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27 de mayo de 2016

Enfermedades raras

Imagen extraída de Google
       El primer día de primavera de mil novecientos noventa y seis, a las cinco y media de la tarde, justo cuando limpiaba de papeles la mesa del trabajo para irme a casa, tuve el primer síntoma. Fue algo súbito, como si alguien hubiera abierto una ventana y afuera estuviera nevando. Me dio un escalofrío. Sí, se me puso la carne de gallina, incluso sentí en el pecho el dolor del frío, como ocurre cuando aspiras una bocanada del aire helado del congelador y es como un cuchillo. Tosí. Ya no recuerdo cuantas veces, dos o tres. Luego, como siempre, cerré con llave todos los armarios, los cajones de la mesa, la puerta del despacho y salí a la calle. Afuera la temperatura era muy agradable. El sol estaba todavía sobre los tejados y la luz venía cargada con una calidez encantadora.
       El amanecer del día siguiente fue devastador. Me dolía la cabeza, las articulaciones, el pecho; moqueaba y tosía. "Bueno, un catarro de primavera", me dije. Me levanté, me tomé un tazón de leche caliente con miel, un analgésico y salí a la calle. Llegar al puesto de trabajo y encontrarme perfectamente fue todo uno. "El trabajo es salud. Fíjate qué bien me encuentro", pensé. Pero, ¡hay amigo!, en cuanto empecé a recoger el escritorio, me sobrevino la primera gran crisis. Todo me empezó a dar vueltas, sudé en frío, la fiebre se me disparó, la cabeza volvió a dolerme, ahora con un martilleo constante. No pude más. Me senté en la silla de mi puesto de trabajo y estuve así más de media hora, sentada ante la negrura de la pantalla del ordenador.
       Pero el malestar seguía allí, vistiendo todo mi cuerpo. Me puse muy nerviosa. Encendí el equipo, para distraerme. Había todavía pendiente el registro de una veintena de facturas. Lo hice por inercia, porque si me quedaba así, quieta, atenta a las quejas de mi cuerpo me llegaba el ataque de pánico, y era peor; eso sí era realmente malo. Y, ¡oye!, ponerme con el registro y pasárseme todo el malestar fue todo uno. "Bueno, pues adelante", me dije. Terminé lo de las facturas y continué con la estadística del mes. Luego, por puro aburrimiento empecé a pinchar aquí y allá, en el programa de contabilidad; busqué en esos recodos reservados para a los informáticos y los listillos, vamos en donde no puedes investigar en una jornada de trabajo normal. Aprendí un montón de cosas.
       Sobre las diez de la noche vino el jefe. Se quedó completamente sorprendido de verme allí. Estaba sola. Todos se habían ido ya. Le conté mis dolencias, y lo extraño de los síntomas. "Te llevo a casa si quieres", dijo. "Vale, intentémoslo", le contesté. Pero no pudo ser. Nada más apagar el ordenador me puse a toser, a moquear, a lagrimear, me subió la temperatura corporal. Vamos, un desastre. Mi jefe estaba alucinado. No se lo podía creer. Dijo: "me voy a buscar un médico, esto no es normal".


Imagen esctraída de Google


        Y aquí estoy veinte años después, pegada a esta pantalla del ordenador. Lo mío no tiene cura. Me han visto todos los especialistas de la medicina imaginables, todos los inimaginables y gran cantidad de charlatanes, curanderos, brujas, sacerdotes y especialistas en multitud de disciplinas. Todos llegan a la misma conclusión: lo mío es alergia al descanso.



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