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2 de junio de 2016

Nihilismo

Imagen extraída de Google
       La sala del fondo. La Pecera. Y no tiene peces, o al menos estos ojos orgánicos no los ven. Leo “Ágora de la libertad”, en el autobús que me trae. Me satisface que en los inicios alguien escribiera “que a ningún individuo le detuviese la falta de medios para adquirir la instrucción que desease”. Pero también el componente político, muy importante. Que la lucha de clases siembra en este huerto sus raíces antisistema, que se dice ahora, liberales entonces; y que son los grandes prohombres de La Patria quienes se apoyan y crean el ágora para iniciar la transformación de una sociedad dormida, a la sombra de la sólida casa del pensamiento judeocristiano.
       Ahora, el ágora tiene unos gastos que no todo mortal se puede permitir. Hay un componente, una tradición elitista, un ente muy alto y muy sabio a preservar, lo que llaman prestigio. Y eso, arrimarse a la sombra de este árbol, no es gratis. ¡Pobre hijo de minero! ¡Pobre analfabeto extasiado! Las paredes de La Pecera están cubiertas de libros, en tres alturas, hasta más allá de la veintena de metros con total seguridad. El mareo ante este mar de libros es el mismo que el que suscita La Red, mi lugar natural. Estoy en él desde el principio, desde algunas horas después de que se crearan los protocolos de intercambio de datos. Cuando al agua de los océanos digitales empezó a cubrir la tierra electrónica, allí estaba quien esto escribe.
       Esto traigo en mis alforjas de aprendiz de escritor, la certeza de una nueva literatura nacida en La Red, un ente que gime por salir a la luz y que está íntimamente unida a este avance tecnológico vertiginoso que va poco a poco pero inexorablemente cambiando la forma de ver y enfrentarse al mundo, que va llenando los corazones de las gentes de pequeñas ventanas que van a los otros. Sé que estoy en los albores de la literatura internáutica, en la marginalidad, en este Ateneo de Madrid, en esta Docta Casa, en esta sala del saber, con estas manos entintadas de bytes, con este lápiz de madera y carbón que va garabateando en esta libreta, a la antigua usanza. Y me doy cuenta de ello: el cuervo y el escritorio son un mismo imposible aquí. La intrahistoria como parte esencial de La Historia, como base irrenunciable de todo cuando perdura.
       Hay ahora, en esta línea de tiempo que me contiene, una situación de cambio, de revolución que dirían los fundadores del ágora de libertad desde el que os escribo. ¿Qué papel juega hoy El Ateneo de Madrid? ¿Siguen en él los doctos Padres de La Patria dilucidando el rumbo de la nave española, conspirando contra el inmovilismo, alzando sus voces ilustradas ante la impudicia? ¿O es una institución acabada, encerrada en un hermoso y clásico marco de madera bien labrado? 
       Aquí está el hijo del minero, escribiendo, en La Pecera, respirando este aire lleno de fantasmas, digo de voluntades que fueron vértice de las cosas; mejor en esta sala llena de ecos entumecidos. Si la tinta pudiera dormir, aquí sería una siesta, digo la siesta infinita de los libros. Los ilustres fundadores creyeron que la instrucción daría paso a una España mejor. Hoy siento que todo saber está aquí, en el silencio, encerrado en esos miles de libros, en situación de espera, ordenador apagado, sin luz eléctrica que lo alumbre. Y que sólo los irreverentes sueños de grandeza del escritor internauta apasionado que soy van a dar paso a otro episodio de la nada que en el fondo somos, y que muy pronto sin duda seremos.





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