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3 de julio de 2016

El beso de la muerte

Imagen extraída de Google
       De repente, todo cambió. Hasta entonces su relación parecía perfecta, inmensamente dichosa. Era una historia de amor sincera, eterna, en la que sobraban las palabras, eran completamente innecesarias, los argumentos no tenían nada que decir, una mirada bastaba para expresar el inmenso cariño que unía aquellos dos corazones rebosantes de ternura. Se sentían afortunados por vagar por las sendas mágicas del amor, eran los dueños de su destino, el horizonte les aguardaba dibujándose, cada vez, con gran nitidez, las ventanas estaban abiertas, de par en par, y divisaban imágenes compartidas en las que disfrutaban de las pequeñas cosas de la vida.
       En los atardeceres se les podía ver paseando, lentamente, por el parque dormido, su querido paraíso en el que se perdían en cada recoveco y se miraban con pasión. Las caricias recorrían, con frenesí, sus rostros ardientemente enamorados al contemplar tanta dulzura. Sus miradas penetraban en sus almas encontrando los motivos imprescindibles para volverse a encontrar cada tarde. Siempre finalizaban su recorrido en su banco apartado del mundo, lejos de los ruidos y las palabras soeces que vagaban por las calles. No dejaban de mirarse apasionadamente, sus manos se entrelazaban con dulzura. Ese era su mundo, no necesitaban más.
       Una tarde, como todas las tardes de su vida, todo cambió. Él, traspasó la línea de la inocencia, se arrojó al abismo de la locura. La besó apasionadamente. Ella, sorprendida y feliz, murió entre sus brazos.
       Desde entonces, alrededor de aquel banco fueron naciendo miles de poemas de un amor eterno que, cada atardecer, vagaban por aquel paraíso olvidado.

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