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6 de abril de 2016

Vine preparado para bailar un bolero y tendré que improvisar un tango.

Extraída de Google


     Puede que sean unas trescientas páginas, más o menos, escritas con letra de ordenador y sin ninguna enmaquetación: un ajuste básico de word, hecho probablemente con times new roman e impreso por una sola cara. Eso es lo que más me ha llamado la atención de todo el material que hay amontonado sobre dos pequeñas mesitas y el resto de sillas descolocadas a lo largo y ancho de la estancia. El desorden es el rey de todo el espacio del salón-comedor, en el que apenas si queda sitio para colocar un plato donde comer algo y acompañarlo con un poco de agua o vino. La certeza de que la persona que ha vivido aquí difícilmente sabía encontrar qué cosas y en qué lugares habrían de ubicarse es para mí algo ya incuestionable.
       Las instrucciones que había recibido no se refieren en modo alguno al escenario que me he encontrado al llegar a la pequeña casita de campo. Solo parte de la información que me facilitaron se ajusta bien al personaje de esta truculenta historia que estoy viviendo en primera persona, pero nada más puedo decir al respecto. Si acaso tendría que añadir que habiéndome enfrentado a lo largo de mi vida profesional con situaciones especiales, nunca llegaron a ser tan desconcertantes. Yo venía a hacer un trabajo perfectamente trazado y ahora no tengo más remedio que improvisar. Y aunque ello sea frecuente en mi profesión, odio improvisar, al menos habiendo traído bajo el brazo un plan para ser ejecutado sin mayores complicaciones.
       Vuelvo a centrar mi atención en los folios, y una vez deshecho el nudo de la cinta amarilla que los une, no puedo resistirme a leerlos; tomo al azar una página, que como el resto de ellas no está numerada, y comienzo:
       " (...) Isidoro Brandauer llegó desde Alemania hace apenas unos diez años. Allí había trabajado en multitud de oficios: fue carpintero, pintor, dependiente ferretero y un largo etcétera, cuestión que tiene escasa importancia si pretendemos relacionarlo con lo que más adelante narraremos, pues no se trata sino del puro anecdotario de cualquier vida, igual que si hiciésemos mención a la camisa o al pantalón que cada día nos mudamos o intercambiamos con otra vestimenta: algo que habla, muestra e ilustra sólo una pequeña parte de lo que pretendemos ser. Somos mucho más que todo eso; pero lo que somos suele estar tan escondido dentro de nosotros mismos que podemos pasarnos toda una vida queriéndolo hallar sin que jamás lo consigamos. Tal vez podamos alcanzar la solución en alguna de nuestras otras vidas; pues, es obvio decir, que una sola de ellas representa un escaso margen de tiempo para que podamos dar respuestas a la multitud de preguntas que nos atenazan cada día (...)"

(Continuará...)
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