a crecer y a crecer hasta convertirse gloriosamente en un monumento al propio amor; nada pedíamos a cambio; todos nos era concedido porque habíamos decidido darnos enteramente el uno al otro; lo aprendimos sin saber, como ciegos descubriendo el laberinto de las calles de una gran ciudad, sirviéndonos de los tactos acerados y rugosos, porosos, fríos o ardientes; del olfato que puede dar color a las cosas, misteriosamente; de la melodía de la voz y el canto de los pájaros o el repiqueteo de la lluvia sobre los tejados en invierno. Nadie sabe por qué algo o alguien nos atrae o nos desagrada; y por eso ni ella ni yo sabíamos por qué nos buscábamos en mitad de la noche, a través de las cálidas sábanas de nuestra alcoba. Pues si es verdad que existe el cielo, el cielo estaba allí, junto a ella; nada necesitábamos; un poco de pan y agua para el camino de cada día; nada más que eso.
       Y el tiempo inexorable y mudo testigo del devenir, pasó y pasó y no nos dimos cuenta. Una arruga aquí y otra allá; la flacidez de la carne, aunque el espíritu se sintiese joven, como el primer día. El corazón, en cambio, el de ella, comenzó a dar muestras de cansancio. Y un día, inesperadamente, el médico aseveró con gravedad en la voz que debía operarse a vida o muerte. No había nada que hacer, sólo rogar al Creador, quien la había creado, que la salvará, si a bien lo tenía dispuesto; porque salvándola (¡Oh, miserable y odioso egoísta de la Vida!), yo me salvaría también.
       Rogué y rogué e hice un sinfín de promesas que debería cumplir durante el resto de mi vida. El preoperatorio, la intervención y el postoperatorio, todo parecía ir bien; hasta le dieron el alta y comenzó a hacer vida normal: ¡se había salvado!
       Por eso decidimos días después, esa hermosa tarde de abril, como tantas otras veces a lo largo de nuestra vida habíamos hecho, ir hasta la ribera del río dándonos un paseo. La tarde iba declinando y mientras caminábamos ella me miraba y sonreía como sabía hacer tan bien. Y el cenador que se encuentra cerca del gran roble, junto a la caseta del guarda forestal, parecía que nos esperaba con los brazos abiertos, en la soledad que los rayos caídos del sol otorgaban al día. Nos sentamos, nos cogimos fuertemente de las manos y dejamos reposar nuestras miradas cada una en la del otro. Un pálpito más y pude adivinar la suya quieta frente a mí ojos, intacta y verdadera como siempre había sido, como un mar marmóreo en calma que jamás volvería a tener ni olas ni mareas, ni peces que pudieran poblarlo. Un mar que ya estaba muerto.


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