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13 de junio de 2016

Su fuego

Imagen extraída de Gooble
       El hombre paquidermo abre la puerta y el leve calor del sol, es media mañana, incide de lleno en su rostro. La mancha de una antigua quemadura, que afea la belleza natural de un rostro de proporciones perfectas, que baja de la sien derecha a la verruga bajo la oreja izquierda, que en la misma punta de la nariz es costra, parece sangre a punto de brotar. El viento, arriba de los árboles, mueve sus manos en un gesto claro de impaciencia. La sombra cae sobre la acera del otro lado de la carretera. La puerta se queda entreabierta, en posición de espera mientras el hombre llega a la percha que hay dentro y a su izquierda, al otro lado de la claridad del ventanuco, y coge un sombrero. El sombrero de paja, ala ancha, cubre de sobra el rostro del hombre paquidermo.
       Las sandalias que calza el hombre de piel costrada pisan ora blanco ahora nada en el paso de peatones. El blanco, la pintura resta rugosidad a la carretera y por tanto agarre a las ruedas, es peligroso para las bicicletas en día de lluvia. Pasa un grupo de aficionados ciclistas, un grupo de unos veinte, con sus camisetas de colores, su ruido milimétrico de máquina de coser antigua, y su murmullo de voces entrecortadas por el esfuerzo de seguir a quien marca el ritmo, no siempre el más débil. El hombre se detiene en la esquina, sobre la acera, medio cuerpo en la luz, para mirarlos. La nada es el asfalto y apenas gime bajo el caucho de las ruedas. El hombre de piel costrada no tiene tobillos. Los pies se abren directamente a una inflamación redonda, tachonada de manchas color ciruela, que sube hasta las rodillas y que se pierde bajo el pantalón de algodón.
       La camisa de manga corta del hombre deforme cae sobre el pantalón y sólo lleva abrochados dos de sus ocho botones. La mano fresca del aire inquieto le acaricia la cintura, y el pecho, y la espalda. Baja el hombre con paso incierto, los ojos de acá para allá, como si presintieran un final trágico que estuviera a punto de suceder. Las tejas son rojas bajo el cielo azul y tienen la aparente consistencia del hormigón armado. Alguna chimenea hace gala del humo blanco, como si a su dueño le acabaran de comunicar una buena nueva, el nacimiento de un nieto, o la boda de una hija.
       Los ojos del hombre miran ahora la moto de gran cilindrada que desde el fondo de la calle viene quebrando el silencio y aumentando de tamaño rápidamente. Es roja, y el casco del conductor blanco. Viene muy deprisa para una calle de pueblo, muy deprisa incluso para una carretera, casi tan veloz como en una autopista. Lo menos a cien kilómetros por hora, piensa el hombre paquidermo mientras siente la vieja quemadura de su cara saltar de terror. La moto viene recta hacia él, a todo gas. El hombre de piel costrada se queda inmóvil, abrazado a su miedo, las piernas hinchadas paralizadas de espanto.
       La moto, en el último segundo, vira y se estrella contra la pared de enfrente, explota, arde. El conductor de la moto arde con ella. Y el hombre recuerda otro fuego, su fuego.





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