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13 de abril de 2016

Una historia envolvente





       He decidido no seguir adelante con la lectura porque me intriga demasiado y pienso -no sé si cambiaré de opinión- que he venido hasta aquí para realizar una tarea puramente profesional, que no debiera implicar de ninguna manera a mis sentimientos; y eso es precisamente lo que ha comenzando a suceder dentro de mí. Siempre somos algo más -como el texto que he leído insinúa-; algo más de lo que creemos ser; algo que llevamos muy profundo dentro de cada uno de nosotros, que es lo que en gran medida nos hace ser lo que somos. Y sobre este pensamiento tan envolvente, yo estoy dispuesto a interrogarme y así lo he hecho. Me he convertido, de alguna manera, en parte de este extraño relato que involucra a un hombre que no conozco, que puede a su vez ser el autor de la citada historia; historia de la que sin yo quererlo empiezo a ser un actor más.
       Me he olvidado de todo: de lo que era antes de llegar aquí y de lo que ahora mismo soy; en definitiva, del papel que me toca jugar en esta rocambolesca encrucijada de caminos que parece haber salido de la mente de un fino creador de tramas. ¿Quién es ese tal Brandauer que me acecha como una efigie tras su nombre de extranjero? ¿Extranjero, por qué? ¿Acaso no somos todos extranjeros en esta tierra a la que no sabemos por qué razón hemos llegado? Visto así, todos podemos ser "Brandauer" y, entonces..., ya no podríamos discriminar entre extranjeros o no; en definitiva, entre unas y otras personas, porque algo singular e indistinto nos iguala a todos: ser sencillamente humanos.
       Todo es ahora tan confuso, habiendo sido antes tan claro; como que yo era quien era y alguien había solicitado mi intervención para localizar a una persona. ¿A qué persona? Como ven, esta curiosa historia parece girar y girar en espiral sobre sí misma sin que podamos cerrarla con algún tipo de conclusión, al menos de momento.
       Este hombre muerto ha despertado en mí algo que parecía estar dormido desde hacía mucho tiempo, como una promesa, una posibilidad, un deseo de saber más acerca de quién soy, conociendo a la vez mucho más sobre otra persona: una persona extraña, que poco a poco ha ido penetrando en mi ser, seduciéndome desde lejos, pues aunque ya no está entre nosotros, su presencia sigue ejerciendo todavía -al menos en mi caso- parte de la fuerza que debió poseer en vida.
       Yo sé bien que él no puede ahora elevar físicamente su voz para hablarme; por eso tuvo que haber previsto de antemano una forma, puesta también en palabras, que hiciera posible hacerle llegar a quien fuese todo lo que sentía y pensaba. Y ese pequeño prodigio no parece ser otro que el mazo de folios arrugados, maltratados por el uso constante, y envuelto en una cinta amarilla que evita que se desparramen por el salón-comedor, como la mayoría de los enseres que hay dentro de la vivienda. ¿Por qué una Historia Inconclusa? ¿Por qué no, por ejemplo, una Historia Envolvente?
       En fin, cada escritor procura poner títulos a sus historias como mejor sabe o le place. Y este, y no otro, es el título que este autor le ha dado a la suya.





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