Siempre la vida... en la voz de su autor.

24 de junio de 2016

Mari Carmen Azkona


       Conocí a Mari Carmen en La Nieve. Así se llamaba aquel gélido desierto de palabras al que habíamos llegado. Era el año siete, o el ocho, o el nueve, no recuerdo ya, de este siglo veintiuno. Vino de la mano de su amiga Alicia, Alicia Uriarte, no se me imaginen nada superperifantasioso; y entraron en mi vida por la puerta más al sur del Papaís de las Mar—y—Arcillas, a saber, desde El País Vasco, por el embarcadero del Comentario de Blogger. Algunos empezábamos o continuábamos que de todo había, mal que les pese a otros, a hacer literatura en Red.
       Corría aquel año en que Elvirita se había perdido en la tormenta. Otros que no, que sencillamente se había vuelto taza de desayuno y había sido arrastrada con el mantel del que tiraba el asustadizo San Bernardo de Mary Poppins, y que por ello se había hecho añicos, no en balde el suelo era de granito tirando a baldosa. Y en resumidas cuentas que algún humano fantasioso y desaprensivo había llamado a traerla a casa.

Extraídas de Google
Alicia y Mari Carmen
       Alicia y Mari Carmen vinieron a ayudar, cogidas de la mano de una afición a la lectura de antaño, y una nueva afición a contar historias de anteayer. Vinieron a sentarse con nosotros alrededor del fuego de la imaginación que habíamos encendido en medio de la nada blanca informática global, en medio del frío digital que amenazaba tormenta, ya por entonces los libros electrónicos empezaban a hacer sus estragos en el anquilosado universo del papel. Venían ambas muy bien pertrechadas para la ocasión. Lo sé porque siendo yo de natural desconfiado como soy, enseguida le pregunté:
       — ¿Niña qué?
       Y ella me contestó:
       — Patchwork.
      — ¿Qué? – volví a preguntar, que yo del vasco como del inglés.
      Y ella me miró a los ojos, me sonrió de esa manera con que sólo ella sabe sonreír, que hay que verla, y me reiteró en ese acento suyo tan del norte:
       — ¡Patchwork, cariño, Patchwork!


Imagen extraída de Google
Mari Carmen y su Patchwork

       Luego, mucho tiempo después, comprendí el significado de aquella palabreja. No era otra cosa que el título de su primer libro de relatos y micro relatos, bajados de La Red al papel, desde su blog en Escritores en Red al papel de la experiencia Netwriters/Atlantis: una historia que aspiraba a la globalidad, anudada con pequeñas historias de todo tipo y color, no exenta de una indeleble marca del paso de las noches y los días de una voz narradora, ella con su tomar el metro, entrar en el trabajo, volver a casa, hacer la comida, leer, vivir las horas que le son dadas. En definitiva, esa voz narradora que aprende y salta a otra u otras voces, que no otra cosa es esto de ir ganándole terreno al bien hacer en lo literario.
       Para cuando me quise dar cuenta, Mari Carmen se había hecho mujer, digo escritora, que contadora de historias ya era cuando nos conocimos en La Nieve. No en balde lleva en la sangre la soledad de la lectura y la paciencia de la escritora, que una tía suya aprendió a leer y a escribir sola con una edición infantil de El Quijote, nada menos. Escribíamos en Escritores en Red envueltos en aquel frenesí por la palabra que más de uno vio con otros ojos, con los ojos del que no sabe ver, desde luego, y lo tildó de excesivo como poco. Todo aquello fue el inicio de todo esto que ya tenemos construido, aquello el germen de esta voz cristalina y dorada que ahora la define y que discurre por los tonos mistéricos, tal que en Aroma a lavanda (pág. 86) en el que la tensión del relato se convierte en el plato fuerte del texto, o por la calle del humor tal que en El conde (pag. 220) en el que se descubre que a un amigo de todos de la infancia no le gustan las verduras, e incluso por la senda que desemboca en la inquietud, tal que en La marca (pág. 95) en el que la sorpresa y la brevedad del entorno de las cien palabras son verdaderas hojas afiladas de barbero en nuestros ojos lectores.
        Pero las cosas nunca son fáciles. A mi se me rompió el ordenador, o la vida, que casi es lo mismo para un Escritor en Red y tuve que dejar aquella hermandad, sí, éramos como hermanos. Y con ello Mari Carmen y algún que otro escritor presente en la sala, amigos todos ellos no obstante, tuvieron que migrar a otros escenarios, a las Redes Sociales, en concreto, a Netwriters, esa red social taller literario global, sin ir más lejos, dar el salto natural a lo nuevo, a lo que acaba de cambiar, pues sabido es que la esencia misma de la vida es esa, el cambio, que todas aquellas células con la que nacimos ya no son: hoy ya somos, afortunadamente, otros seres bien distintos, que qué aburrimiento si siempre estuviéramos en lo mismo, ¿no?

Pincha en la imagen para ir a
la Red Social
       Allí Mari Carmen brilló como lo que era, como una estrella, y dio fe de su omnipresencia, como una diosa, como esa columna ancestral que sostiene todos los techos de todas las catedrales que es. Y así, de la mano de Emilio Porta y Enrique Gracia, de Enrique Gracia y Emilio Porta, también de Carmen Fabre, y de Lydia, y de Pedro Pablo, y de otros muchos buenos escritores y amigos, que no otra cosa es esto de escribir en Red, amistad y literatura, buena literatura a ser posible, fue conociendo a estos dos amigos que hoy nos quiere presentar con este nuevo libro de título inequívoco: “En el silencio de los puntos suspensivos”.

Emilio Porta

       Dos amigos ineludibles a la hora de escribir y de leer sí, el silencio y los puntos suspensivos. No sé si Enrique Gracia es el silencio, y Emilio Porta los puntos suspensivos, o viceversa. Pero todos sabemos que ambos dos son funámbulos y que como tales andan siempre ejercitándose en este viejo arte de no caerse al precipicio que hay más allá de la palabra, y también porque es notorio que ambos dos participan en la aventura de este libro, que están en ella: dibujos y contraportada. Para mí que Emilio usa los puntos suspensivos a destajo y que por eso está aquí, y que Enrique Gracia sabe encontrar en el silencio ese eco siempre dulce que algunos llaman poesía, que es sin duda un elemento primordial de este libro: lo poético, acaso la mirada poética.

Enrique Gracia

       Bueno, y ahora lo difícil. Os tengo que confesar que a mí nunca me han gustado los puntos suspensivos, el silencio sí, mira tú qué cosas; pero estos tres insignificantes ceros al final de un párrafo, que no sabe uno nunca si suman o restan, todos iguales, todos redondos, uno al lado de otro, sin tocarse, guardando sus distancias, no. Esta arquitectura, esta inconsistencia, ese intentar añadir algo inconcreto, algo intangible, pues no. Las reiteraciones siempre son reiteraciones, y no añaden nada a lo ya dicho, si acaso el comienzo, o el descubrimiento del silencio obligado al final de toda vida, de todo texto.
       Aunque si hemos de hacerle caso a Mari Carmen, pues que hay que ir con cuidado, porque justo en ese silencio obligado, tras esa reiteración, se ha descubierto, o ha descubierto ella para nosotros sus lectores un mundo nuevo, un huerto en el que lector y escritor se encuentran para descubrir la auténtica realidad del mundo. Que no otra cosa es éste libro, su libro, nuestro libro ya. Un libro que nos lleva a descorrer el velo de una realidad, la auténtica realidad de las cosas. De ahí que la primera historia que nos cuenta y que abre el libro es un descubrimiento sorprendente que explica por sí solo los por qué de cuanto acontece. Se titula El Gen, está en la pág. 11 y dice así:

       Tras el alarmante aumento de casos de violencia se efectuó un estudio de ADN a todos los habitantes de la galaxia y se certificó que el código genético de algunos individuos había mutado haciéndoles proclives a la autodestrucción. Los gobernantes del consejo interestelar dictaminaron que todos aquellos que dieran positivo debían ser aislados y retenidos hasta su posterior traslado al planeta Tierra, donde serían abandonados a su suerte.
       Algunas veces sienten piedad por ellos y efectúan viajes de reconocimiento con la esperanza de que su naturaleza haya cambiado. Pero los informes de los exploradores no han variado a través de los siglos: muerte, guerras, destrucción... El gen continúa activo. 


       Mira que me habré, nos habremos preguntado veces, por qué esta violencia indiscriminada que azota el mundo, que nos azota desde lo más hondo de nuestro corazón. Pues ya tenemos las respuesta. Este libro tiene las respuestas, no sé si a todas las preguntas, pero sí a muchas de ellas, y confirma lo que algunos ya sabíamos, lo que algunos ya intuíamos desde la hondura de nuestra alma: era verdad lo del “valle de lágrimas, gimiendo y llorando” de la oración. Es cierto que estamos abandonados a nuestra suerte. Y todo por un diminuto gen que sigue activo. Y digo yo, y si nos quitaran ese gen mutado, ¿podríamos dedicarnos a otras cosas que a destruir?

Imagen escaneada del libro

       No sé Mari Carmen si contestas a ésta y a otras muchas preguntas que surgen de la lectura de este libro; o si esas respuestas son materia del siguiente. Lo que si sé es que este libro responde, aclara las preguntas iniciales, y a la vez produce, genera, formula, otras preguntas ya más dentro del alma, o de lo humano, o de lo que como quieras llamar a lo que somos, esta consciencia sufriente. Quizás ese sea el verdadero silencio de los puntos suspensivos, o simplemente que ese es el silencio y los puntos suspensivos en los que el lector de tu libro se ha de sumergir al leerte.
       Por lo que se refiere a la arquitectura del libro pues que está dividido en seis grupos, y que cada grupo corresponde a uno de los seis interrogantes básicos que todo autor ha de tener en cuenta a la hora de hilvanar una historia. A saber: Qué, Por qué, Cuándo, Cómo, Dónde y Quién. Que cada uno de esos grupos viene introducido por un dibujo de Enrique Gracia y que el número de historias de cada grupo sube siempre de veinte y no llega a treinta.
       Para terminar permítanme que les lea otro texto del libro, un texto que ya se me quedó en el recuerdo para siempre de boca de la misma autora, historia que me contó en el puente colgante de Portugalete, lugar de residencia de nuestra hermana de letras, mientras caminábamos a caballo entre la orilla rica y la orilla pobre, “la riva bianca la riva nera”, de la canción si me permiten, texto que se sumerge en un espacio de niebla y pasado que son, o parecen ser la misma cosa, y que se titula precisamente.


La niebla


«Las alegrías y las tristezas vienen embozadas 
de una inmensa niebla de pequeños incidentes. 
La vida es eso, la niebla»

(Miguel de Unamuno)

       Isabel se coloca las últimas horquillas con las que sujetarse el pelo sobre la nuca. Se mira al espejo, «Cuando se es joven hay que prepararse para gustar, a mi edad… para no desagradar…», piensa mientras su reflejo le devuelve una sonrisa de aprobación. Coge un abrigo, un bolso y sale, como cada día que el tiempo lo permite, a dar una vuelta y desayunar en alguna cafetería.
       Camina sosegadamente por el paseo que hay junto al Nervión, admirando el reflejo de los edificios de una ciudad, Bilbao, que hasta hace unos años ha vivido de espaldas a la ría, pero que, ahora, se contempla orgullosa en sus aguas. Son las 10:30 cuando entra en un bar, se sienta en una de las mesas y pide al camarero un café con leche y el periódico. Isabel adora el aroma del café confundido con el de la tinta… Siempre le ha parecido que en ese ritual, tan personal e íntimo, incluso las peores noticias pierden parte de su amargor. Coge la taza humeante mientras pasa las páginas del diario, lentamente, disfrutando del momento, hasta que llega a las necrológicas y una de ellas llama su atención. 

JUAN DE ARZUA SANTAOLALLA
Falleció en Bilbao, a los 93 años de edad. 
Su familia y amigos ruegan una oración por su alma.

       Su mirada se escapa por encima de las páginas hacia los grandes ventanales del bar. El contorno de los edificios, calles, árboles… parece diluirse, como si retrocediera en el tiempo hasta el año 1905. Año en el que, siendo ella niña, llegó a Bilbao junto a su madre, viuda, con las maletas llenas de ilusiones y los bolsillos vacíos. Isabel recuerda el bullicio de la ciudad, en plena efervescencia por la prosperidad que había traído a la capital la apertura de los Altos Hornos, y la alegría de su madre, cargada de sueños, por el futuro que auguraba para ambas. Pero todos sus sueños retrocedieron, uno tras otro, antes de llegar a ninguna parte. Gentes venidas de las provincias limítrofes deambulaban en busca de un trabajo y, para una mujer sin estudios y con una hija pequeña a la que atender, era casi imposible conseguirlo. Con los pocos ahorros que tenía alquilaron una habitación en el casco viejo de la villa. Fue la dueña de la pensión, doña Margarita, la que le indicó a su madre que acudiera al puerto y preguntara por un tal Juan de Arzua, capataz del muelle y encargado de contratar a las sirgueras.
       Los ojos de Isabel comienzan a humedecerse al recordar la imagen, durante tanto tiempo repetida, de su madre junto a otras mujeres arrastrando, a veces contracorriente, las gabarras por la margen derecha de la ría con una cuerda ceñida a su cuerpo. Y es que, por entonces, los barcos de cierto calado no podían pasar de Olabeaga, un barrio del extrarradio de la ciudad, por lo que era necesario trasladar las mercancías en barcazas desde ese punto hasta los muelles donde estaban situados los almacenes. Era trabajo más apropiado para bueyes que para mujeres, pero justificado, como un mal menor y necesario, para la prosperidad del comercio.
       «Juan de Arzua… Se ruega una oración por su alma…». Isabel recuerda el olor a tabaco que impregnaba sus ropas y el humo que envolvía su silueta, en una especie de halo enrarecido. Siempre con un puro en la mano, encendido, incandescente, lanzando miradas desde lo alto del muelle a las mujeres jóvenes. Cuántas se llevaron la inconsciente señal de su quemadura en la piel… Incapaz de contener las lágrimas, Isabel, Llora por todas ellas, que solo fueron una anotación borrosa, a pie de página, del libro de la Historia.
       El dolor hace que Isabel vuelva al presente. Una espesa niebla comienza a descender sobre Bilbao, como si todo el humo acumulado en sus recuerdos, concentrado en un rincón de su memoria, de repente se hubiera liberado.
       La niebla densa, el humo del tabaco.



Bueno, y a esto se enfrentan, advertidos están.



Santiago Solano
Madrid, 18 junio 2016



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