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6 de mayo de 2016

Trece huevos

Extraída de Google
       ” Las mozas de entonces no teníamos pañuelos, eso era cosa de las señoritas”, me dice; y cuando le pregunto que cómo se limpiaban la nariz del agüita del invierno, me mira con un poco de vergüenza porque seguro que ha recordado como lo hacían. Y después al baile, con ese vestido donde ponían las manos los mozos. 
       Pero ella es una mujer inteligente y hábil, herencia de padre y madre, y ya lo era de mocita; así que a sus quince años, entonces era el año de mil noveciento cuarenta y tres, se hizo sus pañuelos y una muñeca de trapo para su hermana.
       - De las camisas viejas de los hombres de la casa, cuando los puños y los cuellos estaban tan destrozados que ya no se podían volver a rezurcir, cortaba los trozos del jarapal. Los pañuelos bonitos llevaban flores bordadas y yo también las quería, así que, como no había en casa hilos de colores ni dinero para caprichos busqué la manera de ir al baile con un pañuelo tan lindo como el de las señoritas. Cuando mi madre me mandaba desde el chozo a vender una docena de huevos al pueblo, yo ponía en un descuido de ella, trece huevos en la cesta. Vendía la docena y el que sobraba le cambiaba por un poco de hilo, cada vez de un color distinto. Así, después de tres o cuatro huevos descuidados podía bordar un ramo precioso. 
       Creo que mi madre sabía que sus gallinas ponían huevos con flores de colores.





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