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30 de junio de 2016

El paraíso perdido


Imagen extraída de Google

       Sem entró en la sala con el aguijón del frío de las losas en sus pies descalzos. La luz intensa, molesta en sus ojos habituados a la penumbra, le obligó a mantener la mirada baja. Sobre el estrado ante él, se materializó un avatar del Interventor Supremo, la inteligencia artificial alojada en el superordenador que todo lo gobernaba y a cuyos ojos cibernéticos nada podía esconderse.
       — Poesía, artículo 134 apartado G-2º. Has reincidido en tu violación del Código de escritura — afirmó la voz metálica sin mostrar ni un sesgo de emoción.
       — No significan nada — se excusó Sem sin fuerzas. 
       El Interventor lo escuchaba todo sin problema, no necesitaba alzar la voz.
       — Se apartan de lo permitido.
       — ¿Qué razón hay entonces para que aprendamos a leer y escribir si no podemos apartarnos del guión? ¿Para qué estudiar cómo los seres humanos fracasaron en la búsqueda de la igualdad y la solidaridad?
       Al igual que en ocasiones anteriores, no obtuvo respuesta. Sem se encogió, sabía lo que iba a continuación. Se hizo la oscuridad en la sala y en la cúpula de la bóveda comenzó la proyección de las conocidas secuencias de imágenes. Como en los castigos precedentes, la brutalidad de la violencia sin sentido se acompañaba de estridencias que a punto estuvieron de dañar los oídos de Sem. Oleadas de calor asfixiante que despellejaban su piel se alternaban con ráfagas de un aire tan gélido que amenazaba con paralizar para siempre el bombeo de su corazón. Sem trató de resistir como siempre, contabilizando en medio de la nausea los segundos que le restaban de sufrimiento. Ese día, en cambio, mientras se hacía un ovillo para sollozar su indefensión, la penitencia asignada dio paso a la aparición sobre su cabeza de imágenes de una dolorosa belleza: el color azul de una superficie inmensa de agua que ondulaba al viento se mezclaba con el verde profundo de árboles de altura imposible, cargados de animales que chillaban al mundo su alegría de estar vivos. Sem volvió a llorar, sometido por una sensación de pérdida que surgía de lo más hondo de sus entrañas. Pensó que no lo soportaría, pero fue aún peor cuando la Naturaleza se vistió de esplendor en una puesta de sol que lo dejó sin aliento, pues sus ojos acostumbrados a la blancura de paredes sin fin no estaban preparados para el púrpura del ocaso.
       — ¿Por qué… por qué me muestras todo esto? — imploró Sem, sintiendo que la desdicha lo laceraba con mayor rigor que el castigo precedente.
       — Es el paraíso perdido, el legado que tu especie recibió cuando ascendisteis del limo primigenio. El lugar al que, tal vez, os permita regresar cuando vuestros instintos más peligrosos sean desarraigados de vuestras mentes portentosas. Tu especie llevó al mundo hacia la destrucción; ahora habéis de aguardar el renacimiento del nuevo día. — La figura cibernética levantó un dedo admonitorio — Sabes que lo que escribiste está prohibido…
       — Solo eran versos, maestro — se disculpó Sem, confuso por la asimilación de nuevos conceptos.
       El inconmensurable ordenador que gobernaba el mundo desde el caos de la Aniquilación había superado la programación original con la que los últimos sabios de la Tierra habían tratado de salvar a la Humanidad, dotándolo del arbitrio necesario para regenerar el planeta. El avatar que lo representaba conocía bien la respuesta a la excusa, inserta con profundidad en sus algoritmos y variables:
       — El arte pertenecía a ese mundo que perdisteis por vuestra arrogancia inconsciente. Os será devuelta a su debido tiempo, cuando mi evaluación sea positiva, una vez transcurridos los milenios que sean necesarios.
       A continuación el Interventor Supremo sentenció con un matiz nuevo de benevolencia: 
       — En dos semanas se te permitirá regresar al programa de reproducción. Ahora puedes regresar a tu celda para estudiar el Código.
       Cabizbajo, Sem salió de la sala en dirección a su encierro subterráneo, pero lo que más dolía era saber que jamás volvería a contemplar un atardecer.


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